Una adolescente cumplía 19 años y se festejó en grande, con
pastel de velitas y todo. Al momento de partir el pastel, suspiró y dijo: “!Diecinueve!
Ya estoy viejita”.
¿Lo estaba?
Una señora de edad madura platicaba que el día en que
ella cumplió los veinticinco se sintió “extremadamente vieja y cotorrona,
urgida de casarse”. Ese mismo año se casó y tuvo algo de serenidad al saber que
vivía de acuerdo con su edad, pero le dolía contarse entre los viejos.
¿Son viejos los que tienen veintiséis?
Un hombre se quejaba de la dificultad que tiene la gente
vieja para encontrar trabajo, porque los anuncios dicen: “Edad: de 25 a 35
años”. Él tenía treinta y seis años y además, terror por el futuro, ¿qué iba a
hacer si luego nadie quería darle empleo?
¿Son viejos los de treinta y seis años? ¿Vale le pena
vivir antes lo que todavía no llega?
También he escuchado a personas adultas mayores decir:
“Sé que tengo muchos años porque los he vivido, pero yo me siento igual, ni
vieja ni triste”.
Para cada uno, lo que cree es cierto. Quien se siente
viejo, así lo vive. Igual que la anoréxica se mira gorda en la imagen del
espejo -aunque esté en los huesos-, uno puede sentirse viejo a cualquier edad,
haciendo que la vejez comience pronto y dure demasiado tiempo.
¿Qué es la vejez y qué la juventud? Aparte del número de
años vividos, son imágenes mentales, modos de aproximarnos a nosotros mismos,
rótulos que necesitamos para tener idea de cómo somos, códigos de normas qué
cumplir, juicios de calidad creados por la cultura para ponernos etiqueta.
Por lo general, quienes se anticipan a vivir la vejez, la
detestan y temen al grado de no poder apartarla de su mente.
El poder de la mente hace realidad nuestros pensamientos.
También nuestros temores. Toda creencia que ocupe el pensamiento durante mucho
tiempo tiene que materializarse: el subconsciente la obedece sin distinguir
entre el deseo y el miedo, le basta con que tenga carga afectiva suficiente
para energizarse.
La “fobia a la vejez” es una creencia de moda, empujada
por la propaganda que asusta lo suficiente a los posibles consumidores para que
compren cremas, aparatos de ejercicio, masajes, cirugías, botox, fajas,
vitaminas milagrosas, trasplante de células rejuvenecedoras, antioxidantes,
reprogramación celular, etc., etc., etc. Todo esto no tendría nada de malo si los
clientes fueran felices.
Nuestro tiempo en el planeta, aun si viviéramos cien
años, seguiría siendo corto; qué bueno si logramos vivirlo con felicidad.
Ser joven o viejo no ayuda ni entorpece ser felices; es
la salud, la armonía con uno mismo, el amor hacia la propia persona, el trato
afable y cordial con quien nos tocó ser, la aceptación serena de las propias
circunstancias, sentirse a gusto con los semejantes, saber convivir con ellos
sin demasiado drama… todo esto marca la diferencia.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
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