Al
escuchar “placer físico”, muchos piensan en sexo, pero me voy a referir a otros
placeres que proporciona el cuerpo, al cual le gusta moverse, percibir,
descansar... En cada músculo y articulación está la posibilidad de hacer
movimiento y experimentar deleite, lo mismo en cada sentido: los ojos gozan de
seguir las luces; los oídos buscan sonidos; el olfato localiza aromas; la piel
siente roces, temperaturas y texturas; la boca paladea sabores… ¿Y quién puede
negar el agrado de una cama blanda y una almohada acogedora?
Placer,
placer, placer. Vivir en placer continuo sería algo nada trivial, y posible.
Numerosas y pequeñas cápsulas de él se ocultan en cada uno de nuestros
movimientos y sensaciones, listas para ser descubiertas con el simple hecho de
darnos cuenta de ellas.
Recuerdo
la anécdota del niño que se distraía durante las clases pensando en el postre
que su mamá le había mandado para el desayuno, pero debía esperar hasta el
recreo para comérselo. Sonó la campana, abrió su lonchera, sintió hacérsele
agua la boca, dio la primera mordida, llegó un compañero a preguntarle algo, él
le contestó, y cuando puso atención ¡ya se había comido todo el postre que
tanto había deseado saborear, y no recordaba cómo fue! Su atención se había
desviado hacia la plática.
El
placer que no se reconoce es como si nunca hubiera existido. Para reconocerlo
es necesario estar dispuesto a sentirlo, deleitarse, concederle importancia y
¡darse cuenta que ahí está! Muchas personas no pueden tener esta actitud
gozosa, parecen más propensas a sufrir que a alegrarse. Es probable que quienes
detestan el ejercicio físico hayan suprimido su sensualidad al grado que mover
el cuerpo les parece una amenaza, o una tortura. O les premiaron en exceso la
quietud (“es buen niño, muy tranquilo”) y sigan premiándose mentalmente por
estar inmóviles.
Las
personas estresadas olvidan que tienen placeres; su estado de alerta no es para
disfrutar sino para permanecer en pie de lucha, intentando solucionar
problemas, dándole vueltas a los asuntos en la cabeza. Les haría bien desviar
su atención hacia esas pequeñas y constantes fuentes de complacencia como son
caminar, sentarse, estirarse igual que los gatos, bostezar…; escuchar el
viento, una música, una risa, el silencio…; comer un buen plato sintiendo en su
boca el sabor, el movimiento de las mandíbulas, el deglutir… y tantas cosas más
que se pueden gozar poniendo atención al cuerpo.
Los
cachorros y los niños buscan el placer espontáneamente, juegan con lo que
encuentran. Le das a tu perrito una botella vacía de plástico, de las del agua,
y él se entretiene horas aventándola, persiguiéndola o quedándose quieto para
escuchar el ruido que produce. He visto a niños pasar largos ratos manipulando
su Slime (pronúnciese eslaim) que es una masa chiclosa y suave, sólo para
sentirla entre sus dedos. Pero es triste que cuando los niños se vuelven
grandes olviden cuánto les gustaba tocarlo todo, enterarse de todo, probarlo
todo, corretear sin más sentido que moverse, jugar juegos fantásticos cuya
única utilidad era divertirse.
¿Es
importante experimentar placer todos los días? Sí, por supuesto,
importantísimo. Y mejor si es intenso. Un atleta provoca que su cuerpo produzca
hormonas que cambian el estado de ánimo y la manera de ver al mundo: las
endorfinas son neurotransmisores similares a la morfina y la heroína que
ocasionan una euforia como la de estar drogado; la serotonina inhibe el enfado
y aumenta la sensación de bienestar. Estas dos ocasionan que se produzcan
muchas otras hormonas que el cuerpo necesita.
Cuando
asociamos una situación determinada con el placer, tendemos a repetirla.
¿Cuáles son tus placeres favoritos de cada día?
“Psicología” es una columna abierta. Puedes
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