Hay cosas que no vemos de tanto verlas. Muchas. Los niños,
su niñez; los jóvenes, su juventud; todos, la vida. Pudimos no haber llegado;
sin embargo, aquí estamos. Nacer fue nuestro primer éxito como humanos ya
formados, y ese éxito también se pierde de vista entre las cosas que olvidamos.
Es posible que conozcas a personas que se niegan a pensar
en el propio nacimiento como éxito; es decir, arribo a una meta deseable. Son
personas cuyas creencias las traicionan. ¿Qué tipo de creencias?
¡Pueden ser tantas! “Mi madre intentó abortarme”, “mi
padre se largó al saber que yo venía en camino”, “mi padre estaba casado con
otra, su esposa, cuando yo fui engendrado”, “mis papás se casaron porque yo
aparecí”, “arruiné los mejores años de la vida de mi madre”, “mis padres no me
querían y me dieron en adopción”, “a nadie le pedí nacer”, “soy fruto de una
violación… de un incesto… de un secreto…” ¡La lista de pretextos puede ser
infinita! Se olvida que cada vida procede de la unión de un óvulo y un
espermatozoide, es nueva y en adelante debe luchar contra millones de
obstáculos para sobrevivir! Si logra nacer, por supuesto que es un éxito, el
primero de su historia, y una impronta.
En Etología se llama impronta a un proceso biológico de
aprendizaje que compartimos con los animales, por el cual, las crías se
identifican con los adultos de su especie y aprenden de ellos, mediante
observación e imitación, los distintos métodos de supervivencia, búsqueda de
alimento y refugio, así como modelos de defensa, ataque, convivencia y
apareamiento. Dicho en otras palabras, los pensamientos, opiniones y creencias
que guardamos acerca de nuestro nacimiento fueron adquiridos a una edad muy
temprana, y son la absorción de la totalidad del ambiente que circundaba al
evento. Los creemos nuestros y es difícil distinguirlos de lo que en verdad
estábamos viviendo: el éxito de nacer.
La importancia de esta impronta es que tiende a repetirse
sin variaciones a través de la existencia, en relación con el éxito en
cualquier área. La misma reacción ante esta primera victoria vital (si la
tomamos y asimilamos, o la rechazamos y despreciamos), la calcamos ante
cualquier tarea completada. Ya hicimos cuanto estuvo de nuestra parte para
lograrla y la logramos, luego, o nos sentimos felices y orgullosos de lo que
hicimos… o la abandonamos, le encontramos defectos para poder despreciarla, la
juzgamos poca cosa y nos parece insuficiente, así se trate de haber concluido
una carrera, obtenido un empleo, conseguido a la pareja soñada o escalado el
Everest.
Las personas que queremos tener éxito en nuestras vidas,
necesitamos mirar la verdad de nuestra llegada al planeta. ¿Fuimos bienvenidos,
colmados de cuidados y regalos? ¡Qué bueno! Agradezcámoslo a nuestra buena
suerte y a las personas que nos enseñaron a considerarnos valiosos. ¿Fue al
contrario y desde muy pequeños debimos enfrentar la adversidad? Entonces nos
urge reconocer nuestro propio mérito al haber logrado el éxito de nacer en
circunstancias desfavorables. Reconocido esto, podremos reconocer también nuestra
enorme capacidad para remontar lo que sea, cualquier cosa que suceda.
Puedes hacer un “test” contigo mismo y conocer tu
impronta, observando lo que sientes y piensas al decir la siguiente frase,
hablada o en el pensamiento: “¡Viva yo, que
estoy aquí y he vivido el éxito de mi nacimiento!”.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Psic-Ma-Dolores-Hernandez-Gonzalez
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