Por el hecho de haber nacido, nos toca vivir, hoy. Abandonamos aquel mundo “ideal”, el
seno materno que nos protegía, abrigaba y mantenía con las necesidades
satisfechas por alguien más: mamá. Debimos salir a la vida, esta montaña rusa de
retos, subidas y bajadas. Nos toca vivir por nosotros mismos. La cooperación de
los otros disminuyó gradualmente y aprendimos a cuidarnos.
El reto de cuidar de nosotros mismos puede parecernos
tremendo, tranquilizador o fascinante. Pensar que una vida hermosa depende de
nosotros, sean cuales fueren las circunstancias, quizá nos resulte agotador o
lo opuesto, nos proporcione la fuerza y alegría para lograrlo. Cualquiera que
sea la perspectiva que elijamos, será eso: nuestra elección.
El mundo que fue ideal antes de nacer no puede ser ideal
hoy. Pensar o esperar: “Lléname, aliméntame, sírveme, hazme feliz, hazme sentir
seguro, dime quién soy”, es receta
infalible para la frustración. Nadie puede darnos estas cosas. Los demás suelen
tener sus propios pensamientos y expectativas acerca de cómo debiéramos ser y generalmente
no llenamos esas medidas. Entonces, nos quedan al menos dos opciones:
1) Esforzarnos por ser aceptados y admirados, para que a
cambio nos proporcionen la felicidad que nos hace falta, lo cual no sucederá.
En consecuencia, nos sentiremos víctimas de una injusticia: ¡tanto esfuerzo
para no ser tomado en cuenta!
2) La otra opción es no esperar que nadie se sacrifique
por nosotros y ser lo que somos y como somos, eligiendo cada vez lo que más nos
conviene.
Elegir a nuestra conveniencia suele ser mal visto, pero,
¿quién, conscientemente, escogería para sí mismo la enfermedad, la pobreza, el
ostracismo, relacionarse con personas violentas o con criminales? Nadie; por el
contrario, escogería la salud, la abundancia, la amistad y vivir en un
vecindario de gente decente. Eso lo logramos a través de las pequeñas o grandes
elecciones que hacemos a cada instante.
Hay elecciones que parecen ser a nuestra conveniencia y
no lo son. Si elijo tirar basura en la calle o no limpiar mi casa o mi cuarto,
estaría eligiendo vivir en la mugre. Eso no es mi conveniencia. Si elijo
agredir a mis vecinos o guardar rencor por las ofensas, mi alma estaría llena
de hostilidad y desencanto. Eso no sería en mi conveniencia.
Cuando nos despojamos de la expectativa de que los otros
cambien o nos sirvan para nosotros poder ser felices, desaparece el
sufrimiento, porque ¿quién sufre por no ser mantenido si no espera serlo?, ¿o por comprobar que el o los otros no
trabajan para vernos dichosos, si nos negamos a dejar nuestra felicidad en
manos ajenas?
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