Si has jugado videojuegos o visto a un niño pequeño
hacerlo, estás al tanto de la increíble actividad mental, automática e
intuitiva que se necesita para seguir jugando. No basta con que sepas cuál es
el objetivo, digamos que rescatar a una princesa, ya que ésta no aparece por
ninguna parte; tienes que descubrir por ti mismo cuáles son los obstáculos y
las ayudas y de cuántas oportunidades (vidas) dispones.
Cada juego electrónico es un mundo aparte de cualquier
clase (con zombis, tortugas, soldados, homínidos, fantasmas...) en el que el
jugador entra y se adapta a las reglas; un Mario Bross no se juega como si
fuera StarCraft o Fifa.
Los juegos comienzan con un paisaje y determinadas
figuras que obedecen al control que tienes en las manos. Debes acertar los
botones y la velocidad con que has de oprimirlos para que las figuras se muevan.
Pero no al azar. El juego contiene una organización interior que premia o
castiga tus elecciones de acuerdo con un criterio que no se ve, aunque exista.
Dicho criterio te guía a solucionar el problema, ya se trate de la mencionada
princesa, llegar el primero a una bandera, matar a todos los demás jugadores, o
lo que sea.
Lo interesante es que cuando aprendes a jugar, estás adivinando el
universo que inventó el autor y la estrategia que estableció para que avances sin
perder vidas, llegues a la meta, y aceptes su idea de que dicha meta es buena, no
importa si al final te encuentras con una princesa horrenda que todo parece menos
princesa.
¿Cómo hace el jugador para descubrir la ruta y aprovechar
poderes, monedas, flores, hongos, vidas extras, etc., si no hay instrucciones
habladas o escritas? Por ensayo y error; es decir, explorando al tanteo,
recordando qué hizo la última vez que perdió una vida u obtuvo un premio, insistiendo
allí donde le fue bien y donde le fue mal.
A veces se me ocurre imaginar la familia en la que uno
crece como un videojuego listo para ser jugado. Un universo en sí. Con reglas y retroalimentación
de las mismas a través de premios y castigos. Dichas reglas no necesariamente
son habladas o escritas, los nuevos miembros deberán ir descubriéndolas por
ensayo y error; adivinar cómo es el entramado de ese mundo al que desea entrar
y pertenecer; intuir cuáles estrategias son permitidas y prohibidas para
avanzar y llegar a una meta que no se sabe con exactitud en qué consiste; aceptar
a priori que dicha meta es buena, no
obstante que a veces los miembros que jugaron el mismo juego antes que
nosotros, lleguen al final con sus vidas desgarradas. Uno puede intuir la
eficacia o ineficacia de las reglas que se barajan en la propia familia
contemplando a los ancianos.
La socialización o juego familiar comienza a jugarse muy
temprano. Llega un bebé. Debe elegir el personaje con el que jugará. Hay varios
para escoger, acordes a la historia familiar vivida. Como el pequeño está muy
chiquito y enfrascado en la tarea de sobrevivir y adaptarse, sus padres lo
ayudan colocándole etiquetas: hombre/mujer; blanco/oscuro; fuerte/débil;
activo/pasivo; deseado/no deseado; hijo de familia privilegiada/de familia
marginal; católico/ateo; etc., etc., y cada etiqueta es un verdadero reglamento
de cómo deberá comportarse.
Cuando se han pasado 15, 20 o más años jugando un juego,
uno ya sabe (consciente o inconscientemente) cómo es, qué se acepta y qué no se
soporta en casa. Que uno pueda verlo o no, con amor o con rechazo, son otros
temas. Lo curioso es que no jugarlo ocasiona culpabilidad, y seguirlo jugando
toda la vida nos mantiene infantiles.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com
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