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lunes, 8 de octubre de 2018

PATRONES INCONSCIENTES


Seguramente has oído a algún niño pequeño decir: “Yo no sabo”, “mamá le ponió queso a mi plato”, “quería pasar y no cabí”. Los estudiosos de la mente se preguntaron de dónde sacaban los niños esas palabras que no habían escuchado, puesto que los adultos de su familia decían “sé”, “puso” y “cupe”, y notaron que los niños de muy corta edad conjugan los verbos mejor que alguien que aprende una segunda lengua. Por ejemplo, no dicen “mí no querer”, sino “yo no quero”. 

La palabra “quero” no es correcta porque el verbo es irregular y algún adulto le dirá: “se dice quiero”. Pero la maravilla observada consistió en comprobar que los pequeños no sólo imitan las palabras como sonidos, sino que también están “intuyendo patrones”. En este caso, del idioma, porque conjugan siguiendo las normas para los verbos regulares: sabo como presente de saber; ponió, pasado de poner; cabí, pasado de caber.

Hay una gran diferencia entre la imitación y la intuición de patrones. Imitar es copiar lo que se está viendo. Por ejemplo: sacas la lengua frente a un bebé y éste también lo hace, porque los niños imitan todo: se ponen tus zapatos, simulan rasurarse frente al espejo, se “preparan” para salir a trabajar...  Sucede también en adultos: vemos que alguien bosteza y nos dan ganas de bostezar; un grupo ríe a carcajadas y nos da risa; lloran en un velorio y se nos salen las lágrimas. Lo hacemos por “contagio”, sin motivo aparente. Esto también tenía intrigados a los científicos hasta 1996  en que, por casualidad, varios investigadores descubrieron las neuronas espejo.
Las neuronas espejo son las responsables de la tendencia en el ser humano a imitar las acciones y los gestos de los demás. Estas neuronas espejo también existen en los primates. Las han medido y supuestamente las hay en mayor número en los cerebros femeninos que en los masculinos. La hipótesis es que desempeñan una función importante en la vida social y proporcionan capacidades no sólo de imitación sino de empatía (comprender poniéndose en el lugar del otro). Esto explica la imitación, pero intuir patrones es más complejo.
Un patrón es un conjunto de normas que rigen el comportamiento de un grupo organizado de personas. Los patrones no se ven, sólo funcionan y rigen los comportamientos y los modos de pensar. Se los suele considerar “lo normal”.

Un niño que conjuga un verbo aplica un patrón puesto que no está escuchando la palabra, sino elaborándola en su cerebro de acuerdo con determinadas normas de la gramática. Por supuesto que él no sabe que está conjugando ni conoce las personas gramaticales, pero las usa al decir amo, amas, ama, amamos, aman, según se requiera. 

Lo más intrigante de los patrones está en que no necesariamente se enseñan en forma abierta y deliberada; pueden ser intuidos y conservarse inconscientes por toda la vida. Igual sucede con todos los patrones socioculturales que rigen nuestros comportamientos: los obedecemos y ya. 

Son ejemplos de patrones algunas discriminaciones contra grupos, no aceptar determinados tipos de trabajo o en la India no comer carne de vaca.
Mientras los patrones sigan siendo inconscientes, no hay manera de liberarse de ellos. Pero llega a suceder que alguna circunstancia los torne imposibles o molestos de cumplir y la persona los transgrede. Entonces se siente muy mal. Esta podría ser la oportunidad de que se vuelvan conscientes y, por lo tanto, susceptibles de ser modificados. Sólo en estado de consciencia; es decir, dándonos cuenta, podemos realizar cambios en nuestros patrones.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com 

lunes, 16 de julio de 2018

VIDEOJUEGOS, FAMILIA E INTUICIÓN


Si has jugado videojuegos o visto a un niño pequeño hacerlo, estás al tanto de la increíble actividad mental, automática e intuitiva que se necesita para seguir jugando. No basta con que sepas cuál es el objetivo, digamos que rescatar a una princesa, ya que ésta no aparece por ninguna parte; tienes que descubrir por ti mismo cuáles son los obstáculos y las ayudas y de cuántas oportunidades (vidas) dispones.

Cada juego electrónico es un mundo aparte de cualquier clase (con zombis, tortugas, soldados, homínidos, fantasmas...) en el que el jugador entra y se adapta a las reglas; un Mario Bross no se juega como si fuera StarCraft o Fifa.

Los juegos comienzan con un paisaje y determinadas figuras que obedecen al control que tienes en las manos. Debes acertar los botones y la velocidad con que has de oprimirlos para que las figuras se muevan. Pero no al azar. El juego contiene una organización interior que premia o castiga tus elecciones de acuerdo con un criterio que no se ve, aunque exista. Dicho criterio te guía a solucionar el problema, ya se trate de la mencionada princesa, llegar el primero a una bandera, matar a todos los demás jugadores, o lo que sea. 

Lo interesante es que cuando aprendes a jugar, estás adivinando el universo que inventó el autor y la estrategia que estableció para que avances sin perder vidas, llegues a la meta, y aceptes su idea de que dicha meta es buena, no importa si al final te encuentras con una princesa horrenda que todo parece menos princesa.

¿Cómo hace el jugador para descubrir la ruta y aprovechar poderes, monedas, flores, hongos, vidas extras, etc., si no hay instrucciones habladas o escritas? Por ensayo y error; es decir, explorando al tanteo, recordando qué hizo la última vez que perdió una vida u obtuvo un premio, insistiendo allí donde le fue bien y donde le fue mal.

A veces se me ocurre imaginar la familia en la que uno crece como un videojuego listo para ser jugado. Un universo en sí. Con reglas y retroalimentación de las mismas a través de premios y castigos. Dichas reglas no necesariamente son habladas o escritas, los nuevos miembros deberán ir descubriéndolas por ensayo y error; adivinar cómo es el entramado de ese mundo al que desea entrar y pertenecer; intuir cuáles estrategias son permitidas y prohibidas para avanzar y llegar a una meta que no se sabe con exactitud en qué consiste; aceptar a priori que dicha meta es buena, no obstante que a veces los miembros que jugaron el mismo juego antes que nosotros, lleguen al final con sus vidas desgarradas. Uno puede intuir la eficacia o ineficacia de las reglas que se barajan en la propia familia contemplando a los ancianos.

La socialización o juego familiar comienza a jugarse muy temprano. Llega un bebé. Debe elegir el personaje con el que jugará. Hay varios para escoger, acordes a la historia familiar vivida. Como el pequeño está muy chiquito y enfrascado en la tarea de sobrevivir y adaptarse, sus padres lo ayudan colocándole etiquetas: hombre/mujer; blanco/oscuro; fuerte/débil; activo/pasivo; deseado/no deseado; hijo de familia privilegiada/de familia marginal; católico/ateo; etc., etc., y cada etiqueta es un verdadero reglamento de cómo deberá comportarse.

Cuando se han pasado 15, 20 o más años jugando un juego, uno ya sabe (consciente o inconscientemente) cómo es, qué se acepta y qué no se soporta en casa. Que uno pueda verlo o no, con amor o con rechazo, son otros temas. Lo curioso es que no jugarlo ocasiona culpabilidad, y seguirlo jugando toda la vida nos mantiene infantiles.  

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com