Bienvenido a mi blog. Soy mujer, divorciada, madre, abuela y también psicóloga. Deseo que encuentres algo que te guste.
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lunes, 4 de octubre de 2021
NOSOTROS LOS BUENOS
¿Quiénes son los buenos? ¿Por qué hoy sería noticia lo que lleva siglos existiendo? Algunos viejos afirman que todo pasado fue mejor y jóvenes creen que lo mejor está en el futuro, que ellos se encargarán de que así sea. ¿Quiénes están en lo cierto y quiénes se equivocan? Tal vez todos, o ninguno.<.
Una señora que rondaba los cincuenta años relataba lo que le sucedió a ella con su mamá. Cuando era apenas una adolescente, tuvo la mala suerte de encontrar en la calle a su papá muy acaramelado con una desconocida. No se dejó ver por él y en cuanto llegó a casa se lo contó a su mamá, quien le dijo: “Hazme el favor de respetar a tu padre. Cállate. Ni una palabra, tampoco a él”. Así pasó. Ella creció, se casó, tuvo a su primera hija y debía guardar cuarentena. La madre le aconsejó: “Cuídate, hija, y si en este tiempo sabes que tu marido llega noche o no llega, cállate, no digas nada por amor a tu familia. Los hombres son distintos a nosotras y necesitan salir”. Así pasó. Años después, debido a un conflicto serio de pareja, esta señora llegó a casa de su madre, quien la escuchó largamente y después le dijo: “Estas son cosas de ustedes dos, no puedo entrometerme porque luego ustedes se contentan entre las sábanas y yo me voy a quedar odiando al Fulano, así que agarra tus cosas y vuelve a tu casa. Tú eres de allá”. ¿Esto es nuevo, o antiguo? ¿Aún sucede o ya se vive de otra manera? ><.
Una joven decidió irse a vivir con su novio, los padres se enojaron muchísimo y le decían: “Déjalo, no te conviene, es un sujeto que no quiere compromiso”. A los dos años, los novios decidieron casarse y hubo boda. Los padres respiraron aliviados. Tiempo después, la hija llegó alterada a la casa paterna pidiéndoles quedarse a vivir con ellos, junto con su hija pequeña. “No puedo continuar, él no me respeta y me pinta el cuerno descaradamente”, argumentaba. La madre respondió: “Te lo advertimos y no hiciste caso, ahora atente a las consecuencias; tú lo escogiste, es tu marido. Una de mujer tiene que vivir cosas que no le gustan y no por eso deja todo tirado. Piensa en tu niña, ¿vas a dejarla sin padre? Debes volver y arreglar las cosas”. La hija tomó su maleta y regresó a su casa. ><.
En estos relatados, ¿quiénes son los buenos poseedores de la verdad, y quiénes los malos que están en el error? Se dificulta saberlo, ¿verdad? La vida no siempre se sujeta a lo que pensamos que debería suceder y suele meternos por caminos retorcidos que no habíamos previsto. Sin embargo, los humanos gustamos pensar que sí sabemos cómo deben de ser las cosas y es cuando adquirimos una visión de “nosotros somos los buenos y poseemos la verdad; los otros son los malos y están en un error”. ><.
Por regla general, “los buenos” suelen ser más fríos y crueles que los “malos”. Debido a su pensamiento blanco y negro, sin matices, condenan, critican, señalan con el dedo y se ubican como víctimas en donde están siendo victimarios. Decía un señor que corrió de la casa a su hija adolescente embarazada: “Canija muchacha, traicionó nuestra confianza y trajo la vergüenza a nuestra familia”. En ningún momento se le oyó decir: “¿Dónde estará? ¿Tendrá qué comer y dónde dormir? ¿Necesitará algo?”. ><.
Podemos sentirnos “los buenos poseedores de la verdad” en muchas ocasiones; cada vez que nos encontramos con personas que piensan distinto, actúan distinto, luchan por ideales distintos, comparten distinto color, raza, ubicación geográfica, modos de gobierno u organizaciones familiares diferentes a las que acostumbramos. Si nos sentimos “los buenos”, buscamos extinguir a los “malos” o por lo menos, obligarlos a que piensen como nosotros. Nos volvemos autoritarios.><.
Quienes en lugar de sentirse “los buenos” se perciben como simples seres humanos dentro de la vida, aprendiendo lo impredecible constantemente por ensayo y error, tienen mayor oportunidad de convivir con las diferencias y lograr la paz interior. ¿Qué tan interesante es poseer paz en el alma? ><.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com
lunes, 16 de julio de 2018
VIDEOJUEGOS, FAMILIA E INTUICIÓN
Si has jugado videojuegos o visto a un niño pequeño
hacerlo, estás al tanto de la increíble actividad mental, automática e
intuitiva que se necesita para seguir jugando. No basta con que sepas cuál es
el objetivo, digamos que rescatar a una princesa, ya que ésta no aparece por
ninguna parte; tienes que descubrir por ti mismo cuáles son los obstáculos y
las ayudas y de cuántas oportunidades (vidas) dispones.
Cada juego electrónico es un mundo aparte de cualquier
clase (con zombis, tortugas, soldados, homínidos, fantasmas...) en el que el
jugador entra y se adapta a las reglas; un Mario Bross no se juega como si
fuera StarCraft o Fifa.
Los juegos comienzan con un paisaje y determinadas
figuras que obedecen al control que tienes en las manos. Debes acertar los
botones y la velocidad con que has de oprimirlos para que las figuras se muevan.
Pero no al azar. El juego contiene una organización interior que premia o
castiga tus elecciones de acuerdo con un criterio que no se ve, aunque exista.
Dicho criterio te guía a solucionar el problema, ya se trate de la mencionada
princesa, llegar el primero a una bandera, matar a todos los demás jugadores, o
lo que sea.
Lo interesante es que cuando aprendes a jugar, estás adivinando el
universo que inventó el autor y la estrategia que estableció para que avances sin
perder vidas, llegues a la meta, y aceptes su idea de que dicha meta es buena, no
importa si al final te encuentras con una princesa horrenda que todo parece menos
princesa.
¿Cómo hace el jugador para descubrir la ruta y aprovechar
poderes, monedas, flores, hongos, vidas extras, etc., si no hay instrucciones
habladas o escritas? Por ensayo y error; es decir, explorando al tanteo,
recordando qué hizo la última vez que perdió una vida u obtuvo un premio, insistiendo
allí donde le fue bien y donde le fue mal.
A veces se me ocurre imaginar la familia en la que uno
crece como un videojuego listo para ser jugado. Un universo en sí. Con reglas y retroalimentación
de las mismas a través de premios y castigos. Dichas reglas no necesariamente
son habladas o escritas, los nuevos miembros deberán ir descubriéndolas por
ensayo y error; adivinar cómo es el entramado de ese mundo al que desea entrar
y pertenecer; intuir cuáles estrategias son permitidas y prohibidas para
avanzar y llegar a una meta que no se sabe con exactitud en qué consiste; aceptar
a priori que dicha meta es buena, no
obstante que a veces los miembros que jugaron el mismo juego antes que
nosotros, lleguen al final con sus vidas desgarradas. Uno puede intuir la
eficacia o ineficacia de las reglas que se barajan en la propia familia
contemplando a los ancianos.
La socialización o juego familiar comienza a jugarse muy
temprano. Llega un bebé. Debe elegir el personaje con el que jugará. Hay varios
para escoger, acordes a la historia familiar vivida. Como el pequeño está muy
chiquito y enfrascado en la tarea de sobrevivir y adaptarse, sus padres lo
ayudan colocándole etiquetas: hombre/mujer; blanco/oscuro; fuerte/débil;
activo/pasivo; deseado/no deseado; hijo de familia privilegiada/de familia
marginal; católico/ateo; etc., etc., y cada etiqueta es un verdadero reglamento
de cómo deberá comportarse.
Cuando se han pasado 15, 20 o más años jugando un juego,
uno ya sabe (consciente o inconscientemente) cómo es, qué se acepta y qué no se
soporta en casa. Que uno pueda verlo o no, con amor o con rechazo, son otros
temas. Lo curioso es que no jugarlo ocasiona culpabilidad, y seguirlo jugando
toda la vida nos mantiene infantiles.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com
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