En la naturaleza existe un orden de intercambio: el que
tiene más da y el que tiene menos recibe. Nunca es al revés porque no se puede
dar lo que no se tiene. Entre dos cuerpos, el de mayor temperatura calienta al
frío y el que abunda en agua humedece al seco, tendiendo siempre a un
equilibrio.
Entre los humanos sucede lo mismo: hay un intercambio
natural y continuo donde el que tiene más da al que tiene menos. De lo que sea: riqueza material, alegría,
amor, tolerancia, confusión, rabia, odio... Sólo alguien que tiene vida puede dar la vida
a otro. Quien posee amor ama a sus semejantes.
El que sufre un duelo entristece a los demás. La persona confundida mete
confusión a su alrededor.
Damos y recibimos continuamente puesto que no somos
islas, sino miembros de un sistema en el que todos sus elementos interactúan.
Sin embargo, como humanos, tenemos la facultad de creer que así sucede o
negarnos a creerlo. Nos gustan las interpretaciones, sean éstas ciertas o
falsas.
“Dar es mejor que recibir” y “dar sin esperar nada a
cambio” son unas de estas interpretaciones que no tienen sentido, creadas por
los humanos. Nos las enseñan desde niños: “No seas egoísta, da siempre”. Es
imposible cumplirlas, porque también es bueno y necesario recibir. Pero los que
han aceptado esta creencia enaltecen el dar y desprecian el recibir. Se sienten
superiores cuando dan e inferiores si reciben. Los resultados son pésimos
porque, aunque el intercambio continúa, ellos no pueden verlo ni aceptarlo ni
dar las gracias.
Así como una fuente que da y da debe ser reabastecida,
alguien que procura dar y solamente dar sin recibir, queda seco. En su delirio
de que no recibe se prohíbe pensar: voy a disfrutar esto. Su actitud es: doy a
mi familia un paseo a la playa, a Six Flags, etcétera, pero no es para mí ni en
mi beneficio.
He conocido a padres de familia, sacerdotes, religiosos,
terapeutas, maestros, científicos, etc., que dan y dan y luego, llega el
momento en que se vuelven (en su mente) incapaces de recibir. Sólo se
relacionan si pueden imaginar que están en actitud de dar; es decir, de
superioridad. También familias completas
creen eso y dicen: “a nadie le pido nada”,
“a nadie le debo nada”, “nadie puede ayudarme”, “Nadie me va a decir lo
que tengo qué hacer”, “nadie me va a enseñar a mí”, “lo haré solo, sin ayuda de
nadie”... Y si alguien ofrece ¿puedo servirte en algo?, de seguro contestan:
“No, nada, estoy bien”.
Recuerdo una película viejísima, “La oveja negra”, donde
el papá era un problemático que traía a todos metidos en confusión y un día no
pudo disimular que había cometido un error grave. Entonces le exigieron que se
disculpara con aquel que había ofendido. Él contestó: “Yo no pido disculpas ni
pido nada. Yo doy. Siempre doy. Así que voy a ofrecerle a ése la disculpa que
ustedes me piden”. Paradójicamente, el personaje en cuestión que “siempre daba”
no tenía trabajo, lo mantenía su hijo y se pasaba la vida necesitando que le
resolvieran los problemas en que se metía.
Es falso que uno no reciba o que no necesita. Lo que
puede suceder es que no vea lo que recibe, no lo tome conscientemente y no dé
las gracias. Inclusive la conducta más altruista hace que uno reciba algo, así
sea sólo la oportunidad de sentirse más rico que otros.
La soberbia, sobre todo la soberbia espiritual, es el
peligro más grande de este tipo de personas que creen sólo dar y se sienten demasiado
grandes como para relacionarse con “los pequeños” de su alrededor y
necesitarlos.
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