Hace mucho, en mi primer año como maestra de jovencitas de 13 a 16 años que estudiaban para secretarias, sucedió algo que no olvido:
se trabaron en una acalorada discusión acerca de los papás incomprensivos que
no les daban permiso de asistir a un “café cantante” en el que iba a estar una
estrella de moda. Se perdió la disciplina, mezclaron los temas y entre ellos salió
también la molestia que les causaba que hicieran drama cuando se tardaban diez
o quince minutos después de la hora convenida. El alboroto crecía hasta que María
Elena, una alumna callada, casi invisible, dijo algunas palabras que muy pocas
oyeron y las hizo enmudecer y sentarse. “¿Qué?”, preguntaron las demás al notar
el cambio. “Diles lo que dijiste”, pidieron a María Elena. Y ella repitió: “Ya
quisiera yo tener a alguien que pregunte dónde estoy y qué hago”. Entonces nos contó
que había perdido a ambos padres antes de comenzar el curso, y el juez aún no
definía si ella iba a vivir con algún familiar o en una institución. Nadie
siguió alegando sobre las injusticias familiares.
Buscando en Internet a Víctor, el “Salvaje de Aveyron” (1799),
encontré que se han conocido al menos doce casos de niños que, abandonados a su
suerte, crecieron entre animales igual que Tarzán, el personaje. Es difícil imaginar
cómo pudieron sobrevivir, solos, en un ambiente tan inhóspito y peligroso como
es la naturaleza; pero, en fin, ahí estaban, vivos, cada uno con su historia
misteriosa que nunca podremos comprender en totalidad. Caminaban en cuatro
patas, no sabían hablar, mostraban gran resistencia para la intemperie, se
alimentaban de cosas crudas y les era extremadamente difícil la convivencia con
los humanos. Uno que sí pudo recuperar el habla dijo años más tarde que su
experiencia más terrible fue cuando lo encontraron y lo encerraron.
La mayoría de nosotros nacemos y crecemos sin dar demasiada
importancia al hecho de pertenecer a una comunidad bien definida llamada
familia, que a su vez está inserta en una sociedad y una cultura. Esta
afortunada circunstancia nos vuelve los seres humanos que somos, ya que la
genética no basta (algunos científicos opinaron que los niños salvajes
pertenecían a una sub-especie), es absolutamente necesaria la influencia
ambiental de convivencia con otros seres humanos.
También una experiencia tan atroz como la referida por la
alumna con que comencé este artículo, forma parte de la historia y la identidad
de quien la vive. Puede volver a la persona extremadamente fuerte, o vencer su
resistencia y convertirse en trauma. Lo mismo cualquier otra que consideremos
horrible o insoportable; puede volvernos más compasivos y capaces de comprender
el dolor humano... o amargados, despectivos y desconfiados.
Mucho se habla de que la sociedad está enferma y posee
tendencias terribles hacia el mal, que “el hombre es el lobo del hombre” y
otras “linduras” que es imposible refutar, y sin embargo, es nuestra cuna,
nuestro troquel, la fuente de la que nos nutrimos en la infancia y después. A
veces pensamos: “Soy así porque con mis padres me faltó... o me sobró...”, y es
cierto, pero...
¿La configuración que recibimos es definitiva? ¿Si
nuestra lengua materna es el español, nunca podremos hablar en inglés, francés
o chino?, ¿si crecimos en la pobreza y la penuria, nunca podremos tener una
vida digna y holgada?
Junto con las maravillas que nos han sido entregadas por
nuestra pertenencia a la familia y la cultura, como el idioma, los métodos para
satisfacer nuestras necesidades básicas, los inventos, etc., etc., también
recibimos los llamados “grilletes mentales”; hábitos y creencias que nunca han
sido cuestionados por nuestra conciencia. Estos grilletes suelen ser de
“sentido común”; es decir, pensamientos compartidos por los grupos en los que
nos desenvolvemos y cuyos miembros pueden ver con malos ojos que los pongamos
en duda, y peor aún que intentemos liberarnos de ellos. ¿Valdrá la pena
dejarlos sin examinar?
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com
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