Ya pasó “el nueve ninguna se mueve”. ¿Qué va a suceder ahora? ¿De aquí en adelante
se acabarán los feminicidios? Por supuesto que no. Estos, y la violencia contra las mujeres,
fueron los detonadores más evidentes; sin embargo, un paro no es remedio definitivo
sino un pequeño paso para una revolución profunda tanto en los gobernantes como
en los ciudadanos de a pie, hombres y mujeres que vivimos una vida cotidiana; un
cambio revolucionario de nuestros pensamientos y paradigmas.
Un paradigma es una forma aprendida de ver el mundo. Llega
a parecer natural porque ya no se percibe. No se nota. Las personas la toman
por correcta, y ya. Jamás se pone en duda ni se discute... hasta que alguien lo
hace. Hay numerosos ejemplos de paradigmas que cambiaron porque alguien los
puso en duda: que la tierra era plana, que los reyes eran dueños de las vidas y
haciendas de sus súbditos, que la esclavitud era natural y necesaria...
Querido lector, ¿cuál paradigma crees tú que se está
cuestionando hoy? ¿Cómo lo definirías?
Te diré un secreto: seas hombre o mujer, si aciertas a
definirlo, te vas a sentir mal. Quienes te escuchen van a mirarte con expresión
de que estás exagerando y te pedirán que definas si estás en pro o en contra.
Porque no es la autoridad del presidente de la república la que se está
cuestionando (aunque él se haya sentido aludido), sino la prevalencia masculina
y la sumisión femenina, que son costumbre. Se les llama “machismo” y
“patriarcado”. Solo al mencionar esas dos palabras suenan desagradables,
problemáticas y amenazantes.
Ninguno de los que ahora respiramos tenemos la culpa del
machismo y del patriarcado, pues provienen de siglos de repetición de la creencia
de que la persona, sentimientos y necesidades de los varones, son más
importantes que los de las mujeres. “Dicen por ahí que Dios hizo a la mujer
para regalo del hombre”, cantaba Jorge Negrete. El feminicidio y la violación
son manifestaciones extremas de dicha postura: “Si no quieres por gusto,
entonces por la fuerza”. Según este paradigma, está muy mal que ellas pretendan
ser escuchadas y tomadas en cuenta en igual medida que ellos. “Quieren ser como
los hombres”, se oye comentar con desprecio.
Según mi percepción, el paro tenía y tiene capacidad de
generar muchísimo conocimiento acerca de nosotros mismos, como sociedad
compuesta por hombres y mujeres. ¿Podemos capitalizarlo?
Quien desee enriquecerse con los raudales de conocimiento
que se nos vinieron encima, necesita detenerse y contemplar lo sucedido desde
que apareció la convocatoria. Debió de haber un motivo que provocara una
aceptación y un rechazo tan febriles. Luego, dudas, conversaciones, mensajes en
pro y en contra. Es interesante analizar de dónde provinieron, qué decían,
cuáles temores destapaban, cuáles esperanzas. Después, en la propia mujer, cómo
fue que eligió parar o no parar, si optó por ella misma o tuvo necesidad de que
alguien le indicara qué hacer. Cuando decidió, qué tipo de reacciones despertó
en los hombres y mujeres más cercanos, hijos e hijas, amigos y compañeros de
trabajo. Al final, cuando ya todo pasó, cuál es la sensación que cada mujer experimenta
ahora, después de haber optado como lo hizo.
Como mujer, soy absolutamente solidaria con las mujeres.
Y si, como se nos acusa, es verdad que nosotras prolongamos el machismo y el
patriarcado a la hora de educar, esto sólo significaría que también somos
machistas porque así nos educaron. No tenemos la culpa pero sí la
responsabilidad de analizarnos. Es oportunidad de que en nuestro interior se dé
la gran revolución de paradigmas y creamos que sí merecemos tener voz y ser
escuchadas; que nuestras personas, necesidades y sentimientos tienen la misma
importancia que las de cualquier otro ser humano; que estamos dispuestas a
hacernos cargo de nuestro bienestar; y que no concedemos a nadie el derecho de
subyugar a otro.
Lo terrible y espantoso sería que se cambiaran los
papeles sin modificar el paradigma; es decir, que las mujeres pretendiéramos
dominarlos a ellos y utilizarlos para nuestro provecho. Sería una prolongación
del mismo guión, humanos oprimiendo a humanos, con un intercambio de los actores.
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