Leí su artículo “Paro de mujeres”. Muy bueno pero si en
algo sirve para las mujeres, mi madre nos sentenció desde niños que a la mujer
no se le toca ni con el pétalo de una flor. Yo puedo decir que, en este tiempo,
recibí golpes de la mujer que fue mi esposa. Yo jamás pensé en golpearla.
OPINIÓN
Es triste que los humanos nos hagamos la vida pesada unos
a los otros cuando sería posible lo contrario, que la volviéramos más liviana
porque la carga se distribuyera entre varios y nos acompañáramos de buen grado
en nuestro camino.
Te creo cuando dices que la mujer que fue tu esposa te
golpeaba aunque tú no lo hicieras. Ella practicaba la violencia. Hombres y
mujeres sentimos la tentación de utilizarla con el fin de dominar a algún
semejante para nuestro provecho, forzarlo a que cambie o a que no cambie,
descargar la propia frustración o profesar la falsa idea de que la violencia es
un recurso eficaz para el control.
La violencia hace daño, así provenga de un hombre o de
una mujer y vaya dirigida a un adulto o a un niño.
Últimamente, se han cargado las tintas para describir la violencia
que ejercen los hombres contra las mujeres porque es la más visible y está
institucionalizada; sin embargo, pecaríamos de ingenuidad si aseguráramos que ellas
no son ni han sido violentas. Pueden serlo tanto como un hombre, sólo que la
sociedad les exige soportar “de buen modo”. Muchas viven continuamente
enojadas. Algunas se desquitan con los hijos. Entre los ahora adultos, son
minoría los que jamás recibieron una nalgada, coscorrón, pellizco, bofetada, chanclazo, azotaina, apodo, descalificación o afrentas por
coraje de parte de sus madres, maestras, familiares, vecinas o desconocidas.
Hubo un tiempo en que algunos tipos de violencia que
ahora rechazamos eran socialmente aceptados; por ejemplo, oprimir a la mujer o educar
a los hijos con golpes. De niña me tocó escuchar sermones en los que se
atribuía a la Biblia esta frase: “Ay del padre que no azota a su hijo”. Le daba
un tinte de obligación moral a castigar a los hijos con golpes. Pero los
pensamientos pueden cambiar. De hecho, han cambiado. Actualmente, muchos
hombres se autodenominan con humor “mandilones” porque ayudan a su mujer, y
numerosos padres no admiten que los maestros peguen o avergüencen a sus hijos
en la escuela. Sin embargo, todavía algunos se reservan el monopolio de hacerlo
y existe el maltrato infantil. Es violencia, y no solo de los hombres.
Provenimos de una cultura violenta en la que han sido comunes
las relaciones de dominio y no de solidaridad.
El mérito que atribuyo al paro de mujeres es que nos está
llevando a reflexionar sobre el tema. El paro pone de manifiesto la esperanza y
la necesidad de un cambio en las maneras de pensar.
Los cambios verdaderos y durables se dan en las
mentalidades. Mientras un hombre o una mujer se sientan con derecho de hacer
daño y destruir, lo harán. En cambio, quien se convence de que la convivencia
respetuosa es eficaz, optará por conductas más afables.
Por lo pronto, me alegro de que el paro haya desatado una
efervescencia de conversaciones y debates acerca de la violencia. Algo bueno
debe salir de hacernos conscientes de que esta existe y hay otras maneras de convivir.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com
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