Por pequeño que parezca, cada uno de nosotros es un
mecanismo que mueve al mundo. ¿Cómo? Viviendo. Somos 7500 millones de seres
humanos que cada día cooperamos con nuestro amor, odio, risas, alegrías, enfados,
dolores, sufrimientos, logros, inventos, etc., a que la humanidad sea como es.
Nada comienza y termina en uno mismo, estamos
misteriosamente conectados de maneras inimaginables. Una sonrisa o un ceño
fruncido no son triviales; se suman y diluyen en los millones de estados de ánimo
que pululan en la atmósfera y vuelan como semillitas buscando germinar. ¿Te ha
sucedido que te encuentres con alguien molesto y te sientas incómodo, o lo
contrario, con un rostro sonriente y desees sonreír? Los sentimientos son
“contagiosos”, por decirlo de alguna manera: no es lo mismo vivir con una
persona feliz que con una amargada.
Todo pasa. Y todo permanece. Paradójico, ¿verdad? Por un
lado, la vida es cambio continuo y lo que sucedió ayer ya no existe; y por
otro, no se va. El adulto que de niño fue maltratado o sufrió abuso pero hoy ya
no, en su interior conserva ramas de aquellas semillas malignas que le
sembraron durante la infancia y, salvo que se encargue de extirparlas, sigue
sembrando a su alrededor el sufrimiento que tanto daño le hizo.
Las emociones son reacciones espontáneas a los
acontecimientos, según estos nos gusten o desagraden. Nos llenan de energía. Y nunca
están locas, todas tienen un motivo para emerger.
Una emoción reiterada se convierte en sentimiento. Podemos
negarnos a tomarla en la conciencia y no desaparecerá; irá a dar a tierra de nadie. Allí, encenderá motores (emoción
significa movimiento) de cualquier manera, generalmente nociva, porque nunca
desterramos lo que nos gusta y sabemos aprovechar, sino aquello que nos desagrada
y quisiéramos desaparecer de nuestra
vida. Allí, en tierra de nadie, libre, sin freno ni rienda, su energía hace de
las suyas y configura la peor cara de la humanidad.
Lo anterior no significa que estemos destinados a repetir
lo que nos inculcaron, ni a reflejar las múltiples emociones que la humanidad aporta
a nuestro mundo. Hay una gran diferencia entre reaccionar y responder.
Reaccionar es sentir una emoción y actuar en consecuencia,
por impulso. Responder es tomar una decisión libre e inteligente de cómo
utilizar la energía que desencadenó la emoción.
Por ejemplo: se nos anuncia que la cuarentena se
extenderá más de lo previsto. La noticia es desagradable; por lo tanto, la
reacción puede ser de ira, frustración, miedo, rebeldía, negación (esto es
mentira, quieren engañarnos) o cualquier otra negativa. El organismo está
pletórico de energía disponible para ser utilizada en movimiento. Si la persona
solo reacciona y no se hace cargo de dar un uso provechoso a dicha energía, se
convierte en generadora de sufrimiento a su alrededor; quizá llora, grita,
golpea cosas o personas, destruye muebles, insulta... o busca un culpable
externo contra quién canalizar su rabia y buscar venganza: “Son los chinos (los
gringos, los iluminatti, los policías, los médicos y enfermeras que traen el
contagio...), hay que acabar con ellos”. Es decir, se vuelve peligrosa. Su
manera de mover al mundo es hacia la desgracia, el antagonismo o la guerra.
Peor aún si se ensimisma: el exceso de energía encerrada le ocasiona depresión;
es decir, guerra contra sí misma (de-presión es lo opuesto a ex -presión).
Hay innumerables vías para el manejo de sentimientos,
hablaremos de ellas en otra ocasión. Hoy solo nos quedamos con que es distinto
reaccionar que responder. Quizá tú ya hayas respondido y piensas: “A pesar de
todo lo que ocurre, me encargaré de vivir libre y feliz”.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
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