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lunes, 9 de abril de 2012

YA SE FUE EL PAPA

¿Qué nos dejó su visita? Con anterioridad me referí a la presencia del Papa en nuestra querida ciudad, como a un espejo que nos permitiría ver algo de los contenidos conscientes e inconscientes de nuestra mente. Él ya vino y se fue, ¿vimos algo?
En lo más concreto, vimos una ciudad, León, limpia y engalanada, de cuyos habitantes algunos hicieron vallas que se prolongaron en tiempo y distancia, otros las respetaron ordenadamente, otros más asistieron a los actos del culto aunque para ello debieran caminar kilómetros, y relativamente pocos en relación con los anteriores, se dedicaron a organizarlo todo para que ocurriera plácidamente y sin violencia. El resultado fue un espectáculo de solidaridad y cooperación que hizo posible el éxito en una tarea que León jamás había realizado antes, porque nunca había tenido la visita de un personaje de tan relevada importancia internacional. No se necesita ser muy generosos para felicitarnos por nuestro desempeño.
Todavía en lo concreto, vimos a un hombre de la cuarta edad (tiene más de ochenta años) capaz de realizar un largo viaje desde allende el mar, y de inmediato pasar varios días bendiciendo, celebrando el culto y entrevistándose con nuestros mandatarios. Sin considerar lo simbólico de su persona, mirar a un anciano con este grado de actividad puede hacernos pensar que quizá sea un mito la creencia de que la vejez lleva irremediablemente a la decrepitud.
También vimos algo que nuestros abuelos, bisabuelos y ancestros anteriores nunca habrían podido siquiera imaginar: a clero y gobierno trabajando juntos, como miembros del mismo país, para proporcionarnos a nosotros, el pueblo, una oportunidad de manifestar nuestro sentir religioso. Todos sabemos que, a través de la Historia y desde la Independencia, cuando supuestamente ya pudimos auto-determinarnos, ambas instituciones (quizá más exactamente algunos de sus líderes) se distinguieron por la dificultad para entenderse y colaborar, desconfiaron una de la otra y mutuamente trataron de hacerse la vida imposible, con el resultado de ríos de sangre derramada durante siglo y medio. Y los individuos que llevamos en nuestros genes tales hechos, ahora tuvimos ocasión para contemplar cómo están acomodados en nuestro interior, observando las reacciones que despertó en nuestra alma esta visita. Los actuales ciudadanos, hijos y nietos de mexicanos que se vieron envueltos y afectados por el estira y afloja y los vaivenes de la fortuna ocasionados por las prolongadas guerras, no sería de extrañar que en nuestro interior conservemos vigente la divergencia y tengamos dificultad para aceptar como verdadera la armonía del momento presente. Tal vez deseemos, si no tomar las armas, sí encontrar una forma de desquitar las injusticias sufridas en nuestras familias. O estemos tan adoctrinados por alguna de las corrientes que confundamos laicismo con anticlericalismo, y queramos seguir viendo a ambas instituciones peleando, como antaño. Pero también puede ser que dejemos el pasado como pasado y nos dediquemos ahora a vivir la época que nos toca, con su mayor evolución del ser humano. ¿Suena demasiado optimista? Hoy es hoy y eso está ocurriendo. Mañana será otro día y no sabemos lo que sucederá.
También vimos que cada cabeza es un mundo, y dos personas distintas no pueden dar respuestas idénticas. Los sentires individuales ante el acontecimiento han presentado una amplísima gama: “Qué alegría, vi al representante de Cristo”, “estuvimos juntos, como hermanos, sintiendo la unidad entre nosotros”, “colaboré lo más que pude”, “fue una friega tanto sol”, “me encerré en mi casa por temor a que vinieran delincuentes o hubiera balaceras”, “es una lata que entorpezcan el tráfico”, “yo hice tortas y agua fresca para vender y me fue mal”, “se nos bajaron las ventas, qué fiasco”, “yo me fui de vacaciones, no me interesaba este circo”, “todo es una pasarela pre electoral”, “es una danza por el poder, a ver con qué nos salen después”, etc. etc.
Cada uno de nosotros sabe cómo reaccionó y cuál fue su actitud. Ésta, precisamente, es información muy valiosa de cómo está acomodada en nuestra mente la Historia de México.

lunes, 6 de febrero de 2012

PEREGRINACIÓN A SAN JUAN

¿Qué dice la psicología de ir en peregrinación a San Juan? Oigo a parientes y conocidos hablar de las penalidades que pasan en el camino y yo les pregunto: ¿para qué van? Unos contestan que por tradición o para acompañar a alguien que prometió una manda, y otros que por fe, pero qué dice la ciencia de esta costumbre.
RESPUESTA
No tengo conocimiento de algún estudio específico sobre la peregrinación a San Juan, así que recurriré a conceptos más generales.
La ciencia no estudia el espíritu, sólo el fenómeno religioso. Las investigaciones antropológicas señalan que en todos los tiempos y lugares han existido las religiones, y distinguen entre los actos públicos de culto y la experiencia privada y subjetiva de tener un encuentro con la divinidad. Desde este punto de vista, ir a San Juan es una práctica de culto público, en la que los individuos no necesariamente establecen lazos de unión con otros individuos como tales, sino con su clan; es decir, con una comunidad o grupo al que pertenecen. ¿Cuál? El grupo de los creyentes, o sea, de los que consideran loable realizar un esfuerzo casi sobre humano para llegar a su meta: el santuario de la Virgen. Este grupo puede abarcar a los ancestros que creyeron lo mismo.
Cada una de las personas que participan en dicho acto de culto público vive una experiencia subjetiva y particular, y sería imposible describirlas todas. Para unos, quizá, consista en poder decir: “¡Lo hice, aguanté!”, o: “Demostré amor a mi hijo (pareja, amigo, conocido) al no dejarlo ir solo”, “comprobé que todavía hay gente que tiene fe, o que profesa amor a su prójimo y desinteresadamente regala cosas como agua, alimentos, etc., a los peregrinos”, “pagué una deuda que tenía por un favor que recibí”, “el recorrido fue para mí una metáfora de vencer las dificultades en el camino de la vida”, “le recé a la Virgen en su santuario con mucha devoción”, “tuve una experiencia mística”, y tantas más posibles.
La subjetividad está siempre presente en toda actividad humana, también en la experiencia religiosa. El participar en una peregrinación podría permitir a la persona conocer cuál es su idea de la divinidad. Podríamos decir que, aun refiriéndose a un Dios único, existen tantos dioses como personas, porque cada cabeza es un mundo, y ninguno de estos mundos es idéntico a otro. Así que, observando las conductas, podemos saber un poco de cómo ese mundo subjetivo percibe a Dios y dónde vive. Van varios ejemplos:
Respecto a la manera de dirigirse a Él, algunos lo buscan como:
A un padre: Dame lo que necesito. Me porté mal, no me castigues. Le pido a la Virgen, porque tú eres más duro que Ella.
A un hijo: Haz esto, o dejaré de tener fe en Ti. Todo lo has hecho mal, corrige tus obras.
A un esposo o pareja: Te amo con todas mis fuerzas, tómame y entrégate a mí.
A un comerciante: Te ofrezco tal o cual a cambio de un milagro.
A un cómplice: Véngate de mis enemigos.
A un extraño: Vives en tu cielo y no te importo. Hay gente que cree en Ti, yo no soy de esos.
A un enemigo: Sé que puedes fregarme y mandarme al infierno.
A un misterio desconocido: Jamás lograré entender tus designios.
En cuanto a dónde vive, están los que al invocar a Dios miran hacia arriba, los que vuelven los ojos hacia sí mismos, y los que se ponen en marcha hacia alguna parte.
Debo terminar. El tema da para mucho más de lo hasta aquí descrito.