Tengo 38 años. Según mi terapeuta, soy controladora y estoy
trabajando para soltar a mis seres queridos. Con mi marido no ha sido tan
difícil como con mis hijas, tengo dos, una de 20 y otra de 18, pero la mayor me
dijo que ella piensa vivir su sexualidad y me preocupé mucho, también por el
ejemplo para la otra. Hablé con mi terapeuta y ella opina que mi hija es mayor
de edad, que solamente le hable de los riesgos y me mantenga fuera, pero yo me
siento extremadamente culpable de no hacer nada. ¿Cuál es la diferencia entre
no controlar y ser irresponsable?
RESPUESTA
Entiendo que estás preocupada por el bienestar de tu hija y que
tu amor de madre te impulsa a colocarle alrededor una cápsula protectora que la
defienda de cualquier daño. Desearías tomar tú las decisiones correctas -en
lugar de ella- y encontrar la manera de convencerla para que las acepte como
suyas, porque no quieres que sea lastimada. Muy grande es tu amor que hace más
de veinte años te llevó a darle la vida, y ahora quisieras tú vivirla, para
protegerla. Pero no podrás, porque ya se la diste. O a lo mejor sí, y le
enseñarás que su vida no es su responsabilidad, sino tuya. El problema es que
te sientes culpable de permitir que tu hija se equivoque. Voy a centrarme en ti
y no en tu hija.
Existe una gran diferencia entre ser responsables y
culparnos. La responsabilidad es un acto de ejercicio del propio poder; en
cambio, la culpabilidad es una entrega del mismo en manos de alguien más. Observa.
El responsable dice: “Yo elegí hacerlo”, “yo elegí no hacer nada” o “Yo elegí
esperar a que…”; y el culpable argumenta: “Yo no quería hacerlo, me dejé
llevar, me vi forzado, no me di cuenta, me indujeron, no tuve fuerza de
voluntad, me faltaron medios, nadie me apoyó, todos lo hacen, así me educaron…”
La lista de dis-culpas puede ser infinita y todas van encaminadas a buscar
atenuantes, con el fin de no hacerse cargo de las propias decisiones y
renunciar a la responsabilidad.
La responsabilidad es la habilidad para responder a una
situación. Nos hace mirar las cosas como son, aceptarlas y dar la respuesta que
consideramos más adecuada a la circunstancia, a sabiendas de que traerá unas
consecuencias que deberemos sobrellevar. Y cuando dichas consecuencias se hacen
presentes, bregamos con ellas, las enfrentamos, reconocemos si la decisión fue
errónea y, de ser posible y adecuado, tomamos decisiones nuevas para atenuar o
corregir los males que la elección original ocasionó. Es decir, podemos
cambiar.
Con la culpabilidad, en cambio, odiamos sentirnos
responsables y causantes de las consecuencias que una decisión acarrea,
gastamos valiosas energías en encontrar quiénes carguen con la responsabilidad
y en camuflar los motivos que nos impulsaron a elegirla. Mientras permanecemos
en la culpabilidad, sufrimos de una sensación extremadamente desagradable que
nos impulsa a buscar compensación del error con diferentes formas de castigo,
como la falta de éxito, de salud física o mental o de relaciones armoniosas, de
ahí que la culpabilidad engendre impotencia, pues sentimos que lo hecho no está
ni nunca ha estado en nuestras manos y es imposible hacerle cambios.
Si deseas educar a tu hija a la responsabilidad, necesitas
actuar y hablar de manera que ella sepa que la decisión es suya, por lo tanto,
las consecuencias deberán ser afrontadas por ella y no por la familia ni nadie
más.
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