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lunes, 10 de septiembre de 2018

VIVIR CON LOS ABUELOS


Abuelos y nietos hacen la vida más bella unos a otros y a los demás miembros de la familia. Son mutuos regalos de alegría, amor e inspiración. Sin embargo, es desaconsejable enviar a un hijo a vivir con los abuelos.

“Crecí como huérfana, sin serlo”, relataba una señora que, de niña, fue entregada a su abuela para que le hiciera compañía. Ésta tenía varios hijos que no vivían con ella pero la menor, cuando iba, le decía a la niña que se fuera para su casa y a la abuela, que estaba haciéndole un daño a la chiquilla manteniéndola lejos de sus padres. La mujer consintió en que su nieta regresara a la casa paterna por un tiempo. Para su sorpresa, los hermanos se sintieron incómodos con la presencia de la hermana y también ellos le decían que se fuera para su casa. Por eso ella se quejaba años más tarde: “Crecí como huérfana, sin serlo”, porque ninguna de las dos casas la sentía indiscutiblemente suya.

Es frecuente que el hijo o hija que crecen conviviendo con los abuelos sean ahí objetos de mimos y atenciones, mientras sus hermanos deben competir entre sí por el cariño de los padres y vivir las experiencias normales de toda familia, con sus altibajos. Luego, cuando los abuelos mueren, el o la ausente debe reintegrarse a un grupo que ya posee mucho en común, como hábitos, recuerdos, pleitos, alianzas, etc. Llega sin conocer las reglas del juego y, además, con la prohibición de recordar los buenos momentos pasados fuera de casa. Nada de: “Mi abuelita me compraba juguetes” o “mi abuelita me besaba antes de que me durmiera”, porque se considera traición que esté comparando negativamente a esta familia con la otra, e incluso que guarde añoranza.

Son muchos los motivos por los que unos padres entregan a un hijo a sus propios padres, y no forzosamente por comodidad. En ocasiones uno de los miembros de la pareja detesta al suegro o suegra que está en edad avanzada y vive en soledad, no acepta recibirle en su casa ni éste quiere irse de “arrimado”, los caracteres de alguno no compaginan con los de otro, no hay espacio, la situación socioeconómica no permite contratar a alguien que lo acompañe, y tantas circunstancias posibles que sería muy largo describir. Entonces, la solución más amorosa que se les ocurre es enviar a uno de los hijos con los abuelos; pero esta carga es demasiado grande para el menor, aunque la lleve con gusto y, a veces, salga ganando con el trato que recibe. Algunas familias lo solucionan turnando a todos los hijos a pasar tiempos cortos con ellos de manera que ninguno se sienta excluido de casa.

¿Qué puede hacer quien se encontró en un caso similar y se siente víctima o victimario de una injusticia que ya pasó? Como en tantas otras situaciones humanas que no tienen solución, hay que ubicarse en el presente, asumir la realidad y sanar el propio interior. 

Ubicarse en el presente es mirar lo que es y no lo que debiera haber sido, porque cuando algo sucede equivale a fijar la infinita variedad de posibilidades en una foto. Es lo que hay. Cada experiencia que miramos con malos ojos es una carga y, mirada con amor, se convierte en bendición.  Así sucedió. Ese fue mi destino y mi colaboración al bienestar de la familia. Lo viví lo mejor que pude. Ahora saco ventaja de mi experiencia y la convierto en bendición”.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com


lunes, 23 de julio de 2012

DESTINOS QUE SE REPITEN


En todas las familias ocurren sucesos que las hacen estremecer. Por ejemplo, que uno de los padres muera cuando sus hijos son todavía pequeños. Los familiares sobrevivientes, que se ven sometidos a estados de angustia y dolor importantes, hacen todo cuanto está en su mano para sobrevivir y volver a la normalidad, pero durante un tiempo quedan incapacitados para darse entre sí el amor que necesitan, como lo necesitan. Su tarea más importante es mantenerse en la vida. No pueden distraerse con otra cosa, por urgente que sea. Más tarde, quizá sus hijos y nietos, que tal vez no recuerden lo sucedido, sólo se dan cuenta de que viven emociones que no tienen relación con la realidad que están viviendo: sienten desesperación aunque les vaya bien, ira injustificada, culpa irracional y cualesquiera otras. Y se preguntan: ¿Por qué no puedo disfrutar de mi bonanza, si tengo todo para ser feliz?, ¿Por qué estoy constantemente enojado sin motivo?, ¿de qué me siento culpable, si he tratado de obrar bien?

La respuestas pueden estar en las experiencias antiguas de nuestra familia, pues nos configuran aunque hayan ocurrido antes que naciéramos, porque nuestros padres nos dan no solamente lo que desean darnos, sino lo que son, su propia historia, de la misma manera que nosotros les damos a nuestros hijos lo que somos, es decir, nuestra historia. No es difícil entender que una abuela que experimentó el dolor profundo de ser huérfana estaba ensimismada, no pudo mirar a la hija tanto como ésta necesitaba y más bien buscó en ella a la madre que perdió; esta hija crece y a su vez tiene hijos, pero no puede mirarlos tanto como necesitan porque está ocupada siendo la madre de su madre; estos hijos se convierten en padres y de alguna manera buscarán repetir el destino de orfandad que recibieron sin pedirlo, tal vez negando la paternidad, desentendiéndose de ella, sufriendo incapacidad para amar a los hijos, viéndose obligados a vivir lejos de ellos, etc.; salvo que ocurra algo nuevo que restituya el orden y permita que la familia quede libre de este destino adverso que nadie desea perpetuar, pero que se ven empujados a reproducir.

La orfandad es sólo un ejemplo, puede haber una gran variedad de eventos que se repiten una y otra vez dentro de la misma familia, durante varias generaciones: abortos, muertes juveniles, accidentes, suicidios, migraciones, reveses económicos,  despojos de herencias, cárcel justificada o injustificada, fracaso continuo e inexplicable, segundos matrimonios, hijos perdidos y tantos más. Cada familia, si estudia su historia, puede descubrir qué hay de recurrente entre generaciones.

Esto que expongo proviene de la teoría de Constelaciones Familiares, técnica de reciente creación que es útil para hacer que ocurra algo nuevo dentro de un sistema familiar, de manera que sus miembros puedan liberarse de lo que llamamos “emociones adoptadas” y “destinos repetitivos”; es decir, de aquello que hemos tomado de nuestras familias por el simple hecho de pertenecer a ellas. El objetivo de Constelaciones Familiares, como en toda psicoterapia,  es  lograr que la vida de cada persona sea la expresión libre, creativa y armoniosa de su ser más profundo.