En estos días pasaron por aquí los peregrinos a San Juan. Cada año, miles de ellos caminan kilómetros para ir a visitar a la Virgen, vuelven cansados, algunos con ampollas en los pies, otros platicando del frío, de lo que debieron dejar en alguna parte porque ya no podían seguir cargándolo, o de la grata impresión que les causaba que gente les regalaba agua y alimentos. Dicen que es una gran experiencia. En España existe una costumbre similar, “el camino de Santiago”, que se considera una metáfora de lo que vive el alma que busca a Dios, cómo se olvida de todo: trabajo, familia, bienes materiales, y se entrega a su búsqueda, libre de ataduras, en una vivencia mística.
En México, yendo o no a San Juan, la fe tiene un lugar
preponderante. Desde antes que vinieran los españoles, los dioses acompañaban cada
paso, cada fecha, cada acontecimiento, en la vida de nuestros ancestros. Y para
nuestros otros ancestros, los españoles, la fe también era importante: ellos
sentían que la mortandad que ocasionaron en estas tierras valía la pena porque
iban a convertir a los indios al catolicismo. Estas dos maneras distintas de fe,
mezcladas a la manera como la herencia biológica hace que surjan unos u otros
rasgos en los descendientes, sin que éstos sean exactamente iguales a los
progenitores, están presentes en nosotros. Heredamos la fe y la religiosidad.
Necesitamos sabernos conectados con Algo más Grande y que nuestras vidas obedecen
a un proyecto superior al entendimiento. En grupos o a solas, cuando nadie nos
ve, en el corazón, hablamos… ¿con quién?
Muchos se dirigen a su mamá o papá muertos, les piden
ayuda y protección. Otros a santos, a la Virgen, a Jesucristo o a Dios Padre. Algunos
veneran a la Santa Muerte. Están los que se reúnen en sesiones espiritistas
para contactar con el más allá y hablar con algún ser querido, como hacía
nuestro héroe Madero y algunos de sus contemporáneos. Hay quienes no tienen una
figura definida de a Quién se dirigen sus pensamientos y sentimientos,
posiblemente ni siquiera se atrevan a llamar a esto plegaria u oración, pero se
saben conectados con el misterio. Y también están los que tienen presente a Ése
más Grande para reclamarle o insultarlo: “Por qué te llevaste a mi padre, a mi
hijo…?”, ¿no te da nada de ver tanta pobreza y dolor en la tierra? Pero ahí
está, en sus vidas, Alguien a quién dirigirse.
No siempre es fácil comprender nuestra religiosidad,
inclusive para nosotros mismos. Quisiéramos que los demás se dirigieran a ese
Poder Superior como nosotros lo hacemos, nos parece que la manera de ellos no
es la correcta. Yo me he preguntado: ¿escucha Él mejor nuestras conversaciones si
son en español, en inglés o en Náhuatl? ¿Entiende todos los idiomas? ¿Tiene
preferencia por alguno? ¿Y si nuestra comunicación es con hechos, como el de ir
a pie hasta San Juan o encender veladoras en casa, también la recibe? ¿En
verdad existen tantos dioses como imágenes de Él están en nuestras mentes?
La religiosidad heredada de nuestros ancestros ocupa un
lugar importante y fundamental en la cotidianidad de la mayoría de los
mexicanos; entre nosotros hay pocos auténticos ateos que crean que una vez
terminada nuestra vida mortal, desaparecemos y no existimos más. Nuestras
historias de aparecidos y muertos que no descansan hablan del anhelo de que la existencia
se prolongue más allá del último suspiro, en ellas subyace la creencia de que después
de la muerte hay destinos distintos para las almas que ya no tienen cuerpo. No
siempre es algo que hayamos cultivado; al parecer nuestra religiosidad tiene
siglos de anidar en las mentes y corazones de nosotros. Tal vez a esto se
refieran los que dicen que la fe es un regalo, un don que nos es dado y que no
podemos adquirir por nosotros mismos. Muchos hemos recibido este obsequio.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
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