Según la ilusión e inocencia de los niños, cuando los Reyes
Magos se vienen acercando se les puede ver en el cinturón de Orión, montados
sobre las estrellas Alnilam, Alnitak y Mintaka. Desde hace décadas, ¡qué digo,
centurias!, en la Noche de Reyes, los pequeños en turno han mirado al cielo con
la esperanza de un regalo celestial que la imaginación agrandaba hasta que la alegría era insoportable; no
podían esperar más, sólo durmiendo pasaría el tiempo velozmente, pero la
excitación no ayudaba a que los ojos aceptaran cerrarse mientras los Magos apresuraban
la marcha a fin de llegar a tiempo. ¡Inocencia e ilusión, fuentes de alegrías
profundas!
¿En todas las edades? En todas. También los enamorados poseen
inocencia e ilusión suficientes para soportar el adorado tormento de estar al
acecho de la mirada, el beso o la entrega del amado o la amada. Y sin
inocencia, o sin ilusión, es imposible vivir tanta dicha.
Y esa dicha ¿es verdadera, o falsa? Es tan verdadera que cada
uno de nosotros podemos atestiguarla: nos estremecía, hubiéramos querido hacer
lo que el Josué bíblico pero al revés: no detener al sol, sino empujarlo para
que caminara más aprisa. Lo vivido, vivido está y aquellas alegrías no perecen,
son experiencias; “lo comido y lo bailado nadie nos lo quita”. Pero después la
mencionada dicha “demostró” ser falsa: el regalo no fue el esperado, o el amado
resultó distinto del que teníamos en mente, porque la realidad jamás podrá
competir con la imaginación. Quienes
tomaron el juguete o el amado con reverencia y ¡otra vez, imaginación! hicieron
que uno pasara a transformarse de humilde carrito en cohete o ambulancia y el
otro, el amado, en el ser más cotidiano y entrañable, y quienes no tuvieron
reverencia ni imaginación, el choque con la realidad se convirtió en desencanto,
quizá amargura. La primera dicha no era falsa, fue la segunda la que no llegó a
concretarse.
¿Es bueno o malo tener inocencia e ilusión? Ni bueno ni malo,
sólo bonito o feo. Niños o grandes que tienen capacidad para alegrarse con ellas, a
sabiendas de que sólo están en la imaginación, sonríen; en cambio, los que
exigen que sus pensamientos sean reales, concretos y comprobables, rara vez lo
hacen. Y aquí la paradoja: por aquello de la subjetividad, de que cada cabeza
es un mundo, nadie puede estar seguro de que tal exigencia no es también
ilusión; es decir, un producto de la mente; ni siquiera los ultra objetivos científicos
están capacitados para hacer una descripción exacta de la realidad, de ahí que
las afirmaciones de la ciencia se modifiquen con los años y los
descubrimientos. Entonces, no cabe la pregunta acerca de si es bueno o malo
vivir de ilusiones, puesto que nos está vedado desprendernos totalmente de
ellas. Más bien tendríamos qué preguntarnos: ¿cómo son las ilusiones que alimento?, ¿me hacen sentir bien
y contento, o que me desgarran y llevan a sentir absurda la existencia? Porque
hay de ilusiones a ilusiones, algunas nos inyectan entusiasmo, y otras, veneno.
Hagamos votos para que en este 2014, todos engendremos ilusiones de las que
hacen sonreír y tener alegría.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
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