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lunes, 1 de septiembre de 2014

HONRAR A LOS HOMBRES


Es frecuente que el hijo o la hija tengan relaciones conflictivas con su madre, y peores aún con su padre. Dentro de nuestra cultura, honrar al padre es más bien la excepción que la regla. Si a un hijo de cualquier edad, que durante su vida ha ido acumulando resentimientos y sensaciones de haber sido tratado injustamente por su progenitor, se le dice: “Debes honrarlo”, es como estar hablándole en chino, probablemente conteste: “¿Después de todo lo que ha hecho?, ¿siendo él como es, un egoísta, irresponsable, etc., etc., etc.?”.

Todo cuanto vivimos influye en nuestros pensamientos y sentimientos. También lo que vivieron nuestros padres, y los padres de ellos, y los padres de ellos, y… Realmente se nos dificulta honrar acciones y maneras de ser que nos han dolido, o les han dolido a ellos. Estamos tan involucrados en los acontecimientos de la familia, que nos es casi imposible distinguir nuestros sentimientos de los de nuestros padres, y nuestra responsabilidad de la suya. En una familia donde los varones han sido abusivos o irrespetuosos, los hijos e hijas y nietos y nietas estarán predispuestos a despreciar lo masculino y esperar lo peor de todos los hombres, aunque ellos mismos lo sean, y los escuchamos decir: “Los hombres somos %&$#& (significa cosas malas)”. Y a ellas: “Los hombres son  %&$#&”. ¿Tienen la culpa de pensar y sentir así? No, sólo se han solidarizado con el pensar y el sentir familiar, por amor a la familia, por “ponerse la camiseta y pertenecer”, ¡pero cuánta desdicha les puede ocasionar!  

Estos hijos e hijas y nietos y nietas, más tarde, cuando mayores, se comportarán con sus hijos de modo similar, salvo que en el intermedio suceda algo que los libere de sus “programaciones” familiares. Y no es suficiente que el hijo diga: “¡Juro que yo no seré igual!”; a los cuarenta o cincuenta y más años solemos descubrir que, en mucho, sin saber cómo ni por qué, estamos repitiendo el guión de nuestros padres o abuelos, en masculino o en femenino.  

Una verdadera liberación no ocurre en la cabeza, sino en el corazón, es decir, en el terreno de lo irracional, que casi siempre nos deja perplejos. Para que suceda, según se ve en Constelaciones Familiares, tenemos que ser capaces de llegar hasta el punto previo a donde se perdió el amor, cuando éramos capaces de decir  “yo soy tu hijo” o “yo soy tu hija” sin que nos doliera, y de lo ocurrido después, separar nuestra responsabilidad de la de nuestro padre, nuestros sentimientos de los él y de los de mamá, nuestra vida de la de ellos, y con ese amor original que todo hijo tiene por su padre, devolverle lo que es suyo: el mérito o la culpa, la vergüenza y la responsabilidad. Así quedamos libres de aquello que no es nuestro y que tomamos por solidaridad. A veces se utiliza una frase como ésta: “Querido papá, te honro como padre y como hombre, y en ti honro a todos los hombres”. Si se trata de un hijo varón, puede añadir “incluyéndome a mí”, puesto que también es hombre.

En una Constelación Familiar, el representante de un padre que se fue, o de un marido del que no se sabe más nada, suele quedar en el lugar que debió haber ocupado. ¿Significa esto que el consultante debe localizar al padre o al marido ausentes y traerlos a casa? No. Significa que  toma en su corazón las cosas tal como sucedieron, sin negar nada, tampoco el dolor de la pérdida, y con ello, vuelve a sintonizar con el amor; puede amarse a sí mismo con todo y haber vivido determinadas experiencias. Ya no necesitará pensar que debe ser  %&$#& por ser hombre, y si es mujer, ya no necesitará buscar a hombres que sean  %&$#& a los cuales despreciar, hacer que se vayan y luego llorarlos. ¿Suena fácil? No lo es, pero cuando se da, funciona.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , al teléfono 7 63 02 77 o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.

 

 

 

 

martes, 26 de agosto de 2014

NO ES CULPA MÍA


Hay ocasiones en que la expresión “no es culpa mía” es irresponsabilidad, y otras, la única manera de salir de un embrollo insoluble. Importa saber discernir unas de otras.

Todos tomamos las decisiones que en su momento parecen acertadas, optando por “lo mejor” o “lo menos peor”; pero a veces estamos desprevenidos o nos fallan los cálculos y, posteriormente, vemos que cometimos un error por el que nosotros o alguien más debe sufrir. ¡Cuánto nos duele equivocarnos! Para evitar que nos duela, con frecuencia decimos “no es mi culpa”, aunque lo sea; buscamos dis-culpas. Podemos encontrar alguna muy persuasiva, que deje a todos convencidos de nuestra inocencia, pero el alma sabe la verdad: somos culpables de haber actuado de un modo distinto al que nos inculcaron. Tenemos dos opciones: 1) Decir o pensar: “Sí, lo hice, soy responsable y asumo las consecuencias”, o 2) “No es culpa mía, este dolor no es mío, las consecuencias no son mías, me quieren culpar injustamente, soy víctima”. En este caso, la “victimez” abre las puertas a toda clase de malestares, porque las consecuencias han de venir, nos gusten o no, y gastaremos nuestra energía en negar lo que es.

Las situaciones en que la expresión “no es mi culpa” es verdadera y sanadora, se refieren al destino.  Un ejemplo extremo: imaginemos a una mujer cuya abuela murió en el parto de una niña, que sobrevivió. Por supuesto que nadie quería matar a esta abuela, solamente sucedió, pero la familia se ve sometida a dolor y tensión terribles y tal es el medio en que la criatura debe crecer, necesitada de que alguien se haga cargo de ella y la consuele. Sería muy sanador si la pequeña pudiera decirse a sí misma: “Esto no es culpa mía”. En fin, creció, se casó y tuvo a su hija, la mujer que habíamos imaginado al principio, a la que la madre, sin querer ni darse cuenta, hace partícipe de su dolor, desolación y desconocimiento de cómo es una buena madre, puesto que no lo experimentó en sí misma. También para la nieta sería muy sanador que pudiera decir: “Esto no es culpa mía, este dolor pertenece a mis abuelos y a mi madre”. Del destino nunca tenemos la culpa, sin embargo, seguimos siendo responsables de todo cuanto nuestra mente y nuestro cuerpo hagan, en el sentido de que vivimos consecuencias de felicidad o infelicidad.

Esto pertenece a la práctica de Constelaciones Familiares, por eso digo que en ellas podemos modificar actitudes. Si la nieta logra no solo comprender, sino sentir el dolor que ella está llevando y que no le pertenece, y a través de representantes lo devuelve a los dueños, los abuelos y la madre, con todo el amor que es capaz, puede experimentarse libre de un trauma que sucedió mucho antes que ella naciera.

A propósito de Constelaciones Familiares, nuestra sesión gratuita del viernes pasado estuvo muy bien, con lleno completo. Lo único que sentí fue que personas se quedaron afuera, porque solamente las que habían llamado y reservado pudieron entrar. Para reparar un poco esta contrariedad involuntaria, este viernes 29 haremos otra sesión abierta, sin costo, de entrada libre, a condición de que antes llamen al 763 02 77 y reserven su lugar. Y a quienes vinieron y me manifestaron tanto amor, muchas gracias, sus palabras todavía nutren mi alma.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.