Generalmente, uno lo sabe. ¿Cómo? Se experimenta
angustiado, fuera de sí, tal vez perdido, atorado, irritable, desanimado… Dice:
“No sé lo que me pasa, yo no era así”, o al revés: “Desde pequeño me pasaba,
quería hacer algo y yo mismo lo estropeaba, pero ya no quiero”. A veces, los
demás nos lo dicen: “Deberías pedir ayuda, habla con alguien, busca algo, no
puedes continuar así…”
Aun sabiéndolo, puede
suceder que alguna creencia se oponga a que pidamos ayuda. Quizá pensamos:
“Debo ser capaz de resolver cualquier problema yo solo y sin preguntar.
O: “Nadie puede enseñarme nada”, “los terapeutas tienen los mismos o más
grandes problemas que yo, ¿en qué me puede beneficiar acudir a ellos?”, “Ir a
consulta sería como reconocer que estoy mal”.
Siempre alguien puede enseñarnos algo, si estamos
disponibles para aprender, y tener problemas no es equivalente a estar mal; sólo
significa que nos encontramos ante uno de los múltiples retos que la vida
presenta. Los terapeutas no están exentos de lo que es propio del ser humano;
pero poseen herramientas que desconocen los amigos, compañeros o el hombre que
atiende el bar, además de ser personas que, luego de darnos un servicio,
desaparecerán de nuestra vida; no necesitamos cuidar la relación con ellos. Y no es cierto que podemos hacerlo todo
solos, sino lo contrario; siempre recibimos ayuda, también de gente que no
conocemos: el campesino, el comerciante, el taxista… ¿por qué no recibirla si
se trata de la salud mental?
Sabemos que los humanos actuamos siempre de la mejor
manera que nos es posible, en el momento. Si los resultados no son los que
esperábamos, es oportunidad de probar métodos nuevos. No importa lo terrible
que sea un problema, las personas podemos asumir nuevas maneras de enfrentarnos
a él. Pero necesitamos creerlo, confiar en nosotros, en nuestras capacidades
que ya están ahí, en nuestro interior, hoy. Si asistimos a psicoterapia, el
terapeuta no podrá darnos algo que no teníamos, pero nos ayudará a que pongamos
la mirada en esos recursos que necesitamos y son nuestros; echaremos mano de
ellos y nos atreveremos a asimilarlos como parte de la riqueza natural que
poseemos.
Cuando nos sentimos atorados, tal vez abrumados por algún
suceso, solemos generar un estado de ánimo y de pensamiento que nos lleva a
sentirnos mal. Esto es el problema. Si no lo remediáramos, podría convertirse
en el inicio de una escalada descendente, como hemos observado en personas
desdichadas: se enredan sobre sí mismas de tal manera que arruinan no sólo su
trabajo y relaciones, también la propia salud. Al verlas, nos preguntamos: “¿Qué
le pasó, porqué ha cambiado tanto para mal?”. No detuvieron la corriente de
pensamientos que les jalaba al abismo.
Hay otras razones por las cuales personas acuden a
terapia: desean crecer, fluir mejor. A veces no toman una terapia convencional,
sino que asisten a cursos, seminarios, talleres, diplomados… Son muy útiles. Lo
importante es vivir a toda nuestra capacidad y disfrutándolo, incluso cuando se
presentan problemas: podemos reconocernos el mérito de haberlos enfrentado y
superado. Si una terapia ayuda a lograr lo anterior, es una buena inversión de
tiempo, esfuerzo y dinero que, además, nos ahorra posibles complicaciones
futuras de conflictos mentales y enfermedades físicas.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Psic-Ma-Dolores-Hernandez-Gonzalez
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