lunes, 3 de octubre de 2016

CUANDO LA DIGNIDAD ACALLA AL AMOR



Mis padres se separaron desde hace nueve años (no se han divorciado) y mi papá tiene otra pareja que no es mi mamá. Como yo voy a casarme, invité a mis padres a la boda. He puesto mucho de mi parte para llevar buena relación con mi papá y él me dijo que iría con gusto, siempre y cuando yo acepte que vaya acompañado por su nueva pareja y si no, no. Mi mamá dice que quiere asistir, pero si esa mujer va  prefiere no hacerlo, por dignidad. Ahora no sé si debo retirarle la invitación a mi papá, no me gustaría, yo qué culpa tengo, sería una injusticia para conmigo.  ¿Qué debería hacer?
OPINIÓN
Siempre llega el turno de casarse a los hijos de las parejas que se separaron o divorciaron. Los niños o adolescentes de entonces, que se vieron envueltos en un violento choque de opiniones, ahora llegan a su propia boda cargando todavía pesadas cruces que no son suyas. Las incompatibilidades, problemas y disgustos de pareja corresponden a los progenitores, no a los ahora jóvenes que planean contraer matrimonio. Sin embargo éstos, por amor a sus queridos padres y para no herirlos en sus sentimientos, toman sobre sí los conflictos y los sufren.
Tú has puesto de tu parte para llevar una buena relación con ambos de tus padres y te importa que los dos asistan a tu boda. Te dolería que no estuvieran presentes, porque los amas. A los dos. ¿Es así? ¿Es ésta tu verdad? ¿Sería difícil para ti decirles esta verdad, a cada uno, aparte? Ellos la saben, pero es bonito escucharla de nuevo de tus labios.
“Papa, mamá, yo te quiero. Te he querido a través de nuestras grandes dificultades. No he permitido que nuestra relación se marchite porque me importa, y mucho. Necesito que vayas a mi boda porque soy tu hijo. Que por esta vez me pongas por encima de todas las cosas y de tus sentimientos y estés presente en este acontecimiento tan importante para mí”.
Lo anterior podrás decirlo con plena sinceridad si en verdad estás libre de los problemas que ellos hayan tenido, así como de los pensamientos y creencias que son de ellos. Por ejemplo, libre de la territorialidad que imaginan poseen sobre ti. O sobre lugares. ¿Tu boda se festejará en un sitio que es propiedad de tu papá, o de tu mamá? Porque si así fuera, el dueño o dueña podría reclamar el derecho que tiene de no permitir la entrada a su territorio a alguien que no es de su agrado. Y en tu pensamiento tú, tu persona, ¿eres propiedad de uno más que del otro? La verdad es que no eres propiedad ni territorio de nadie, de ninguno de los dos, sino que eres una vida nueva que ellos engendraron. Tu vida es tuya, con sus decisiones, méritos y dificultades. Y las vidas de ellos son suyas, con sus decisiones, méritos y dificultades.
Si en tu corazón sintieras la necesidad de emitir un juicio acerca de cuál de los dos se equivocó más o cuál tiene la razón, estarás atrapado en el conflicto y te será imposible deslindarte lo suficiente como para pedirles que reconozcan la independencia de tu relación con cada uno de ellos. También, vivirías con miedo de que en tu propia pareja se repita lo que vivieron tus padres. En cambio, si te das permiso de reconocer que, aunque te engendraron y los amas, eres una persona distinta, con un destino distinto, no condenada a reincidir en los mismos dolores, sino que vas a tener los tuyos propios, así como tus propias alegrías, si te percibes libre de esta manera, podrás reclamar para ti tu vida y tu responsabilidad, lo cual te hace capaz de transitar senderos nuevos. No estarías reclamando para ti más que lo que es tuyo.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , al teléfono 7 63 02 51 o en facebook.com/Psic-Ma-Dolores-Hernandez-Gonzalez

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