Mis padres se separaron desde hace nueve años (no se han
divorciado) y mi papá tiene otra pareja que no es mi mamá. Como yo voy a
casarme, invité a mis padres a la boda. He puesto mucho de mi parte para llevar
buena relación con mi papá y él me dijo que iría con gusto, siempre y cuando yo
acepte que vaya acompañado por su nueva pareja y si no, no. Mi mamá dice que
quiere asistir, pero si esa mujer va
prefiere no hacerlo, por dignidad. Ahora no sé si debo retirarle la
invitación a mi papá, no me gustaría, yo qué culpa tengo, sería una injusticia
para conmigo. ¿Qué debería hacer?
OPINIÓN
Siempre llega el turno de casarse a los hijos de las
parejas que se separaron o divorciaron. Los niños o adolescentes de entonces,
que se vieron envueltos en un violento choque de opiniones, ahora llegan a su
propia boda cargando todavía pesadas cruces que no son suyas. Las incompatibilidades,
problemas y disgustos de pareja corresponden a los progenitores, no a los ahora
jóvenes que planean contraer matrimonio. Sin embargo éstos, por amor a sus
queridos padres y para no herirlos en sus sentimientos, toman sobre sí los
conflictos y los sufren.
Tú has puesto de tu parte para llevar una buena relación
con ambos de tus padres y te importa que los dos asistan a tu boda. Te dolería
que no estuvieran presentes, porque los amas. A los dos. ¿Es así? ¿Es ésta tu verdad?
¿Sería difícil para ti decirles esta verdad, a cada uno, aparte? Ellos la saben,
pero es bonito escucharla de nuevo de tus labios.
“Papa, mamá, yo te quiero. Te he querido a través de
nuestras grandes dificultades. No he permitido que nuestra relación se marchite
porque me importa, y mucho. Necesito que vayas a mi boda porque soy tu hijo.
Que por esta vez me pongas por encima de todas las cosas y de tus sentimientos
y estés presente en este acontecimiento tan importante para mí”.
Lo anterior podrás decirlo con plena sinceridad si en
verdad estás libre de los problemas que ellos hayan tenido, así como de los
pensamientos y creencias que son de ellos. Por ejemplo, libre de la
territorialidad que imaginan poseen sobre ti. O sobre lugares. ¿Tu boda se
festejará en un sitio que es propiedad de tu papá, o de tu mamá? Porque si así
fuera, el dueño o dueña podría reclamar el derecho que tiene de no permitir la
entrada a su territorio a alguien que no es de su agrado. Y en tu pensamiento tú,
tu persona, ¿eres propiedad de uno más que del otro? La verdad es que no eres
propiedad ni territorio de nadie, de ninguno de los dos, sino que eres una vida
nueva que ellos engendraron. Tu vida es tuya, con sus decisiones, méritos y
dificultades. Y las vidas de ellos son suyas, con sus decisiones, méritos y
dificultades.
Si en tu corazón sintieras la necesidad de emitir un
juicio acerca de cuál de los dos se equivocó más o cuál tiene la razón, estarás
atrapado en el conflicto y te será imposible deslindarte lo suficiente como
para pedirles que reconozcan la independencia de tu relación con cada uno de
ellos. También, vivirías con miedo de que en tu propia pareja se repita lo que
vivieron tus padres. En cambio, si te das permiso de reconocer que, aunque te
engendraron y los amas, eres una persona distinta, con un destino distinto, no
condenada a reincidir en los mismos dolores, sino que vas a tener los tuyos
propios, así como tus propias alegrías, si te percibes libre de esta manera,
podrás reclamar para ti tu vida y tu responsabilidad, lo cual te hace capaz de
transitar senderos nuevos. No estarías reclamando para ti más que lo que es
tuyo.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
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