Mostrando entradas con la etiqueta casarse. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta casarse. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de abril de 2018

MIS HIJOS NO QUIEREN CASARSE


Mis hijos ninguno son “nini” (que ni trabajan ni estudian) pero no se han casado y el más chico tiene 27 años. A veces digo que yo ya quiero que vuelen y hagan su vida, y mi esposo dice que si lo hacen voy a llorar y extrañarlos. Tiene razón, pero yo quisiera vivir la experiencia de ser abuela. A veces salimos a comer en familia y pienso: “Vamos los tres grandotes adelante y los viejillos atrás, como cuando eran niños”. Algo no va bien, no sé qué.
OPINIÓN
Hay hijos que tarde se les hace salir de casa, huyendo, casándose o como sea. Los tuyos están muy a gusto y no quieren irse. Cualquiera diría que es una situación ideal, pero tú sientes que algo no va bien.
Para comenzar, pueden felicitarse tú y tu esposo por haber logrado que su casa haya sido un hogar para todos sus miembros. Esa es la parte positiva. La otra, que los hijos por algún motivo estén postergando la toma de obligaciones, satisfacción y problemas de la edad adulta, merece ser mirado con detenimiento.
El caso de tus hijos no es raro, se está dando cada vez con mayor frecuencia que los jóvenes no quieran casarse, y los ya casados se divorcien. En internet leí un dato que no sé qué tan confiable sea: muchos jóvenes japoneses no incluyen en sus planes tener pareja, ni siquiera ocasional, y prefieren dedicarse al trabajo y la profesión. Parece una moda o un movimiento social que entre nosotros aún no llega a ese extremo.
Bert Hellinger, fundador de Constelaciones Familiares, dice que cualquiera puede encontrar pareja, pero lo distingue a “encontrar a un hombre o una mujer que se quede conmigo”, y agrega que a veces este asunto se relaciona con la historia familiar antigua.
Cristina LLaguno, en su libro “Constelar para sanar”, describe el caso de una mujer joven que no podía conservar a sus parejas. En la constelación se vio que la bisabuela murió de parto. La abuela tuvo a su primera hija a los 15 años, todavía sin recursos suficientes para dar a su hija lo que ella no pudo recibir de la suya, luego fue madre de esta mujer joven. Entre ellas no había una relación dramática, pero tampoco cercana. Hechos como estos no suelen salir en una psicoterapia tradicional; en cambio, en Constelaciones, el consultante vive el dolor de las mujeres de su familia, así como la imposibilidad que tuvieron para transmitir a sus hijas el permiso de tener relaciones satisfactorias con un hombre, y obtiene para sí el permiso de vivir de otra manera, dejando de repetir destinos de los que no tiene la culpa.
El ejemplo que estoy poniendo no necesariamente se vincula con lo de tu familia. Es imposible detectar qué es lo que pasa con tus hijos, habría que mirarlo. Mi recomendación es que hagas una Constelación Familiar para ti.
Como madre, desempeñas un papel fundamental dentro de la familia. La comprensión que  logres de las dinámicas internas los beneficiará a todos, a ti y a los demás, porque tu posición clave y estratégica te permite reparar vías, soltar nudos y confirmar permisos para que la vida fluya con toda libertad.
Hacer una Constelación de ninguna manera quiere decir que podemos torcer un destino u obligar a personas a que hagan lo que no quieren hacer. No. El constelador acompaña al consultante para que éste mire por sí mismo qué sucede dentro de su grupo familiar, honre lo que debe ser honrado, incluya lo que debe ser incluido y devuelva a cada dueño lo que le pertenece, de manera que queden libres de cargas que no son suyas y puedan tomar la vida tal como viene.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , al teléfono 7 63 02 51 o en facebook.com/Psic-Ma-Dolores-Hernandez-Gonzalez





lunes, 3 de octubre de 2016

CUANDO LA DIGNIDAD ACALLA AL AMOR



Mis padres se separaron desde hace nueve años (no se han divorciado) y mi papá tiene otra pareja que no es mi mamá. Como yo voy a casarme, invité a mis padres a la boda. He puesto mucho de mi parte para llevar buena relación con mi papá y él me dijo que iría con gusto, siempre y cuando yo acepte que vaya acompañado por su nueva pareja y si no, no. Mi mamá dice que quiere asistir, pero si esa mujer va  prefiere no hacerlo, por dignidad. Ahora no sé si debo retirarle la invitación a mi papá, no me gustaría, yo qué culpa tengo, sería una injusticia para conmigo.  ¿Qué debería hacer?
OPINIÓN
Siempre llega el turno de casarse a los hijos de las parejas que se separaron o divorciaron. Los niños o adolescentes de entonces, que se vieron envueltos en un violento choque de opiniones, ahora llegan a su propia boda cargando todavía pesadas cruces que no son suyas. Las incompatibilidades, problemas y disgustos de pareja corresponden a los progenitores, no a los ahora jóvenes que planean contraer matrimonio. Sin embargo éstos, por amor a sus queridos padres y para no herirlos en sus sentimientos, toman sobre sí los conflictos y los sufren.
Tú has puesto de tu parte para llevar una buena relación con ambos de tus padres y te importa que los dos asistan a tu boda. Te dolería que no estuvieran presentes, porque los amas. A los dos. ¿Es así? ¿Es ésta tu verdad? ¿Sería difícil para ti decirles esta verdad, a cada uno, aparte? Ellos la saben, pero es bonito escucharla de nuevo de tus labios.
“Papa, mamá, yo te quiero. Te he querido a través de nuestras grandes dificultades. No he permitido que nuestra relación se marchite porque me importa, y mucho. Necesito que vayas a mi boda porque soy tu hijo. Que por esta vez me pongas por encima de todas las cosas y de tus sentimientos y estés presente en este acontecimiento tan importante para mí”.
Lo anterior podrás decirlo con plena sinceridad si en verdad estás libre de los problemas que ellos hayan tenido, así como de los pensamientos y creencias que son de ellos. Por ejemplo, libre de la territorialidad que imaginan poseen sobre ti. O sobre lugares. ¿Tu boda se festejará en un sitio que es propiedad de tu papá, o de tu mamá? Porque si así fuera, el dueño o dueña podría reclamar el derecho que tiene de no permitir la entrada a su territorio a alguien que no es de su agrado. Y en tu pensamiento tú, tu persona, ¿eres propiedad de uno más que del otro? La verdad es que no eres propiedad ni territorio de nadie, de ninguno de los dos, sino que eres una vida nueva que ellos engendraron. Tu vida es tuya, con sus decisiones, méritos y dificultades. Y las vidas de ellos son suyas, con sus decisiones, méritos y dificultades.
Si en tu corazón sintieras la necesidad de emitir un juicio acerca de cuál de los dos se equivocó más o cuál tiene la razón, estarás atrapado en el conflicto y te será imposible deslindarte lo suficiente como para pedirles que reconozcan la independencia de tu relación con cada uno de ellos. También, vivirías con miedo de que en tu propia pareja se repita lo que vivieron tus padres. En cambio, si te das permiso de reconocer que, aunque te engendraron y los amas, eres una persona distinta, con un destino distinto, no condenada a reincidir en los mismos dolores, sino que vas a tener los tuyos propios, así como tus propias alegrías, si te percibes libre de esta manera, podrás reclamar para ti tu vida y tu responsabilidad, lo cual te hace capaz de transitar senderos nuevos. No estarías reclamando para ti más que lo que es tuyo.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , al teléfono 7 63 02 51 o en facebook.com/Psic-Ma-Dolores-Hernandez-Gonzalez

lunes, 28 de octubre de 2013

CONTRATOS DE HONOR


Tengo 40 años y dos hijos de 6 y 2. En mi juventud amé a un hombre que resultó ser un maltratador, del que salí huyendo. Re hice mi vida y me casé con un hombre muy bueno, pero nada más casarnos caí en una depresión que me llevó a las puertas del suicidio. Logré salir con gran esfuerzo y ayuda profesional. Tuve a mis dos hijos. Pero no era feliz. Había en mí como una pesadumbre que me impedía disfrutar de la vida. Amo a mis hijos, no hay nada que me haga tan feliz como estar con ellos, el padre de mis hijos es la mejor elección que he podido hacer como padre de mis hijos, pero como pareja echo de menos un poco de pasión. No se enfada nunca... parece que tiene la piel de elefante... Estamos juntos por los niños.

Hace dos años me enamoré otra vez – con la misma intensidad que en mi juventud-  y viví un romance con un hombre también casado, algo muy hermoso e íntimo, conocí el amor, la ternura, la intimidad, y él también. No le estaba robando nada a mi marido, con él jamás hubiera sido posible ese tipo de intimidad. Todo terminó cuando la mujer de mi amante lo descubrió. El padre de mis hijos no se enteró de nada. Está como dormido. Nuestra relación está como dormida. Pero es suave, como una siesta, y es de agradecer en según qué circunstancias. Sí pasamos una crisis cuando mi amante rompió conmigo, pues yo estaba triste y como ausente, creo que él intuyó algo y me dijo que de ese hombre no quería hablar, solo quería mirar hacia el futuro. 

 

OPINIÓN

 

Te has enamorado dos veces: de un maltratador incapacitado para amarte, y de un casado e incapacitado de otra manera para responder a tus expectativas. No dices amar al padre de tus hijos, sino que al casarte tuviste una depresión que por poco te llevaba al suicidio. Te recuperaste, dices, y en el trabajo conociste a tu segundo amor, con quien viviste algo muy íntimo y te sentiste viva. Pero el romance tenía obstáculos: él era casado y tú también. Puedo imaginar el dolor y la frustración que viviste y estás viviendo. Nada agradable. El dolor y la frustración son mensajes del alma, dicen que algo no armoniza con su contexto y que no has podido lograr lo que ambicionas.

 Aseguras que no le robabas nada a tu marido, sin embargo no puedes omitir el ver que, mientras sigas casada, tu palabra está empeñada. Casarse es firmar un contrato de honor, pues solo la propia palabra lo respalda. Los contratos de honor no se rompen; se renegocian, o destrozan a quien los repudia. ¿Es  importante es para ti poder confiar en la palabra de otro? ¿Y en la tuya? Se trata de tener fe, no en religiones, sino en el sentido de la vida.

 Cabe preguntarse si tu matrimonio era un contrato de honor, o de mentira (si los firmantes no tenían propósito de cumplirlo). Un contrato de mentira enferma a quienes los firman, porque todos queremos ser honorables y tenemos un juez interior muy severo. ¿Cuál fue tu intención al casarte?, ¿y la de tu esposo? ¿Buscaban responsabilidad, congruencia, sinceridad y amor? ¿Se comprometían desde el alma a vivir como esposos? ¿O cubrían alguna apariencia para ser considerados honorables desde afuera, por un público espectador? ¿Solamente querían tener hijos? ¿Casarse los salvaba de algo? ¿Lo relacionas con tu depresión?

A veces nos metemos en situaciones de mentira sin percibirlo del todo, tenemos miedo y el miedo nos lleva a aceptar lo que en otras circunstancias rechazaríamos. Pero el alma no acepta la mentira y lucha sin descanso para “desenredar los enredos”. No le importa si con estallidos o  desengaños, ella empuja a las personas a que vean las cosas como son; cualquier experiencia le es útil para lograr que alguien crezca más grande que el obstáculo y obtenga claridad. A ti te está enfrentando con la necesidad de definir lo que hiciste y lo que haces. Lo que sea que mires, te va a doler.

 Lo que hiciste: ¿Tu matrimonio fue contrato de honor, o si hubieran sido sinceros, deberían haber firmado dos contratos, uno por lo sexual (cada cual por su lado), y otro por la convivencia diaria y el apoyo a los hijos? ¿Esto último sí era auténtico y conserva su valor? ¿O tampoco? Van a tener necesidad de saberlo.

 Supongamos que sí era de honor y te esforzaste por cumplirlo, pero no pudiste y tampoco te animaste a decir tu verdad: “No puedo”. Probaste con alguien más. ¿Aprendiste lo que te hacía falta, o sólo deseas poder decir: “No es mía la culpa, aquí está la prueba, yo sí soy capaz y mi pareja no”? La motivación de sentirnos sin culpa es la ruta más corta para ser irresponsables;  en cambio, “desenredar un enredo” y mirar la verdad, trae salud. Estoy sugiriendo que hay maneras diversas de contemplar y capitalizar un mismo acontecimiento, ya ocurrido.

 Es un hecho que se instalaron mentiras entre tú y tu esposo y éstas han provocado una revolución que exige orden; o se les da un acomodo que merezca la palabra FIN, o continuará el drama y tal vez la tragedia.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , al teléfono 7 63 02 51 o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.

 

 

 

 

lunes, 1 de abril de 2013

PASCUA


Pedí prestada esta palabra “pascua" para darle nombre a Clínica Pascua, que está celebrando su onomástico. Felicidades. Pascua es dar un paso, caminar, dejar atrás lo que ya pasó y seguir adelante, de lo antiguo a lo nuevo, de menos a más vida.

En ocasiones creemos que tenemos derecho a negarnos  a dar un paso que nos toca dar. Esto es falso; con o sin nuestro consentimiento hemos de avanzar de una edad a otra, de unas costumbres a otras, de unas creencias a otras. Negándonos a dar el paso, solamente nos privamos de la plenitud que otorga el entregarse con amor a vivir el momento e igual, caminamos, porque la corriente de la vida nos lleva, pero lo hacemos sin acompañar los cambios con el corazón, y cuando el corazón no acompaña nuestros pasos, vivimos quejándonos: “¿Por qué tengo qué avanzar en edad?”, “¿Por qué todo pasa y nada se queda?”. Nos quedamos con la sensación de que la vida nos debe, que tenemos con ella cuentas por cobrar. Siempre habrá quienes se nieguen y protesten, y sus protestas se perderán en el tiempo, porque la vida sigue igual, caminando. 

Paso a paso se llega lejos. Paso a paso llegamos al kínder y salimos de él, de primaria, secundaria y  de tantos otros acontecimientos que hemos vivido. No tuvimos que hacer esfuerzo para crecer, pero sí para aprender a ser la nueva persona que nos exigía el crecimiento. Esto es dar el paso, sintonizarnos con el presente y tomarlo como se presenta, sin añoranza, sin protestas, sin desdicha. “Todo tiempo pasado fue mejor”, decimos cuando nos obstinamos en creer que podemos detener la vida y forjarla a nuestro gusto. ¿Podemos?

Personas mayores pueden atestiguar , por ejemplo, que a mediados del siglo pasado, la ciudad de León tenía unos trescientos mil habitantes, las diversiones eran el cine y salir de paseo al centro, al parque o la calzada, las fiestas eran “tardeadas” porque los padres jamás permitirían que sus hijos adolescentes salieran de noche; las mujeres no votaban, pocas de ellas iban a la universidad y su mayor ilusión era casarse de blanco, salir de su casa del brazo de papá y comprometerse “hasta que la muerte nos separe”; la familia iba a misa los domingos, por la mañana porque no había por la tarde, la última era a la una y media, pues el celebrante debía estar en ayunas desde la media noche hasta el momento de la comunión….  Esa sociedad cambió, paso a paso y sin que individualmente nadie pudiera atajar los cambios, porque las sociedades parecen ríos que corren y arrastran en sus aguas también aquello que se les opone. Nos llevan consigo. Somos como gotas de agua, sin libertad aparente, todas iguales y uniformadas por los signos de nuestro tiempo. Sin embargo, en lo individual, cuántas diferencias entre una gota y otra, entre una persona y otra. Si nuestro destino es nacer, crecer, quizá reproducirnos y morir; ¡qué infinidad de maneras distintas de hacer estas mismas cosas!

Lo que distingue a las gotas es la manera de dar cada paso; conscientemente o sin darse cuenta; con la mirada puesta en el presente, o vueltas hacia el pasado o el futuro; eligiendo vivir o dejándose llevar por la corriente. Cada vez que miramos al futuro y queremos saber cómo será, tenemos dudas o miedo sobre él, perdemos fuerza. Pero si permanecemos en el momento presente y damos un paso, ese paso nos ubica en otro presente, luego, esperamos hasta que de ese presente venga sugerido el próximo paso, y damos sólo ese paso, estamos presentes todo el tiempo, con fuerza.

Ahora una invitación para el próximo miércoles 10 de abril a la charla: “Sexualidad en la pareja”, a las 8 pm, entrada libre, en San Sebastián 408, La Martinica. Asiste.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.