Diversas teorías acerca de la mente humana aseguran que ésta ha
sido condicionada durante la infancia para que piense como le enseñaron su
familia y su cultura. Te conviertes en lo que crees: leonés, mexicano, andaluz,
hombre, mujer, privilegiado, marginal, excluido, etc., etc.
Lo anterior explica no sólo por qué alguien reacciona y actúa
como suele hacerlo, sino qué lo motiva a continuar sin cambios, igual que robot
programado para determinadas tareas o destinos. ¿Dónde quedan aquí la
responsabilidad y el libre albedrío?
Son cuestiones serias. ¿Existe o no el libre albedrío? ¿Es sólo
un invento humano? ¿La fatalidad nos aguijonea para que cumplamos con un rol
predeterminado del que es imposible escapar?
Imaginemos que una abeja y una mosca llegan juntas a un campo.
La abeja se dirige hacia las flores a extraer polen y la mosca al estiércol,
porque allí está su comida. ¡No vamos a pensar que la abeja es positiva y la
mosca negativa! Ambas están programadas para desempeñar sus respectivos roles,
no pueden salirse de ellos. En cambio, los humanos sí podemos salir de nuestras
programaciones, a condición de ampliar nuestra consciencia.
Hemos topado con un tema especialmente difícil de abordar: la
consciencia. Todos sabemos que ésta es la capacidad humana de darse cuenta; de
estudiarse el hombre a sí mismo; de elegir, ya sea hacia dónde dirige su
mirada, como cuáles pensamientos y sentimientos quiere conservar o desechar. La
consciencia posibilita el cambio verdadero; es decir, trasciende el
condicionamiento.
Si te va bien porque naciste en una familia que le va bien y
desde pequeño te enseñaron cómo te iría bien, probablemente nunca te preguntes
si eres libre o si estás de acuerdo con lo que haces; simplemente repites lo
que te inculcaron. Pero cuando eres como la mayoría de nosotros y te encuentras
en situaciones en las que no sabes con certeza qué es lo que conviene, te ves
en la situación de elegir. Entonces eres libre, porque la libertad no consiste
en calcar y repetir lo bueno o lo malo que te inculcaron, sino en elegir lo que
haces.
Inventemos el caso de una joven que crece en una familia donde
todas las mujeres (su madre, abuela, hermanas, tías) han sido maltratadas o
traicionadas por sus hombres (no olvidar que es un caso inventado), y todas
resurgen de sus cenizas y se convierten en mujeres fuertes. ¿Es posible que
esta chica tenga programaciones inconscientes que la empujen a obrar de
determinada manera?, ¿que tienda a ser autosuficiente, celosa, desconfiada, y
espere que su hombre se vaya o la maltrate? Te conviertes en lo que crees.
¿Puede salir de su programación y adquirir otra
distinta? Sí, pero le costará trabajo.
Primero, deberá darse cuenta (consciencia) de que ella no es su
madre, abuela o tías, sino una vida nueva con infinitas posibilidades. Esto la
sumergirá en un conflicto con sus creencias inconscientes y estereotipadas de
que le toca sufrir el abandono porque todos los hombres son iguales.
Lo anterior suena más fácil de lo que es. La mente posee filtros
que atajan las ideas nuevas y dan entrada sólo a aquellas que se ajustan a las
conocidas; dolería demasiado reconocer que se ha vivido equivocado. Pero
supongamos que la joven amplió su conciencia dándose permiso para explorar
opciones nuevas; le viene la culpabilidad de no ser como se ha esperado que
sea. Esta culpabilidad es un precio que debe pagar y es muy alto, porque se
vive como deslealtad a los seres más queridos, los propios padres.
Sigamos a la joven la a
cuando decida mirar al hombre con respeto, confiar en la libertad de él y en la
propia y esperar que la vida le traiga eventos distintos; precisamente por
distintos le harán sentir que anda fuera de camino, y estará en lo cierto:
“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”.
La libertad exige elecciones constantes y es imposible acertar
en todas, pero es la única manera de no vivir como robots programados que
repiten los destinos de los que vinieron antes. Y la única posibilidad de tener
una sociedad nueva, de personas nuevas.
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