No creo que el destino exista, ¿dónde quedaría el libre
albedrío? Los humanos no somos títeres o zombis de quién o qué sin voluntad.
OPINIÓN
El destino existe. También existe el libre albedrío. Parecen
incompatibles, pero no lo son.
Por destino entiendo todo aquello que nos es dado de manera
forzosa, que no podemos evadir ni merecer y tampoco hacer nada para cambiar el
estado que tiene cuando lo recibimos.
El libre albedrío es la posibilidad y capacidad de elegir.
El destino es muy basto. Tal vez a él se refiera la primera
parte de la conocida oración atribuida a san Francisco de Asís: “Señor,
concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar.” ¿Cuáles
serían? Muchas. Mencionaré unas pocas.
Comenzando con que nadie nos preguntó si queríamos nacer. Nacimos,
y ya. Destino. Para muchos, tener vida es magnífico; para otros, una carga
pesada. Dicen: “¿Con qué derecho voy a traer niños a este mundo a sufrir?”. “Lo
que vivo no es vida”. “Vivir es un absurdo”.
En este temprano punto ya podemos encontrar el libre albedrío
o posibilidad de elegir: somos absolutamente libres para mirar la vida como muy
buena o muy mala y cualquiera de sus puntos intermedios. El destino no cambia,
sólo la visión que se tenga de él. El hecho de elegir una visión u otra hará que
para nosotros ésta sea verdadera y la vivamos como la vemos.
También es destino ser hijos de nuestros padres, la fecha y
lugar de nacimiento, el ambiente sociocultural y político de la familia y la
nación donde nacimos. Con el libre albedrío podemos elegir tomar todo esto con
amor, o despreciarlo y sentirnos víctimas de la suerte. Como ya dije, el
destino no cambia, sólo la manera de mirarlo.
Es distinto decir: “Nosotros somos familia”, que: “Tú ya no
eres mi hijo (no eres mi hija)”. “Tú no eres mi madre (no eres mi padre)”.
No es igual “amo a mi familia”, que “odio ser de esta
familia”.
Hay diferencia entre sentir agradecimiento por lo que hacen
los padres, que experimentar vergüenza de que se sepa en qué trabajan ellos.
Es mejor vivir pensando en que uno está en su lugar y en él
puede desempeñarse bien y hacer cosas buenas, comparado con pasársela soñando en
otros sitios y otras circunstancias y sentirse en la época equivocada.
Tomar el destino como es nos ubica en la realidad. Es lo que
hay. En cambio, rechazar o avergonzarse del propio destino no ocasiona que éste
cambie, pero sí nos enreda en pensamientos poco útiles y en una manera
desafortunada de usar el libre albedrío. Siempre seremos libres de reaccionar
como queramos ante los hechos de la vida.
Hay cosas que, aunque recibidas, sí las podemos modificar.
Por ejemplo, creencias y patrones de pensamiento que obstaculizan el fluir de
la vida. Son destino inflexible si las vivimos como nos fueron dadas.
Es frecuente que uno, en lugar de aplicarse a utilizar o cambiar
lo que recibió, caiga en la queja o en buscar culpables de los malos ejemplos o
la mala educación que nos inculcaron. ¡Por supuesto que a todos nos gustaría
que nos heredaran soluciones y no problemas! Sin embargo, nos toca aportar un
granito a la evolución moral de la humanidad a través de nuestra vida. Todo aquello
que logremos acomodar y transformar pasará al patrimonio evolutivo de la
especie y será destino para alguien. “Valor para cambiar las cosas que puedo
modificar, y sabiduría para conocer la diferencia”.
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