Seguramente has oído a
algún niño pequeño decir: “Yo no sabo”,
“mamá le ponió queso a mi plato”,
“quería pasar y no cabí”. Los
estudiosos de la mente se preguntaron de dónde sacaban los niños esas palabras
que no habían escuchado, puesto que los adultos de su familia decían “sé”,
“puso” y “cupe”, y notaron que los niños de muy corta edad conjugan los verbos
mejor que alguien que aprende una segunda lengua. Por ejemplo, no dicen “mí no
querer”, sino “yo no quero”.
La palabra “quero” no es
correcta porque el verbo es irregular y algún adulto le dirá: “se dice quiero”.
Pero la maravilla observada consistió en comprobar que los pequeños no sólo
imitan las palabras como sonidos, sino que también están “intuyendo patrones”.
En este caso, del idioma, porque conjugan siguiendo las normas para los verbos
regulares: sabo como presente de saber; ponió, pasado de poner; cabí, pasado de
caber.
Hay una gran diferencia
entre la imitación y la intuición de patrones. Imitar es copiar lo que se está
viendo. Por ejemplo: sacas la lengua frente a un bebé y éste también
lo hace, porque los niños imitan todo: se ponen tus zapatos, simulan rasurarse
frente al espejo, se “preparan” para salir a trabajar... Sucede también en adultos: vemos que alguien
bosteza y nos dan ganas de bostezar; un grupo ríe a carcajadas y nos da risa;
lloran en un velorio y se nos salen las lágrimas. Lo hacemos por “contagio”,
sin motivo aparente. Esto también tenía intrigados a los científicos hasta 1996
en que, por casualidad, varios
investigadores descubrieron las neuronas espejo.
Las neuronas espejo son las responsables
de la tendencia en el ser humano a imitar las acciones y los gestos de los
demás. Estas neuronas espejo también existen en los primates. Las han medido y
supuestamente las hay en mayor número en los cerebros femeninos que en los
masculinos. La hipótesis es que desempeñan una función importante en la vida
social y proporcionan capacidades no sólo de imitación sino de empatía (comprender
poniéndose en el lugar del otro). Esto explica la imitación, pero intuir
patrones es más complejo.
Un patrón es un conjunto
de normas que rigen el comportamiento de un grupo organizado de personas. Los
patrones no se ven, sólo funcionan y rigen los comportamientos y los modos de
pensar. Se los suele considerar “lo normal”.
Un niño que conjuga un
verbo aplica un patrón puesto que no está escuchando la palabra, sino elaborándola
en su cerebro de acuerdo con determinadas normas de la gramática. Por supuesto
que él no sabe que está conjugando ni conoce las personas gramaticales, pero las
usa al decir amo, amas, ama, amamos, aman, según se requiera.
Lo más intrigante de los
patrones está en que no necesariamente se enseñan en forma abierta y
deliberada; pueden ser intuidos y conservarse inconscientes por toda la vida. Igual
sucede con todos los patrones socioculturales que rigen nuestros
comportamientos: los obedecemos y ya.
Son ejemplos de patrones
algunas discriminaciones contra grupos, no aceptar determinados tipos de trabajo
o en la India no comer carne de vaca.
Mientras los patrones sigan
siendo inconscientes, no hay manera de liberarse de ellos. Pero llega a suceder
que alguna circunstancia los torne imposibles o molestos de cumplir y la
persona los transgrede. Entonces se siente muy mal. Esta podría ser la
oportunidad de que se vuelvan conscientes y, por lo tanto, susceptibles de ser
modificados. Sólo en estado de consciencia; es decir, dándonos cuenta, podemos
realizar cambios en nuestros patrones.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com
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