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lunes, 18 de julio de 2016

CON LOS HIJOS NUNCA ACABAS



Me lo dijo una mujer que es abuela: “Con los hijos nunca acabas; cuando no es una cosa, es otra. Una desea que estén bien, reza por ellos, los apoya y acepta que ya no puede darles gran cosa, porque son harina de otro costal y no siempre oyen consejo; pero lo que viven, a una le sigue afectando”. Sus palabras me hicieron pensar en lo fuertes que son los vínculos de sangre. También, cuánta mayor influencia tienen los padres sobre los hijos, que no a la inversa. Los papás, aunque envejezcan, en la medida de sus recursos materiales y de desarrollo, quisieran dar a las generaciones que siguen un poco más de aquello que pudiera hacerles bien.
Así es la historia: ocurre un embarazo y los padres no tienen idea de la magnitud como les cambiará la vida. La concepción los convierte en padres y -tanto si ese hijo nace como si no-, en adelante ellos tienen distintos los sentimientos, pensamientos y maneras de comportarse. Concepción, nacimiento y muerte son eventos decisivos y fundamentales. El hijo también es protagonista de su propia concepción y nacimiento, pero mucho tiempo no se da cuenta, recibe lo que le dan y va pareciéndole “normal”. De hecho, al crecer y volverse adulto, si posee un poco más de lo que tenía con sus padres, se siente exitoso; si un poco menos, fracasado. La medida (totalmente subjetiva) es su casa, su familia.
Llegando a mayores, algunos piensan que han dejado de tener importancia dentro del grupo familiar e incluso dentro del mundo. También en este caso, comparan su presente con el de casa, donde fueron centro de las atenciones; pero aquel “mundo” donde crecieron ya no existe, las costumbres han cambiado, muchos valores también, los jóvenes acaparan la vida laboral, las modas, los pasatiempos, la tecnología… hijos o sobrinos se han convertido en padres y ahora cuidan de su propia familia, en las reuniones se habla de eventos de los que ellos no siempre están interesados, y si opinan, con frecuencia se les dice “en tus tiempos”. Por lo general, les cuesta gran esfuerzo permanecer alertas y mantener su lugar. Pero su lugar existe, es suyo, y mientras estén respirando en este planeta, es mucho lo que pueden hacer.
Padres y abuelos podemos y queremos dar a nuestra familia. No es necesario que ésta se encuentre sumida en la tragedia ni que sus miembros vivan enemistados; son numerosos los puntos susceptibles de optimización. Si cada uno de nosotros vuelve su mirada muy atrás, observa que los abuelos sufrieron y solucionaron determinados problemas y otros siguen repitiéndose;  los papás tomaron la estafeta como la recibieron, en parte mejorada y en parte no, hicieron lo que pudieron y algo sigue repitiéndose; igual nosotros, y los hijos nuestros.
Escribo esto con la intención de invitar a adultos y adultos mayores al Diplomado de Constelaciones Familiares. Nunca es tarde para practicar métodos de reconciliación y de paz. Haremos bien no sólo a los familiares con quienes convivimos, sino a hombres y mujeres que no hemos visto ni conoceremos, en lugares y tiempos remotos, de muchas generaciones después de nosotros, porque nuestra revolución tiene mayor influencia vertical que horizontal. Nuestros hijos y sus hijos y los descendientes de ellos tomarán la estafeta de la vida sin necesidad de resolver los mismos problemas que nosotros sufrimos; el legado que reciban de nosotros llevará ya la solución. No de todo tipo de problemas, por supuesto, sólo de los que alcancemos a poner en orden.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Psic-Ma-Dolores-Hernandez-Gonzalez



lunes, 27 de enero de 2014

¿NIÑOS O ADULTOS?


Han pasado varias décadas de cuando los niños “se veían, pero no hablaban” y los padres podían decirles: “Quédate aquí quietecito y no te muevas mientras yo…”, “estás castigado por diez minutos”, “no podemos comprar eso que tú quieres”. Ahora los callados son los papás y a los hijos se les ha entregado la autoridad de la familia, ellos son los jefes. Me refiero a que muchos padres se sienten culpables por no comprenderlos, no darles todo lo que piden, no protegerlos suficientemente de que sufran, tener ellos mismos conflictos como pareja o no lucir aureola de santos ante sus pequeños. ¡Menuda exigencia se imponen, de presentar a sus hijos una vida falsa!

Muchas cosas han contribuido a este cambio que, como todo, tiene su parte positiva y su parte negativa. Es difícil llegar a un equilibrio entre el exceso de dar y el exceso de exigir. Ya no existe el ambiente relativamente seguro en el que se podía, sin temor a una catástrofe, mandar al hijo a la tienda o la tortillería a comprar algo que necesitaba la familia, dejar que se fuera caminando hasta la escuela o permitirle que saliera a jugar en la calle con sus amigos. Tampoco se ve con buenos ojos que “trabaje” de aprendiz en el taller del tío o ayude a sus padres con las labores de la granja; se considera trabajo de menores. La consigna es protegerlo. ¿Es malo? De ninguna manera, sólo que el exceso de “protección” está creando a jóvenes débiles, que se sienten aterrorizados de entrar en el mundo laboral y perciben el trabajo como un mal del que deberían poder sustraerse. Llegan a la edad productiva luego de una época en la que los llevaron hasta la puerta de la escuela en auto o se les proporcionó uno  “para que no caminen por la calle y no corran riesgos”; tienen celular, computadora, Ipod, videojuegos y un montón más de aparatos electrónicos que no solamente no pagaron ellos, sino que les atrapan su tiempo y atención y les presentan un mundo consumista que, aparte de ser muy caro, es considerado como lo normal y lo mínimo que deben tener para no sentirse desdichados. Y la vida sexual: parece haber un complot para empujarlos a tener “sexo seguro” y ocultarles que jamás es completamente seguro y siempre subyace el riesgo de un embarazo y otros riesgos que poco o nada se mencionan. Muchos de nuestros jóvenes son niños, en el sentido de que odian el compromiso y hacer algo por los demás. ¿Trabajar y sacrificarse por comprar y pagar una casa, o los gastos de una familia? ¿Cuidar a un bebé que llora por las noches y de todas maneras presentarse a trabajar? ¿Y mis necesidades y sentimientos, qué? Se preguntan, y sienten que la vida los está tratando injustamente, que les sale debiendo.

Un niño es un ser indefenso que requiere del apoyo y protección de sus padres, y un adulto es alguien que se encarga de su propia vida y, además, puede proporcionar protección y apoyo a los seres que de él dependen. En la actualidad, la adolescencia se ha prolongado necesariamente hasta los 25 o 30 años, en el sentido de que muchos jóvenes siguen dependiendo de los padres para subsistir. Y lo más curioso es que no solo el joven piensa así, también sus padres, que se sienten culpables si no siguen protegiéndolo y asistiéndolo a esa edad. También ellos se sienten tratados injustamente por la vida y que les debe, porque no les proporciona los medios suficientes para evitar toda frustración a su “pequeño de treinta años”.

Me es imposible llegar a una conclusión en este corto espacio. Queda en el aire una pregunta: ¿qué papel desempeña la frustración en el crecer y adquirir fuerzas para la vida?

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com ,  en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.