Bienvenido a mi blog. Soy mujer, divorciada, madre, abuela y también psicóloga. Deseo que encuentres algo que te guste.
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lunes, 16 de noviembre de 2020
DOS TESOROS
Las emociones son energía. Un estímulo cualquiera ha sido percibido. En milésimas de segundo se le comparó con los deseos, creencias y expectativas contenidas en el subconsciente. El cuerpo emite una respuesta fisiológica de agrado o desagrado y con ella, dota a la persona de una cantidad de energía pequeña o grande (en ocasiones abrumadora). Ahí está, disponible para la acción. Es una emoción. Su nombre lo dice: emoción = muévete.
Las emociones nunca son buenas o malas, solo emergen. Además de energía dan información: “Este estímulo sí, o no, va de acuerdo con todo el entramado de mi sistema interno de contenidos previos”. Hasta aquí, todo sucede a nivel inconsciente y automático. En ocasiones suben hasta la consciencia, cuando se les pone atención. Entonces, es posible darles cauce y significado; pero si no, desatan movimientos y acciones que después, cuando ya hicimos algo, nos preguntamos: “¿Y yo por qué hice esto?”.
Las emociones son irracionales; es decir, no piden permiso a la inteligencia para presentarse. Ya vimos que emergen de manera automática. Un arrebato de cólera puede llevarnos a perder el empleo o a un ser querido. Un arrebato de amor puede traer al mundo a un hijo no deseado. Un arrebato de tristeza puede dejarnos inmóviles, en cama o sin sentido para la vida.
Las emociones son nuestro gran tesoro. Nuestro. Nadie nos lo puede arrebatar. También el intelecto es un gran tesoro que nadie nos puede arrebatar. Lo ideal sería que pudiéramos aprovechar ambos tesoros en nuestro beneficio, hacer que trabajen juntos, en armonía. Saber cómo, cuándo, dónde y de qué manera utilizarlos antiguamente se le llamaba sabiduría y hoy, inteligencia emocional. El nombre se refiere a emoción e intelecto combinados en un buen resultado.
Si alguien me dijera: “Eres puro corazón”, estaría haciéndome un cumplido muy pobre. Solo, sin el intelecto, el corazón puede llevar a grandes aberraciones, como “lo maté, sí señor, y si vuelvo a nacer, yo lo vuelvo a matar”. Inundación de emociones y nada de inteligencia. Y solo, también el intelecto llega a grandes aberraciones: “los viejos le cuestan demasiado al erario, hay que suprimirlos”. Pensamientos, cálculos, ninguna emoción, cero sentimiento.
Puede verse la importancia de mantenernos en contacto con nuestro mundo emocional y conducirlo racionalmente hacia donde conviene, o él nos arrastrará hacia toda clase de resultados, agradables y desagradables.
En ocasiones, la emoción es tan abrumadora que lo primero que debe hacerse es reducir su tensión hasta un nivel en el que su energía sea manejable. ¿Cómo? Con movimiento: un partido de tenis, una sesión de boxeo, caminar varios kilómetros, nadar, gritar en el auto con las ventanillas cerradas, golpear almohadas hasta sudar, hacer rayones sobre un papel, son aplicaciones no peligrosas del exceso de energía. Luego, cuando esta ya sea manejable, se puede echar mano de ese par de tesoros inagotables que tenemos dentro: corazón y cerebro.
Deseo para mí y para todos mis lectores que la sabiduría sea nuestra compañera inseparable de vida, que ella nos conduzca hacia lo que todos queremos: la felicidad y la paz.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o al teléfono 7 63 02 51
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com
lunes, 24 de agosto de 2015
LA VIDA NO VIVIDA
Hay quienes afirman que el ser humano adquiere conciencia
de sí y de lo que es, hasta cumplidos los 40. Para entonces, pasó la primera
mitad de su vida impulsado por la necesidad de conocer el mundo, abrirse paso
en él, adquirir habilidades, negociar compromisos, obtener un lugar y una
familia propios… Poco tiempo le quedaba para la reflexión. Pero recién arribado
a la segunda mitad, se da cuenta que en ésta no aplican los mismos parámetros
que en la primera; entonces, reexamina sus objetivos, mira hacia atrás, hace un
balance, capitaliza su experiencia y elige qué cosas pensar acerca de lo ya vivido.
Sólo quien se acepta sin condiciones puede saborear entera
su propia vida. El selectivo, en cambio, insiste en expulsar de su conciencia
todo aquello que no se ajusta a las expectativas que le fueron sembradas en el
cerebro, reincide en pensar “esto sí y esto no” y se ve imposibilitado para
recrearse en el recuerdo, tomar su vida tal como fue y es, amarse en ella y
disponerse a vivir la segunda parte con sabiduría. Cada rechazo constituye “la
vida no vivida”. Sí que se vivió, pero no tomándola como propia ni integrándola
a la experiencia; queda como una burbuja indeseable que quisiera hacerla desaparecer.
La vida no vivida está incompleta. El dueño no se ha
entregado a ella ni la ha asumido; sigue en pie de guerra, rechazándola, varado
en el reproche y la acusación, considerándola menos de lo que esperaba y
merecía. El tiempo siguió su carrera mas no por eso ha completado el círculo de
masticarla, gustarla aunque sea amarga, extraer los nutrientes que contiene y
dejar que los residuos se vayan. La vida no vivida es un bocado que no se traga
ni se escupe y mantiene al dueño ocupado en algo que ya sólo existe en su mente,
pero que requiere un final, un acomodo y una mirada de amor que cierre el
círculo y la incluya en el pasado, al que pertenece. La vida no vivida es un
lastre que se acarrea por dos, cinco, diez, veinte o más años y entorpece el
trayecto de la propia embarcación, como si se hubieran dejado una o más anclas
atoradas en la breña y pretendiéramos seguir adelante. La vida no vivida
también atrapa a las embarcaciones de los seres queridos, pareja, hijos o
nietos que comparten nuestro barco y respiran nuestros pensamientos.
Cuando se arriba a los 40, 50, 60 o más años de edad, la
vida no vivida nos exige tomarla con amor, so pena de caer en el desencanto, la
depresión, el cinismo y la amargura. Nada de lo que vivimos tiene desperdicio,
somos resultados de ello; o rompemos la envoltura y escudriñamos el contenido
hasta extraer la sabiduría que encierra, o se convierte en un lastre sellado
que trascenderá la muerte y legaremos a nuestros descendientes. El proceso volverá
a comenzar en ellos; les tocará tomarlo con el amor que no pudimos tenerle, o
lo legarán los suyos en igual estado, de generación en generación, como destino
repetitivo que pide por favor un final.
En el Diplomado de Constelaciones Familiares hemos tenido
alumnos mayores que descubren la importancia de reconciliarse con el propio
origen, la propia vida y el propio destino, para deshacer los nudos que
atormentan a su familia y entregar a sus descendientes un legado algo más libre
de enredos, implicaciones, secretos, mandatos nocivos, recurrencias y lastres
que entorpecen la libertad. Comenzaremos el próximo 5 de septiembre. Invito a
todos los abuelos que deseen trabajar en favor suyo y de su familia a que vivan
esta transformadora experiencia.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.
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