El agradecimiento es una actitud ante la vida. El
agradecido encuentra hermosura a su paso; el no agradecido, defectos. La
diferencia entre uno y otro reside en hacia dónde dirigen la mirada: a lo que
poseen o a lo que les falta; a la belleza o a la fealdad. Y ambos tienen razón,
la vida tiene de todo; pero es enorme la distancia entre las maneras como
viven. El primero va de sorpresa en sorpresa, de reto en reto; el segundo de
tristeza en tristeza, de dificultad en dificultad. No es lo mismo pensar que un
problema que se presenta constituye una oportunidad para ejercitar las propias
cualidades, que interpretarlo como una desdicha más de toda una serie.
Es sabido que las personas poseemos constantemente un 90%
de nuestros asuntos y circunstancias bien y en orden, y el 10% restante
necesita adaptaciones inteligentes. Si la persona en cuestión puede abarcar con
su mirada todo lo que tiene de bueno, se apresta alegremente a la tarea en
turno, pensando: cuento con la vida y con mi cuerpo, inteligencia, afectividad,
espiritualidad, familia, trabajo, sueldo, seguro, amigos, etc., etc., y este
problema también pasará; puedo solucionarlo y lo solucionaré, o puedo
soportarlo y lo soportaré. Entonces su alegría permanece, no obstante el
esfuerzo requerido para lograr buenos resultados. Por el contario, si la
persona se enfrenta a la vida sin contar con nada de lo ya que posee, porque no
mira hacia su 90% que está sano y en orden, se experimentará débil y con una
sensación anticipada de derrota e impotencia; lo más probable es que el asunto
la supere y pierda algo de lo que era suyo: la salud, la alegría, relaciones, bienes
materiales…
Podemos saber si somos agradecidos observando nuestras
conversaciones: ¿solemos dedicar más tiempo a hablar de cosas que dan miedo,
como enfermedades y circunstancias que las producen, amenazas de pérdida,
peligros, o mala voluntad de las personas e instituciones? Posiblemente
tengamos razón en lo que decimos, porque no estamos locos ni exagerando, pero
seremos de los que se fijan en “el prietito” y no miran el arroz. ¿Hablamos
sobre que la vida nunca es perfecta? Es cierto que no lo es, pero subrayándolo
podemos convertirnos en personas para quienes “nada es suficiente”. ¿Comentamos
lo terrible que es tener que morir? Es verdad, no nos gusta la idea, pero antes
de que nos llegue la hora tenemos tiempo para vivir, y no es inteligente
arruinar la vida con el susto por la muerte. ¿Decimos que no queremos cosas
buenas para no acostumbrarnos a ellas, porque luego las echaremos en falta? Lo
más probable es que sí, las vamos a extrañar si las perdemos, pero mientras
tanto no nos permitimos disfrutarlas y decir: “Lo comido y lo bailado nadie me
lo quita”. ¿Nuestra mayor preocupación es haber cometido errores o pecados,
hablemos o no de ellos? Podríamos agradecer a la Vida que nos sostuvo para
cometerlos, y también que nos permite
reconocerlos como tales; peor sería empecinarnos en el error. Nuestras
equivocaciones son oportunidades para pasar a un nivel espiritual que nos
capacita para agradecer la adversidad, el pecado y el defecto y convertirlos en
sabiduría. El agradecimiento es fuente alegría y de paz.
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