EXPERIENCIA
DE UNA LECTORA
Comparto con gratitud lo que una lectora de mi último
libro me hizo llegar.
Leí el libro “Subí
al tren sin conocer el destino” y fue el inicio de una vivencia
esperanzadora. La autora nos induce a un paraíso deseado, ése que aparece en
nuestros sueños más idealistas, donde se desvanecen las sospechas de ser
devorados por gusanos y absorbidos como abono en la tierra, para ser
transformadas en un mundo paralelo y cercano.
Durante 99 páginas, el cielo,
el purgatorio y el infierno nos incitan a redescubrir y palpar nuestros cinco
sentidos de una forma mágica y natural, para finalmente enlazarlos a nuestra
esencia espiritual. Volar, viajar, desaparecer y estar, son capacidades natas
del alma inmortal.
Abrí el libro y misteriosamente
morí junto con la protagonista. Me observé dentro de un ataúd, sentí el miedo
de verme inerte, escuché las palabras de su despedida como mías, el dolor de la
partida y la incertidumbre de despertar en una anónima realidad. Me reconocí
con el control humano, esta “extraordinaria” necesidad de creer que somos eternamente
terrenales, control que nos lleva a abrazar ideas “convincentes” y alejarnos de
la verdadera eternidad, que se encuentra dentro de un universo extenso,
conformado por redes amorosas y brillantes que se encienden, explotan y se
apagan, para forman parte del continuo movimiento de la vida.
Las páginas de “Subí
al tren sin conocer el destino” me mostraron un cielo sin bardas en el
que todos cabemos, para comprender que los ladrones y los dadores forman parte
del equilibrio humano, aun cuando los primeros sean repugnantes, aun cuando
ellos aniquilen nuestras verdades entrañables.
Desde la distancia observé
la necedad humana como una absurda compañera, tan absurda que nos obliga a
replantearla y entenderla como un valor cultural y psicológico; una herencia
que ni en la tierra ni en el cielo nos será útil jamás.
La autora de “Subí
al tren sin conocer el destino”, nos acerca a hombres y mujeres del pasado;
sabios, ignorantes, muertos que siguen vivos, con la finalidad de regalarnos, de
una manera sencilla y admirable, la sabiduría y la esencia de sus enseñanzas.
La lectura del libro es un
regalo que no pedí y disfruté, libro que nos reencuentra con nuestra esencia,
con los cariños más profundos y con el entendimiento de un Dios atemporal que
habita de formas inimaginadas en el círculo de la vida, que no es otra cosa más
que la oportunidad de amarnos para trascender de manera natural, a nuestro
temido o anhelado paraíso.
Eugenia Padilla Moreno. Enero 2016.
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