El tema de hoy está inspirado en las proezas de las
Olimpíadas y en aquellos educadores que tienen como lema para sus educandos “te
preparo para ser el mejor”.
Es difícil pensar en algo más fuerte y absorbente para un
niño o joven que aceptar la obligación de obtener medallas de oro o dieces de
calificación, pero nada menos. Plata o bronce no bastan. Nueve, ocho o siete,
tampoco. En la tele se vieron lágrimas de deportistas que aspiraban a obtener
medalla de oro y debieron “conformarse” con la de plata. Estoy segura que no
vimos muchas más lágrimas y decepciones de otros competidores que ni siquiera
estuvieron en pantalla. La similitud me hizo recordar las numerosas ocasiones
en que México ha participado en campeonatos y no regresa convertido en campeón.
La gente comenta decepcionada: “Como siempre, ya merito”.
Si miramos con atención, para alguien que acepta el reto
de “ser el mejor” nada es suficiente, puesto que el actual campeón mundial de cualquier
disciplina va a ser derrotado por el próximo campeón mundial y éste por el que le sigue, ¿y luego? ¿Qué sucederá
con su persona cuando ya no sea el mejor? ¿Encontrará otro campo en el que
vuelva a serlo? ¿Cómo juzgará su propia vida si nunca regresa a ser número uno?
¿Cuáles serán sus actitudes en el caso de que sí regrese?
Continuaré con el tema como si no sospechara que es un
tema tabú; nuestra cultura descansa sobre él y otros igualmente intocables.
Anticipo a los lectores que lo considero un caso de “doble vínculo”, término
técnico que significa situación esquizofrenizante o generadora de locura.
Deslumbra contemplar los grandes logros de esta época en
todos los campos: deportivos, científicos, tecnológicos, artísticos, de
acumulación de riqueza, de calidad de vida, etc. Mirándolos, uno no puede menos
que volverse hacia sí mismo y su medio ambiente, comparar y ambicionar, parecido
a cuando vemos que el vecino compró un gran auto de lujo e interiormente desearíamos
hacer lo mismo.
He aquí los mandatos que nos endilga nuestra cultura y
que yo considero “doble vínculo”. Por un lado, predica la inmoralidad de que
unos posean mucho y otros nada o casi nada; y por otro, nos desprecia si somos de
los que no poseen, llamándonos conformistas y otros epítetos más desagradables,
como si dijera: “debes ser de los mejores. Los mejores son malos o están mal”.
El resultado de este doble mensaje yuxtapuesto es la
culpabilidad. Culpabilidad si somos de los afortunados que tienen lo que otros
no pueden alcanzar y más culpabilidad aún si nos negamos a renunciar a nuestros
privilegios a fin de combatir la pobreza, la ignorancia o cualquier otro tipo
de carencias; pero también culpabilidad y otros adjetivos como baja autoestima
si fracasamos en “ser el mejor”; es decir, si no conseguimos medallas de oro o
campeonatos, no hacemos grandes descubrimientos científicos, no creamos
tecnología avanzada ni obras de arte mundialmente famosas, no poseemos acciones
de las compañías trasnacionales, no hemos dado la vuelta al mundo y visitado
hoteles y restaurantes de cinco estrellas, etc., etc., sino que, por el
contrario, nuestra calidad de vida es en muchos puntos deficiente, comparada
con la abundancia que admiramos y despreciamos a un tiempo.
¿Por qué escribo sobre el tema si espero que sea puesto
en duda? Precisamente, para incitar la duda. Siguiendo con la mención del
“doble vínculo”, el primer paso para quedar libre de él consiste en descubrir
su perfidia; es decir, darse cuenta de que no deja escapatoria, uno se va a
sentir mal si lo obedece y mal si no lo obedece. Si se esfuerza para ser el
mejor, le espera una vida de esfuerzo frenético y obsesivo que desemboca en
desencanto; si uno opta por no esforzarse tanto le llegará la duda acerca de si
es un mediocre o un fracasado.
Pregunta para el lector: ¿qué papel desempeñarían aquí la
ampliación de la conciencia (darse cuenta), la libertad y la autonomía?
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