Mostrando entradas con la etiqueta destructivo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta destructivo. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de mayo de 2016

TODOS AMAMOS.



El amor es motor de todo cuanto hacemos. Un motor fuerte. Está constituido por dos caras, como las monedas: una, el amor a uno mismo; la otra, amor a los demás. Estas dos fuerzas aparentemente opuestas, cuidar de sí vs cuidar de los semejantes, son poderosísimas dentro de nosotros. No podemos hacerlas desaparecer. Aun si la cultura, mediante la socialización, nos enseñara a repudiarlas, jamás serían anuladas. Con ellas sucede lo que con las relaciones sexuales: aun si se nos enseñara que son malas y prohibidas, tal prohibición no logra disolver por completo el impulso y éste da los rodeos necesarios para verse cumplido, bien o mal cumplido.
Me gusta llamar egoísmo al amor por sí mismo, entendiéndolo como el empuje instintivo e invencible de auto-conservación que mantiene a la persona no dividida (individuo) y luchando por permanecer viva, completa, siendo lo que es y tratando de que su genoma individual trascienda y no muera. Este impulso claudica solamente con la muerte.
Al otro amor, hacia los semejantes, lo llamaría instinto de supervivencia colectiva. Lo veo como  un impulso invencible del grupo a reproducirse, conservarse y propagarse, aun a costa de los individuos. No le importa demasiado si, para que la especie sobreviva, deba sacrificar a uno o más de sus miembros. Tampoco lo detiene si éstos están disponibles o no para reproducirse, ni cuántas estrecheces y penalidades deberán pasar mientras intentan sacar adelante a sus crías; este impulso los empuja casi con violencia a que tengan hijos, los cuiden y antepongan el bienestar de ellos al suyo propio. Y parecido con sus seres amados, en ocasiones incluso con desconocidos: alguien ve a un semejante a punto de morir ahogado y se lanza a salvarlo, poniendo en riesgo su propia vida; hasta después piensa si para él era conveniente hacerlo. ¿Todos actuamos así? Quien no lo haga lo recordará con dolor toda su vida, o suprimirá el recuerdo de su conciencia pero no de su inconsciente.
Sin el apoyo de la inteligencia o racionalidad, estos dos amores pueden degenerar y movernos a los actos más destructivos o enfermizos, como el suicidio o la locura. Entonces elaboramos narraciones explicativas muchas veces retorcidas, porque no admitiríamos ni siquiera pensar en alguna acción que no esté apoyada en uno de estos dos amores; o le encontramos el amor o simplemente no sucederá, porque no la llevaríamos a efecto. Nuestra conciencia no soporta transgredir el amor. El soldado que va a la guerra no se dice a sí mismo: “Se trata de matar a todos los que pueda”; sino: “Se trata de proteger a mi grupo (familia, Patria) en su honor, dignidad, libertad, o lo que sea”. Alguien que se vuelve loco, se suicida o de alguna manera es destructivo, no puede pensar que odia gratuitamente, necesita una causa ‘lógica’: “Todos me odian, estoy protegiéndome”, “Si pongo fin a mi vida acabaré con mi sufrimiento”, “Hago cosas que destruyen mi cuerpo o mi salud para mimarme, buscar un placer, huir de la ansiedad, agradar a la divinidad, expiar una culpa, etc.”.
Concluyendo, si bien el amor nos mueve en todo lo que hacemos, de ninguna manera es garantía de que haremos bien las cosas; interfieren los pensamientos, la experiencia… y el antagonismo natural entre las dos caras descritas. La historia de la humanidad muestra al ser humano en  sempiterno conflicto entre ambos amores: preferirse a sí mismo poniéndose en primer lugar, caiga quien caiga, o consagrarse a los demás sacrificando la propia comodidad y hasta la vida. Cada uno estamos en algún punto intermedio entre estos dos extremos. La sabiduría, ahora llamada inteligencia emocional, es el arte de usar la inteligencia para que ambas caras del amor permanezcan relucientes y funcionales.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.



lunes, 28 de septiembre de 2015

LA FUERZA DE LA DEPRESIÓN



Hace dos semanas tuve que renunciar a mi trabajo por problemas y caí en depresión, estoy muy desanimada. Necesito trabajar con urgencia pero no tengo ánimos porque ya me pasó antes que me despidan así, no sé por qué siempre caigo con alguien que me quiere poner la bota en el cuello y salgo perdiendo. Como no sé defenderme, renuncio antes que me digan que estoy despedida. Qué debería hacer, esto no puede volverse a repetir.
OPINIÓN
Entiendo que estás deprimida y desanimada, situación que no ayuda cuando una necesita con urgencia ponerse a trabajar.
Es triste sentir que una parte de nosotros comprende la necesidad de acometer una tarea, y otra parte nos jala hacia la huida. Estas divisiones internas duelen demasiado.
Imagino que prefieres que no se repita tanto dolor; te gustaría estar unificada dentro de ti misma. Tampoco quieres volver a encontrarte en la situación de ser molestada y sentir que eres incapaz de defenderte, ni conseguir otro trabajo donde sin remedio alguien “te pondrá la bota en el cuello”. Nadie quiere vivir eso, no para toda su vida.
Si en verdad estás cansada de que todas las veces te suceda lo mismo, pero de verdad cansada, no algo cansada y pensando que tal vez deberías aguantar un poco, sino super cansada, cansadísima y decidida a que jamás te volverá a pasar, entonces podrás echar mano de la fuerza secreta de la depresión para decir: ¡Basta!
La fuerza de la depresión es enorme. Es una fuerza que puede llevarnos a la muerte, o a la vida, dependiendo cómo la usemos. Mal usada hace que la persona se refugie en el rol de víctima y piense: “Yo no tengo la culpa. Todos tienen la culpa menos yo. Hacen cosas malas que me duelen, y nada puedo hacer”. Bien usada, la fuerza de la depresión nos hace decir: “Yo también juego. Tomo mi parte de responsabilidad y a los demás les dejo sólo su parte”.
El “yo también juego” implica mirar hacia todos lados y hacer cosas que nos hagan ganar. Hacia todos lados, no sólo hacia adentro, pero también hacia adentro. Es comprender cómo utilizaste tus pensamientos,  tus acciones, tus palabras, tus miradas, tus silencios… para seducir a los “ponedores de patas en el cuello” a localizarte y vencerte, y cómo deberás utilizar estos mismos recursos en el futuro para mantener a raya y lejos de ti a los abusivos. En el futbol, si un jugador entrega el balón al adversario, éste trata de meter gol, y si el jugador no quería entregarlo, sino que se lo quitaron en el juego, le toca entrenar duro y aprender a defenderlo; pero lo peor que podría hacer es llorar en la orilla de la cancha y decir: “Es que siempre me lo quita y me lo quita”.
La fuerza de la depresión tiene otra característica: se dirige hacia uno mismo. Nos castiga. Nos modifica.  Destruye. Destruye a veces lo que debe ser destruido y a veces hasta la vida. Aquí debe intervenir la inteligencia por dos motivos: uno, para apuntar ese poderoso “laser” a objetivos internos convenientes (destruir pensamientos nocivos, timideces, complejos, juicios erróneos, malos hábitos); y dos, tomar una parte del rayo destructor y dirigirlo hacia afuera, a lo exterior, y capacitarnos para modificar lo que puede ser modificado.
Lo primero que necesitas es reconocer que posees un poderoso rayo destructor y lo puedes dirigir hacia donde tú quieras (hacerte bien o hacerte mal), y en este momento está doblemente activado. Y de ninguna manera puedes pensar “yo no tengo la culpa”, porque el rayo también puede acabar contigo, si no lo diriges. Busca ayuda profesional.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , al teléfono 7 63 02 51 o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.





viernes, 23 de mayo de 2014

AMOR QUE MUEVE


El amor es motor de todo cuanto hacemos. Y este amor está, como las monedas, dividido en dos caras: una es el amor de la persona por sí misma, equiparable con el egoísmo, y la otra, el amor a los demás, o altruismo.

El egoísmo puede entenderse como un instinto de auto-conservación o impulso invencible que nos mantiene “individuos” (no divididos), luchando por permanecer vivos, completos, siendo lo que somos, manifestando nuestra esencia y tratando de que nuestro genoma individual trascienda. Este impulso claudica solamente con la muerte del individuo. En mi libro “Lo mejor de lo peor” dedico todo un capítulo a este tema. Y por otro lado está el amor a los otros, equiparable con el instinto de sobrevivencia colectiva o impulso del grupo a reproducirse, conservarse y propagarse, aun a costa del egoísmo de los individuos, que no le importa demasiado si para que la especie sobreviva deba sacrificar a uno o más de sus miembros, tampoco si éstos están disponibles o no para reproducirse o cuántas estrecheces y penalidades deberán pasar mientras sacan a sus crías adelante; él los empuja casi con violencia a que tengan hijos, los cuiden y antepongan el bienestar de ellos y sus seres amados al suyo propio. En ocasiones hace lo mismo respecto a desconocidos: alguien ve que un semejante está a punto de morir ahogado y se lanza a salvarlo, poniendo en riesgo su propia vida.

Estas fuerzas dentro de nosotros, cuidar cada uno de sí mismo y cuidar de los semejantes, son dos amores poderosísimos. No podemos hacerlos desaparecer, aunque lo parezca; mueven todo cuanto hacemos. La cultura, a través del proceso de socialización, nos enseña “la manera correcta” de conducirlos, inclusive puede enseñarnos a repudiarlos; sin embargo, jamás serán anulados. Por ejemplo, quizá nos haga creer que pensar primero en uno mismo es malo, pero siempre lo haremos. También pensaremos en los demás; ninguno queremos estar mal, tampoco quedar mal.

Estos dos amores mueven todo cuanto hacemos, incluidos los actos más destructivos o enfermizos, el suicidio o la locura. Por ejemplo, un ser humano que va a la guerra no se dice a sí mismo: “Lucho para matar a todos los que pueda”; sino: “Lucho para proteger a mi familia y a mi grupo (Patria), su honor, dignidad, libertad, etc.” Y cuando se vuelve loco, suicida o de alguna manera autodestructivo, no puede sentir con sinceridad que se odia gratuitamente, su lógica puede ser: “Todos me odian, necesito protegerme para seguir vivo”, “Si pongo fin a mi vida, también se acabará mi sufrimiento”, “Destruyo mi cuerpo o mi salud para agradar a la divinidad, quizá expiar una culpa, buscar un placer o huir de la ansiedad”. Si nuestras acciones no están apoyadas en uno de estos dos amores, simplemente no suceden, ni siquiera admitimos pensarlas.

El amor nos mueve en todo lo que hacemos, lo cual no es garantía de que haremos bien las cosas; interfieren las circunstancias, los pensamientos, las creencias, la cultura… y el antagonismo natural entre las dos caras de este amor. La historia de la humanidad muestra la lucha sempiterna del hombre entre amarse a sí mismo en primer lugar, caiga quien caiga, y entregarse a los demás sacrificando la propia comodidad o hasta la vida. La sabiduría es el arte de vivir ambas caras del amor con inteligencia.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.