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martes, 3 de noviembre de 2015

EL MÁS ALLÁ



“Mamy, ¿yo dónde estaba cuando no nací?” Pregunta infantil que surge mirando fotografías familiares en las que el pequeño no aparece. Los padres se ven en aprietos para contestarla, porque si responden: “En ninguna parte”, el niño se angustia e incluso llora. ¿Qué cosa lo asusta?, ¿entrever la fragilidad de la existencia?, ¿sentir que puede desaparecer? “Estabas en nuestros pensamientos”, “en la mente de Dios”, “estabas, pero no sabemos cómo ni dónde”, son respuestas que lo dejan temporalmente satisfecho. Al parecer, necesita reconocer que procede de alguna parte.
Ese anhelo de saber si hay algo antes y después de nuestra existencia, ¿es meramente infantil? ¿Los adultos no lo sentimos? Quien más, quien menos, todos estamos conscientes de que arribamos a la tierra dentro de una historia que ya estaba en marcha, y nos iremos sin presenciar el desenlace.
La mayoría de las personas que conozco prefieren creer que algo esencial de nosotros permanecerá por siempre de alguna manera y en alguna parte. A eso esencial le llaman espíritu o tal vez otro nombre. Me cuento entre ellas y desde esta perspectiva escribí mi nuevo libro: “Subí al tren sin conocer el destino”. En él hablo del Más Allá, de la necesidad que tenemos que exista un Más Allá y cuántas creencias, poderosamente influyentes en nuestra vida, hemos desarrollado sobre dicha existencia.
No se necesita ser muy observador para descubrir que todos pasamos por dos puertas misteriosas, la de entrada y la de salida del planeta, desprovistos de cualquier cosa material que pueda ser adquirida aquí, por sublime que ésta pudiera ser; sólo recibimos, o entregamos, un cuerpo que nos mantendrá o mantuvo temporalmente con vida física. Nacimiento y muerte nos igualan en el sentido de no poseer nada material: o aún no lo hemos adquirido, o tenemos que abandonarlo. ¿Qué nos resta que sea nuestro, imperdible?
Este mes de noviembre, del Más Allá, es adecuado para que mi libro vea la luz. Confío en el apoyo de mis lectores, que siempre me ha acompañado, para que esta obra tenga buen camino. Gracias de antemano por su acogida.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , 
o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.


viernes, 10 de octubre de 2014

VERDADEROS ATEOS


En ocasiones dudo que existan verdaderos ateos, entendiendo por Dios Aquello ante lo que me inclino, me someto y dirijo todo mi ser. Creo difícil que alguien piense: “Nada hay por encima de mí a lo que deba someterme, yo me di a mí mismo la vida y la existencia y puedo conservarlas o abandonarlas cuando quiera, me pertenecen. Soy lo más grande, la fuente y el orden de donde proviene todo lo que vemos y lo que no vemos…”

Sin embargo, existen los que se niegan a creer en determinadas imágenes de Dios: nada de ancianos de larga barba sentados entre nubes, ni ojos dentro de triángulos, cruces simples o adornadas o hechas crucifijo, tampoco estrellas de cinco, seis o nueve puntas o acompañadas por la luna, ni budas gordos o flacos, seres con alas, ídolos, imágenes de santos… Muchos de estos “incrédulos” andan en busca de una espiritualidad distinta, que les permita contactar y permanecer comunicados con Aquello a lo que no pueden dar nombre ni figura y que podría otorgar sentido a sus vidas. A veces se llaman a sí mismos ateos, ¿lo son realmente, o solo buscan al Desconocido, de Quien no podemos saber mucho, puesto que excede nuestra capacidad de comprensión?

Otros, que también se autodenominan ateos, además de negarse a adoptar las imágenes clásicas de la divinidad, preferirían que no existiera eso Más Grande, hacen lo posible por eludirlo, alejarse, perdérsele de vista. La idea de esta Presencia les desagrada e incluso podría resultarles aterradora. En el fondo se saben pequeños, limitados, desprotegidos y, sobre todo, “condenados” a vivir y a morir. Luchan contra ese Ser (aunque no exista, según ellos) y trabajan para que otros semejantes se unan y piensen igual, como cuando un niño no hace la tarea y pregunta a los compañeritos: ¿verdad que era imposible hacerla?, con la esperanza que sean varios en la misma situación y sentirse acompañados. Esta actitud de negar, huir y pelear da sentido a sus vidas. ¿Son verdaderos ateos?

Hay otros que subjetivamente son honestos el confesarse ateos, porque no creen en nada espiritual ni en la existencia de un más allá; todo se reduce al más acá, que se ve, se cuenta, se pesa o mide de alguna manera. Su Algo Más Grande es material: el estado, el capital, las trasnacionales, la naturaleza, los fenómenos históricos o climáticos… Oscilan entre someterse y querer someter a eso Algo Más Grande. ¿Son ateos? De nombre, sí. ¿Y de hecho? Son los más religiosos, con esa religiosidad primitiva en la que su dios (la política, la ciencia, la costumbre, la cultura, el arte…) les ordena: ve, y van; ven, y vienen; sacrifícate tú o sacrifica a multitudes, y realizan el sacrificio sin parpadear. En ellos se muestra con mayor claridad la necesidad humana de pertenecer, servir y vivir para Algo Más Grande. Su tipo de dioses, más materiales que espirituales, son lo más grande que han podido imaginar, y su adoración es más devota, audaz y definida que la de muchos que se dicen teístas.  

Existe otra clase de ateos que no se denominan tales y aseguran que sí creen en Algo Más Grande, pero no lo adoran ni pelean en contra o a favor de Él, tampoco piensan que entre ambos haya nada que ver. En mi opinión, éstos serían verdaderos ateos, solo que ellos mismos no se llaman así, ¿con qué derecho podría nadie incluirlos en dicha categoría?  Por eso dudo de que haya verdaderos ateos.

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