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martes, 15 de octubre de 2013

EQUILIBRIO ENTRE EL DAR Y EL TOMAR


Me siento afortunada porque desde hace un año soy novia de un hombre que tiene casi cuatro años divorciado. Él es noble, generoso, entregado, confiable, inteligente y, lo más importante, me ama. Como mujer, yo dejo que él caballerosamente pague todo lo que implica nuestras salidas cotidianas; pero, en cuestiones extraordinarias, como viajes, yo propuse solventar los gastos por partes iguales.  E igual sería si llegáramos a formalizar lo nuestro; no me parece justo ni digno de mí, como profesionista que trabaja, “recargarse” en el hombre que ama, especialmente cuando él tiene un compromiso con dos hijos menores a quienes les solventa todos sus gastos. No tengo problema con eso, por el contrario, el  hecho de que sea un padre responsable y amoroso es una de las cosas que más admiro en él. Sin embargo, creo que su ex mujer abusa cargándole desde el regalo de Navidad para las maestras hasta los gastos de los niños cuando ella va a visitar a su novio al norte del país. Yo no he tocado el tema todavía porque no sé qué debo hacer.  Lo más importante para mí es respetarlo como padre y no ser injusta con él…pero ¡tampoco quiero serlo conmigo!   Me siento confundida.    A veces pienso que no debo meterme, ya que es su dinero y son sus hijos; otras veces, quiero plantear que si él no involucra a su ex esposa, quien también es profesionista que trabaja, con los gastos de quienes también son sus hijos,  no está creando un ambiente justo en el que pueda tener en el futuro una relación sana con otra pareja.

RESPUESTA

Tienes muy claro que deseas amar y respetar a tu novio tal como es: un hombre con un compromiso previo hacia sus dos hijos. Lo admiras por responsable. También crees que su ex mujer abusa de él. No sabes si debes intervenir en esa parte de su relación con su primera familia que piensas te afecta, en el sentido de que a él le quede poco espacio económico disponible para ti. ¿Voy bien? Y temes que por comprensiva puedes pasar a ser injusta contigo.

Al parecer estás consciente de que un hombre o una mujer divorciados tienen ya ocupada buena parte de su corazón y sus recursos, y ofrecen a la segunda pareja mucho menos de lo que en su momento pudieron ofrecer a la primera, cuando estaban libres de compromisos previos. Y que esta segunda pareja debe honrar y respetar a la primera y todo lo sucedido y por suceder entre ellos, bueno y malo, para tener éxito en su relación, porque si se lo apropia y lo carga, sufre de una inútil ocupación de su fuerza. Es un gran reto y una oportunidad para trascender tus propios límites, reto para el que estás disponible: mirar a tu novio como adulto capaz de enfrentar sus propias broncas.

Adquirir un compromiso en estas condiciones conlleva una carga adicional para ambos. En cuanto al tiempo y lo económico, tú quedas en situación de dar más de lo que él puede dar; y él, en la de tener que inventar maneras de compensarte. Respecto a experiencias del desarrollo, él ha tenido más y más variadas: ya estuvo casado, tenido hijos y vivido una separación; tú no. ¿Es riqueza para compartir contigo? Depende del cristal con que lo mires; puedes sentir que sí, o que no.

¿Es importante el equilibrio entre dar y tomar? Mucho. En cualquier relación, salvo en la de padres a hijos, cuando uno da de más y el otro recibe de más, el receptor debe irse; las “deudas” afectivas lo abruman, no puede “pagarlas” y huye, en busca de una situación dónde sentirse menos presionado. ¿Qué lo presiona? Primero, la sensación personal de no poder estirarse hasta donde lo que da sea suficiente para compensar lo que recibe; luego, que el otro le esté cobrando, abierta o tácitamente, con palabras o con su insatisfacción. Algunos encuentran otra “solución”; el receptor se ubica como “el hijo”, así se comporta, y el “dador” como madre: lo provee, educa, corrige, advierte, protege, gobierna, etc.

Quién sabe si ustedes estén dispuestos a tratar abiertamente este asunto del equilibrio y llegar a negociaciones. Ahora, y muchas veces en el futuro.

 


 

lunes, 13 de febrero de 2012

UN VIEJO AMOR

Tuve una novia a la que quise desde muy jóvenes. Por azares de la vida nos separamos, cada uno se casó y luego se divorció y recientemente volvimos a andar de novios. No de manita sudada, hubo más. Ella me decía lo bien que se le hacían mis abrazos, hablamos de casarnos, y un día ella me confesó que debía hacerse cargo de una irresponsabilidad que cometió porque estaba embarazada. Quedamos en no vernos más, pero rompimos el trato. Ella ya vive con alguien, y me llama, me cita, me pide favores, yo le digo que no iré y luego voy. Siento que tengo un amor demasiado grande, no sé si como dice la canción: la prefiero compartida antes que vaciar mi vida. ¿Qué me aconseja?
RESPUESTA
¡Ay, el amor! Nos vuelve otras personas, capaces de todo. Lo que en nuestros cinco sentidos no haríamos, enamorados no lo pensamos dos veces y toleramos cualquier peligro. Y si percibimos que podemos perder al ser amado, movemos cielo y tierra para retenerlo, ese movimiento incluye nuestras maneras habituales de pensar, esperar y exigir.
Es evidente que estás sufriendo mucho. Quisiera decirte algo que te consolara, pero no creo que exista una palabra que logre hacerlo. Necesitas llorar, porque has perdido algo que para ti era muy valioso. Lo has perdido, porque incluso si aceptaras “compartirla”, ya no sería igual; posiblemente conservarías la esperanza de que, con el tiempo, lograrías que ella te eligiera sólo a ti. Así es el amor erótico, al menos en nuestra cultura, tremendamente posesivo. Exige exclusividad, o degenera en fuertes sentimientos de otro tipo. Fuertes, digo. Apasionados. Peligrosos. En ocasiones, cuando el que ama no logra eliminar al rival o hacerlo que se retire, desbarata el triángulo eliminándose a sí mismo. Eso distingue al amor erótico de otros amores: no comparte.
Mi sugerencia es que busques ayuda profesional, para que te acompañe a sortear este escollo que te ha presentado la vida. Mientras tanto, quizá quieras repetir interiormente las frases siguientes, a ver si tienen resonancia en ti:
Te he amado mucho. Te di todo lo que pude darte, deseo que lo conserves como un regalo mío. Agradezco lo que tú me diste y lo conservaré en mi recuerdo. De lo que hubo malo entre tú y yo, tomo toda mi parte de responsabilidad, y en tus manos dejo tu parte. Fue glorioso. Ahora, con amor, te dejo que sigas tu destino.
Te deseo lo mejor.

lunes, 6 de junio de 2011

IDENTIFICADA CON LAS AMIGAS

Tengo 29 años. Mi consulta proviene de observar que amigas o compañeras a las que yo he considerado exitosas en su profesión, cuando se casan sufren un bajón laboral impresionante y además cambian de carácter, como si perdieran seguridad. Varias teníamos un grupo bonito, dos veces al mes dejábamos a los novios y nos veíamos, pero esto casi se acabó porque algunas se casaron y ya no pueden asistir. Me doy cuenta de que cuando me entero de algo desagradable que les pasa a mis amigas, poco después riño con mi novio y eso me tiene preocupada. Me ha entrado temor a comprometerme y que me suceda lo mismo. ¿Cómo podría quitarme este miedo que me está perjudicando?
RESPUESTA
Un temor es el resultado de percibir determinada situación, procesarla en la mente y llegar a una conclusión desagradable. Por el contrario, si la conclusión es agradable, proporciona esperanza y fe.
Percibir es indispensable. Procesar la información, también. Lo no indispensable es llegar a una conclusión de miedo y permanecer en ella, sin buscar otras más benignas. Por ejemplo: el conductor de un auto debe percibir la carretera y darse cuenta de cuáles tramos son rectos, curvos, de subida o bajada, dónde hay desviaciones, baches o algún accidente, y procesar la información de manera que pueda hacer los ajustes corporales para seguir el camino; pero cometería un error si, al encontrarse con un accidente, en lugar de continuar percibiendo lo que sigue, repitiera en su imaginación una y otra vez la desafortunada escena que vio hasta convencerse de que a él también le ocurrirá lo mismo.
Dices que cuando te enteras de que a tus amigas les pasa algo desagradable, poco después riñes con tu novio. Imagino que te das cuenta de la equivocación, pero no puedes evitar reaccionar. Me haces recordar el tiempo en que aprendí a conducir, hace ya muchos años, en un auto que no tenía espejos laterales, pero luego, un día, cambié a uno que sí los traía. Puedes imaginar la frenada descomunal que instintivamente di al ver que, por la izquierda, otro auto se nos echaba encima. Por supuesto que no era verdad, sólo que mi cerebro procesó como real la imagen que le enviaba un espejo que antes no estaba ahí, y todo mi cuerpo reaccionó de manera automática. No podía conducir así, cada vez que un vehículo se acercaba por detrás, tenía el reflejo de aplicar el freno. Fue necesario que me estacionara a un lado de la avenida y durante un cuarto de hora observara los coches que pasaban a través de la superficie lisa, hasta que mi cerebro asimiló la nueva realidad y dejó de hacerme reaccionar a su presencia. Quizá te sea útil que, cada vez que una amiga te confía alguna de sus dificultades, en tu mente le digas: “Tú allá, y yo acá. Tu vida y la mía son distintas”. Así, aunque sigas queriéndola entrañablemente, podrás percibir que ella y tú son personas que tienen cada una vida y reacciones diferentes.