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lunes, 5 de marzo de 2018

ESTAFETA EPIGENÉTICA



Cada uno de nosotros es la mejor versión de ser humano que su familia ha producido, el punto máximo de evolución logrado en su sistema familiar. Somos el fruto de lo que papá, mamá, nuestros abuelos y bisabuelos y demás ancestros vivieron; el producto de sus victorias y derrotas. Cualquier evento y la manera de vivirlo preparó no sólo el hábitat donde nacimos, sino que se convirtió en una de los millares de grabaciones y creencias que no inventamos ni descubrimos personalmente, sólo  las llevamos dentro como una continuación de la historia que ellos vivieron. 

¿Fueron eventos dichosos o desafortunados? ¿Nuestros ancestros lograron comprenderlos y asimilarlos, o les fue imposible? Todo lo que ellos gozaron o fueron incapaces de digerir, nos es dado como herencia, reto y materia prima que conforma nuestra personalidad, incluidos aquellos eventos cuya solución estaba fuera de su alcance y los afectaron, como las guerras, las hambrunas, la efervescencia poblacional, los cambios de gobierno… 

La Epigenética, ciencia que es rama de la Biología Molecular, ha encontrado pruebas de que la respuesta a un evento estresante activa el interruptor de un gen, que luego es heredado. Esto significaría que la evolución genética continúa como forma adaptativa a las circunstancias y que pasaremos a nuestros descendientes las experiencias de los eventos que hoy vivimos, solucionados y para solucionar. Serán su manera de pensar y conducirse, más lo que ellos logren avanzar por sí mismos.

A veces, las generaciones mayores suelen decir, “en mis tiempos todo era mejor”; pero no es posible sostener esas expresiones como verdaderas porque, en cada ser humano, la humanidad intenta evolucionar y mejorarse a sí misma. Esta humanidad se configura constantemente con el conjunto de acciones de las personas que la constituyen, o sea, nosotros. Así como una familia es y vive tal como sus miembros logran hacerla funcionar, igual las sociedades muestran los aciertos y desatinos de sus individuos. 

Las generaciones ahora viejas recibieron, al nacer, una humanidad atrapada en costumbres intrafamiliares que los jóvenes de hoy no las pueden creer; y además, doliente y herida por las guerras más atroces de la historia. Cierto, las familias se veían sólidas, pero a costa de grandes inhibiciones y  sufrimientos ocultos. No muchas eran felices ni apoyaban a todos sus miembros. 

Estas mismas generaciones ahora viejas lucharon denodadamente y obtuvieron numerosos cambios a favor de la vida y el bienestar de las personas y las familias. ¿Será exagerado decir que donde menos se ven transformaciones positivas es en la política? La juventud que recibe estos cambios ya realizados, ni idea puede formarse de lo difícil que fue obtenerlos, toman la estafeta y la pasarán a las que les siguen. ¿Cómo es la humanidad que hoy se entrega y se recibe? Una en búsqueda de formas nuevas de solucionar sus problemas, que también vive en la carne de sus miembros los aciertos y errores de estos. 

Quiere decir que al tomar decisiones que aumentan el propio bienestar, o tomarlas desafortunadas que ocasionan dolor y confusión, no sólo nos afectamos a nosotros mismos que hemos de vivirlas, sino a las generaciones que nos siguen y las recibirán tanto como aprendizaje por la convivencia, como adosadas a su paquete de ADN. 

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Psic-Ma-Dolores-Hernandez-Gonzalez

martes, 27 de junio de 2017

LO MARAVILLOSO DE SER VIEJO




En días pasados me reuní con algunas compañeras a desayunar. Después de la charla, cuando nos despedimos, me sentía extremadamente feliz de ser vieja.

Platicamos sabroso. Constatamos que no para todos los viejos es maravilloso serlo; tienen puesta su mirada en el pasado; sufren demasiado por haber dejado atrás los años de juventud, la piel tersa, los músculos poderosos, el protagonismo social, las carreras y angustias de los múltiples dilemas por solucionar. No se hacen el ánimo a aceptar el tiempo extra que se les concede para vivir para sí mismos y hacer todo y sólo lo que les gusta.

Un viejo feliz ha preparado su felicidad pagando precios muy altos. Ha trabajado duramente en sí mismo y continúa haciéndolo. Sus pensamientos son más o menos así:

Muy bellas la adolescencia y la juventud, pero ya pasaron. Pagué el precio y seguí con lo que seguía (tarde o temprano me alegré de que otros adolescentes y jóvenes llegaran a ocupar mi lugar y desplazaran mi música, mis modas, mis héroes…).

Hermosa la edad adulta, pero ya se fue. Pagué y sigo pagando el precio agridulce de ver a los hijos crecidos, haciéndose cargo de lo suyo, en un mundo que es demasiado diferente a aquel mío, en donde yo estaba a cargo. 

“Eso ya no se usa”, me dicen. Pago el precio y callo, respeto que hagan las cosas de otro modo, el suyo, incluso cuando creo que no funcionará. Me hago a un lado. ¡Muy caro! Sufro con el desplazamiento y debo ocuparme en reparar mi corazón, porque lo necesito alegre y funcional. Comprendo que ahora sólo soy protagonista de mi propia vida. Me dedico a buscar cómo hacerla bella y fecunda.

Encantador y comodísimo ser hijo, pero he pasado a ser la generación vieja de la familia, la de padres y abuelos. ¡Qué alto precio! Mis papás me miran desde el cielo. Ya no pretendo reclamarles nada, muchas de sus conductas se aclararon en mi mente cuando me vi forzada a tomar el “lugar de honor” o “departamento de quejas”. 

“Mamá, papá, tu no debiste…”. Pago. Comprendo que mis hijos son más jóvenes y aún conservan la ilusión/anhelo de que sus padres les entregáramos la vida resuelta. No los condeno. Tampoco trato de convencerlos. Ni de consolarlos. Sólo espero. La vida sola se encargará de darles sabiduría, si saben pagar los precios. Tendrán una vejez maravillosa, o tal vez no; algunos viejos opinan que es horrible ser viejo.

Lo maravilloso de ser viejo es haber terminado con los deberes y vivir a placer lo que a uno le gusta. Es saber cómo recibir con buen humor la vida como viene. Es creer en pocas cosas y no tener interés en defenderlas. Es asimilar que la propia opinión no surte efecto sobre nadie y si acaso lo hace, es apresurarse a liberar al hijo o a quien la escucha para que sea capaz de hacer lo que desea hacer. 

¡Qué maravilloso es ser viejo!

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com ,  o en facebook.com/Psic-Ma-Dolores-Hernandez-Gonzalez



lunes, 13 de junio de 2016

RECHAZO A MI HIJA



Tengo una niña de 12 años y otra de 4. Me casé muy joven, a los 18 años, pero ahora me pasa algo raro, una sensación rara con mi hija de 12 años. La llamo rara porque siento rechazo hacia ella y no sé por qué.....recuerdo que siempre que me soñaba que tenía hijos, en mis sueños me los imaginaba hasta los 2 o 3 años, no más grandes. Cuando me soñaba con hijos más grandes y despertaba, sentía esa sensación de rechazo que ahora me pasa con mi hija. No quiero que mi niña sienta que su madre no la quiere, por favor ayúdeme a tratar de entender este sentimiento, ya que solo me pasa con ella, con mi otra niña pequeña, no. No sé si sea algo que yo cargo desde niña o qué pasa, ojalá me pudiera contestar, me siento desesperada.
OPINIÓN
Antes que nada, necesitas serenarte. Cuando se pierde la serenidad, una sigue dándole cuerda a los pensamientos y forma monstruos en la mente, igual que los niños cuando se convencen de que en el closet hay uno; por más que los papás intentan convencerlos de que no es así, ellos continúan sintiéndose en peligro. Serena, pues, para que puedas seguir leyendo.
Dices que tu hija tiene doce años (posiblemente ya tuvo su regla o esté próxima. Lo menciono porque no sé si ya es adolescente) y que te sorprende sentir rechazo hacia ella. Cuentas que cuando te soñabas con hijos pequeños no había problema, pero si los soñabas grandes entonces sí, y te despertabas con un rechazo parecido al que sientes ahora. Agregas que no quieres que tu hija sienta que su madre no la quiere.
Yo creo que sí quieres a tu hija. Si no la quisieras, ni estarías haciendo esta pregunta ni te sentirías desesperada; te daría igual si ella se diera cuenta o no, o habrías inventado mil argumentos de mala conducta de ella para justificar tu desamor, así que no es tu cariño de madre lo que está en duda.
Abordemos el rechazo. Aunque puede haber numerosas causas para este tipo de sentimientos, comenzaré con la que tus sueños parecen sugerir: prefieres lidiar con hijos pequeños y no con grandes; chiquitos te parecen más fáciles de cuidar, preferirías que no crecieran. Conocí a una señora que tenía temores parecidos, y un día dijo: “Quisiera que mis hijos se quedaran como están, pero de esta edad, yo para qué quiero enanos”.
Muchos padres quisieran proteger a sus vástagos de todo dolor, como si fuera posible, y sufren pensando en lo que sus hijos deberán vivir cuando crezcan. Algunos además se asustan. Otros, aparte  de sufrir y asustarse, pasan al extremo de sentir rechazo por ellos y toda la juventud, su ropa, música, lenguaje, juegos, aspiraciones, costumbres… todo.   
Como dije más arriba, puede haber multitud de causas para que se presenten sentimientos como los que tú estás sufriendo. Mi recomendación es que hagas una Constelación Familiar sobre la relación con tu hija, ahí puedes ver mucho. Después de constelar, lo más probable es que requieras ayuda profesional. Para algunas personas es suficiente con ver lo que ocurre y tomar las decisiones pertinentes; para otras, la decisión pertinente es acudir a terapia y enfocarse en lo que vieron.
Deseo que mientras tanto utilices todos los recursos de que dispongas para serenarte, porque la imaginación es muy traviesa y puede jugarnos malas pasadas. No dejes para después el atenderte, el asunto puede seguir creciendo.
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martes, 1 de abril de 2014

TERMINÉ MI NOVELA


Pues bien, después de más de cuatro años, terminé de escribir mi novela EL QUE SE FUE A LA VILLA. Estoy contenta. Es una historia de migración, pues todos los personajes emigran, ya sea de su tierra natal, clase social, antigua familia o pensamientos acostumbrados. Algunos buscan el cambio, otros lo detestan, pero éste igual se presenta aunque no lo llamen, obliga a cada uno a encontrarse consigo mismo y contemplar su ser. De buen o mal grado, todos son enfrentados a lo difícil, complejo y adverso que lo nuevo suele traer consigo, dentro de un escenario fronterizo que no es campo ni corazón de la ciudad, no pertenece a las clases bajas ni a las altas, no es de avanzada y tampoco de la retaguardia, sino una clase media que la alta considera baja y que en muchos aspectos vive mejor que los privilegiados por la fortuna. Todos los miembros de esta familia se ven comprometidos a tomar decisiones que les facilitarán instalarse en el nuevo territorio, o sentirse faltos de pertenencia. Además, el relato involucra a México y su historia como protagonista de la narración

Terminar un libro da mucha satisfacción, permite mirar atrás y ver cumplidas las diversas fases del proceso creativo: dejar que la imaginación vuele, mire la realidad desde muchos ángulos y engendre cosas nuevas; dar forma, ilación, estructura y verosimilitud a estas imágenes creadas; sacar de la mente y trasladar al papel los resultados de los procesos anteriores; y por último, tener el valor de mostrar a otros la propia visión. Ninguna es fácil, pero descubrirla ante los demás tiene un grado especial de dificultad; estoy segura de que en muchos armarios existen escondidas obras de arte que sus autores no se atrevieron a exhibir. ¡Huy! Uno está consciente de que no a todos les va a agradar en la misma medida; algunos quizá lo digan, otros lo piensan y no falta quien siente la necesidad de arremeter en contra de lo expresado; sin embargo, siempre será valioso para el propio desarrollo hacer acopio de fortaleza y mentalmente decir: “Esta es mi obra, así pude hacerla. Deseo que guste, pero si no, de todas maneras contiene lo mejor de mí y es mi logro”.

Terminar otra novela también me permite mirar más atrás aún, cuando publiqué mi primer libro: “Quién entiende a las mujeres”. Recuerdo la gentileza del Periódico a.m., que me hizo una entrevista. La reportera, muy joven, me preguntó: “¿Por qué comenzar a escribir a esta edad?”. Yo tenía unos cincuenta años. Inicialmente me sonrojé con su pregunta y tardé un poco en responder; indagaba en mi interior los motivos por los que no había comenzado antes y me disculpaba ante mí misma pensando que había tardado más de diez años en completar aquel mi primer libro, luego caí en la cuenta de que aun así no era una jovencita al comenzar y que nuestra cultura adora la juventud. Con la velocidad del pensamiento retrocedí hasta el año en que fue fundada la carrera de periodismo en la Universidad La Salle, UBAC en aquel tiempo, por los hermanos y el Ing. Enrique Palos. Fui de la primera generación. Muy buenas las clases, pero deserté porque sentí que no tenía nada que decir; me faltaba vivir y reflexionar. “Hasta ahora se me dio”, respondí. Tardé varios años más en asumir que las vocaciones pueden surgir en cualquier edad, y en la madurez son doblemente valiosas; ahora escribir da mucho sentido a mi vida, precisamente en una etapa que se caracteriza por la necesidad de insertarse activamente en ella, en lugar de esperar y “dignarnos” aceptarla, como cuando, por la juventud, es la vida quien nos empuja y envuelve en todos los aspectos.

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martes, 18 de febrero de 2014

EL LEGADO


Mi esposo se jubiló hace casi un año, ahora pasa más tiempo en casa, pero no puedo decir que  conmigo. Me gustaría saber si puedo hacer algo por él, también por mí. Tiene 67 y yo 59; nunca había sentido tanto la diferencia de edades, es como si él trajera un muerto cargando y yo tuviera que ayudarle, está retraído, nada lo satisface, ni siquiera cuando vienen los hijos con los nietos se alegra, luego que se van se encierra en la recámara y dice que lo cansan demasiado con su bulla, siento como si me mirara con rencor, como si yo tuviera la culpa de lo que le pasa. Yo qué más quisiera que poder hacer algo en su favor, quitarle los pesos, también yo me estoy aislando de mis amistades para acompañarlo.

OPINIÓN

Cada etapa tiene sus propios retos, ¿verdad?, y la tercera edad se caracteriza por el cumplimiento de todas las fantasías y realidades de edades anteriores. Es el tiempo de la cosecha de todo, bueno o malo. Luego, con dicha cosecha, de entregar un legado a las generaciones siguientes: la propia experiencia, conocimientos y conclusiones que se han obtenido por vivir una larga vida. No significa que terminaron las oportunidades de aprender y crecer; éstas perduran hasta el momento mismo en que abandonamos el planeta; siempre podemos seguir enriqueciendo nuestro legado. Lo que logremos ser y vivir, eso será lo que regalemos a nuestra descendencia, aparte de las cosas materiales que podamos dejarles. Viviremos en ellos tan felices o infelices como pudimos ser en nuestra vida, hasta que cada descendiente invente algo y lo aporte a su propio legado para los que le siguen.

Dices que tu esposo está retraído y cansado, y que a veces crees que te mira con rencor. ¿Tienes idea de cuáles fantasías subyacen en esto? Tuyas y de él. Se me ocurre una: que tú debes ser la fuente de la eterna juventud para los dos. ¿Es posible realizarla? Posiblemente, no, puesto que no existe la eterna juventud, sino el recorrido por las diversas etapas de la vida.

Influenciados por pensamientos materialistas de moda, podemos creer que solamente los treintones y cuarentones tienen oportunidad de ser activos y felices, o que la vida tiene sentido exclusivamente realizando lo que es propio de esas edades: conquistar una pareja, trabajar por una remuneración económica, tener hijos y cuidarlos y cosas relacionadas con ello. Nuestra cultura casi nos obliga a creer que esto es verdad cuando nos dice (o decimos): Eres demasiado joven para… o demasiado viejo para…

Más perniciosas aún son las fantasías en las que solamente la infancia o la adolescencia merecen ser vividas y la persona imagina que su estado ideal sería permanecer protegida y atendida por un “papito” o una “mamita” sustitutos que le laven la ropa, la alimenten, le proporcionen un sitio para vivir, tomen decisiones por ella… y no necesite hacerse responsable de sus actos. Y cuando llega a la adultez o a la tercera edad, siente que la vida le debe, pues no le ha proporcionado la seguridad que, en su fantasía, le era debida.

Con frecuencia, las crisis como la que refieres son un detonador para que las personas de la tercera edad caigan en la cuenta de que necesitan un segundo proyecto de vida, puesto que el primero ha sido cumplido. Y este segundo proyecto es mucho más amplio y generoso: abarca varias generaciones y, además, la necesidad de trascender e incluir al espíritu en sus vidas.

Te recomiendo buscar ayuda profesional para los dos y hacer una Constelación Familiar que les permita mirar y asumir el importantísimo y trascendental lugar que ocupan en su familia.

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