Mostrando entradas con la etiqueta CRECER. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CRECER. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de agosto de 2020

NEUROSIS DE CLASE

 ¿Existen las clases sociales en la vida real, o se trata de abstracciones teóricas? ¿Tiene esto alguna importancia en Psicología? Mucha. Poder decir “yo pertenezco a...” es un factor importante de la identidad personal.

Cuando se habla de clases sociales, en mi mente ubico los extremos en un continuum, desde los muy pobres y sin poder, hasta los muy ricos y poderosos. En algún sitio intermedio estamos cada uno de nosotros.

Sucede que para poder estudiar algo se lo divide (en la teoría, porque en la práctica no siempre es posible dividir lo que se estudia). Por ejemplo, hay médicos especialistas en riñón, corazón, pulmones, etc., aunque ninguno de estos órganos sea independiente de los demás, pues actúa en sincronía con todos los del cuerpo. Lo mismo sucede con la sociedad, se la divide en clases hipotéticas aunque no haya claras fronteras entre ellas, y luego, se nos enseña a pensar con estereotipos.

Pensar con estereotipos es creer que los miembros de dichas clases sociales actúan de modo similar, y aceptar de buen grado la supuesta semejanza, aunque de ninguna manera sea exacta ni completa. Por ejemplo, no es cierto que todos los pobres son sucios, ni que todos los ricos siguen las normas de  higiene; tampoco que todos los pobres son honestos y todos los ricos tramposos y corruptos. En todas las clases hay de personas a personas, distintas entre sí.

¿Cómo nacen los estereotipos? Es difícil precisarlo, pero sí podemos localizar momentos o personajes que los alientan y favorecen. Para dar sólo dos ejemplos, el ídolo Pedro Infante actuó en películas cuyos personajes eran “pobres buenos” y “ricos malos”. Carl Marx definió a la historia y a la sociedad como una lucha de clases entre los explotadores (malos) y los explotados (buenos), que debía desembocar en una dictadura de los buenos, los proletarios.

Serge Tisseron, psiquiatra, psicoanalista, psicólogo e investigador francés, asegura que estos estereotipos permean en las familias y pueden ocasionar lo que él llama “neurosis de clase”. Ponía por ejemplo a Francois, un trabajador cuyo padre solía decir con apasionamiento: “Los burgueses son malvados, inútiles e inmorales” y al mismo tiempo lo alentaba a estudiar con ahínco para que no llevara “la vida de perro de su padre”. El hijo triunfó en los estudios, obtuvo un buen matrimonio con la hija de un político y se fue a vivir con ella a un piso con protección oficial de un barrio comunista. Pero allí la pasaba muy mal, con la terrible sensación de estar traicionando a sus antepasados y a su propia clase obrera; sentía que se había convertido en un malvado burgués.

Muchos hijos se han encontrado con este mismo mensaje: “No queremos que seas como nosotros, trata de escapar de esta vida nuestra” y luego, ya de adultos, cuando lo logran, la familia los rechaza y les echa en cara que se volvieron soberbios o con alguna característica “de la clase enemiga”. En ocasiones, estos hijos triunfadores se convierten en explotados al sentirse en obligación de hacerse cargo de la familia, como una manera de recuperar su amor.

Las personas siempre tenemos una narrativa acerca de la propia historia que afecta, para bien o para mal, tanto a la imagen de nosotros mismos como a nuestra salud mental. Por elevada y “políticamente correcta” que fuere la imagen que tenemos de nosotros mismos, si no podemos amarla debido a que no armonizara con nuestros ideales o los de nuestros padres, tampoco podremos sentirnos bien. Pareciera que desde nuestro interior, papá y mamá (aunque ya hubieran muerto) nos dijeran: “Te estoy mirando, sé bueno ante mis ojos”.

“No hay crecimiento sin culpa”, decía Bert Hellinger, el creador de Constelaciones Familiares. Se refería a que, para crecer, necesitamos dejar a nuestros padres con sus pensamientos, y dar valor a los nuestros. Esto, puntualmente, trae culpabilidad. Y sugería un segundo paso para solucionarla; decirles en el corazón: “Papá, mamá, que yo sea distinto no significa que haya dejado de quererte. Mira con buenos ojos mi diferencia”.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o al teléfono 7 63 02 51

 

martes, 25 de junio de 2019

LA INFIDELIDAD DUELE


En respuesta a una pregunta, paso directamente a dar mi opinión. 

Estás desesperada porque no sabes si pensar que ya terminó el amor que sentía tu esposo por ti, o si luchando obtendrías una nueva oportunidad para ti y tu familia. Agregas: “A veces siento que él sabe lo que quiere y no se anima a decírmelo”. Luego describes la devastadora experiencia de enterarte que mientras tú esperabas a su hija, él andaba con otra mujer, lo mucho que te duele, que reaccionaste corriéndolo de la casa y tus hijos quedaron muy tristes. ¡Experiencia extremadamente difícil y dolorosa! Por favor considera buscar ayuda profesional, es demasiado pesada para solucionarla tú sola.

Quisiera decir algo que te consolara pero no es consuelo lo que estás necesitando, sino inteligencia y cálculo, porque este dolor lo vas a sufrir por algún tiempo sin posibilidades de evadirlo. 

Cuando menciono inteligencia y cálculo me estoy refiriendo a que para solucionar un problema es necesario comprenderlo y calibrar bien las medidas que se van a tomar, sus costos y ventajas y el resultado final. Esto quiere decir que necesitas tener una idea clara de lo que te propones obtener, porque hay infinidad de opciones. Veamos sólo tres.

Opción 1: DESQUITARTE, vengar tu dolor y hacer que él sufra lo mismo. Se puede llevar a cabo de dos maneras: con amor o con odio. 

a.    CON AMOR es describirle todo lo que está ocasionando sin rodeos y sin evitarle sufrimientos ni culpas, dejándolo que “se fría en su propia salsa”, es decir, en las consecuencias naturales de sus elecciones. Sin embargo, cuidas que el daño sea un poquito menor al que él ha ocasionado y cuidas a tu familia, hasta que tu propia alma sienta que “están a mano”, lo cual puede suceder o no. 

b.    CON ODIO es ocasionarle sufrimientos de cualquier tipo, tengan o no que ver con la ofensa al compromiso y sin proteger a nadie, incluida tú misma o los hijos de ustedes. Termina en guerra sin ganadores, todos perdedores.

Opción 2. PERDONAR, dejar pasar lo ocurrido sin consecuencias, olvidarlo y seguir adelante como si nada. El pretexto es irrelevante: los hijos, la economía, la religión, el miedo a la soledad, la necesidad sexual, el amor… De antemano te advierto que ésta es una solución mentirosa que convierte a las familias en escenarios teatrales donde todos mienten acerca de sus sentimientos. Este tipo de perdón nada tiene que ver con el perdón auténtico y sanador.

Opción 3. CRECER ESPIRITUALMENTE, DESARROLLO HUMANO. Tomar los hechos como retos y oportunidades para evolucionar y expandir la armonía interior, ejercitando tu confianza en un Poder Superior que está a cargo y te brinda asistencia a fin de que conviertas la adversidad en bendiciones. Es de mucha ayuda pedir asistencia humana profesional, insistir en amarte a ti misma e incluir al Espíritu en la ecuación.

Observa que en ningún momento mencioné que intentes convencerlo de lo buena que eres o cuánto lo amas, empeñarte en hacerlo que cambie, ayudarle a solucionar sus problemas o cargar con su culpa. Nada que tú hagas es responsable de las acciones de otra persona. Si hizo lo que hizo es porque quería. 
Quizá tú estés de acuerdo en que el matrimonio debe ser libre y convenir a los dos, pero el compromiso con los hijos es para toda la vida.

Un cambio de tema: Presentaré mi nuevo libro titulado “RELATOS DE AMOR, VIDA Y MUERTE”, el próximo día 3 de julio a las 6:30 p.m, en las instalaciones de este PERIÓDICO A.M. Será un placer para mí que mis lectores me acompañen. Gracias.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com

martes, 18 de febrero de 2014

EL LEGADO


Mi esposo se jubiló hace casi un año, ahora pasa más tiempo en casa, pero no puedo decir que  conmigo. Me gustaría saber si puedo hacer algo por él, también por mí. Tiene 67 y yo 59; nunca había sentido tanto la diferencia de edades, es como si él trajera un muerto cargando y yo tuviera que ayudarle, está retraído, nada lo satisface, ni siquiera cuando vienen los hijos con los nietos se alegra, luego que se van se encierra en la recámara y dice que lo cansan demasiado con su bulla, siento como si me mirara con rencor, como si yo tuviera la culpa de lo que le pasa. Yo qué más quisiera que poder hacer algo en su favor, quitarle los pesos, también yo me estoy aislando de mis amistades para acompañarlo.

OPINIÓN

Cada etapa tiene sus propios retos, ¿verdad?, y la tercera edad se caracteriza por el cumplimiento de todas las fantasías y realidades de edades anteriores. Es el tiempo de la cosecha de todo, bueno o malo. Luego, con dicha cosecha, de entregar un legado a las generaciones siguientes: la propia experiencia, conocimientos y conclusiones que se han obtenido por vivir una larga vida. No significa que terminaron las oportunidades de aprender y crecer; éstas perduran hasta el momento mismo en que abandonamos el planeta; siempre podemos seguir enriqueciendo nuestro legado. Lo que logremos ser y vivir, eso será lo que regalemos a nuestra descendencia, aparte de las cosas materiales que podamos dejarles. Viviremos en ellos tan felices o infelices como pudimos ser en nuestra vida, hasta que cada descendiente invente algo y lo aporte a su propio legado para los que le siguen.

Dices que tu esposo está retraído y cansado, y que a veces crees que te mira con rencor. ¿Tienes idea de cuáles fantasías subyacen en esto? Tuyas y de él. Se me ocurre una: que tú debes ser la fuente de la eterna juventud para los dos. ¿Es posible realizarla? Posiblemente, no, puesto que no existe la eterna juventud, sino el recorrido por las diversas etapas de la vida.

Influenciados por pensamientos materialistas de moda, podemos creer que solamente los treintones y cuarentones tienen oportunidad de ser activos y felices, o que la vida tiene sentido exclusivamente realizando lo que es propio de esas edades: conquistar una pareja, trabajar por una remuneración económica, tener hijos y cuidarlos y cosas relacionadas con ello. Nuestra cultura casi nos obliga a creer que esto es verdad cuando nos dice (o decimos): Eres demasiado joven para… o demasiado viejo para…

Más perniciosas aún son las fantasías en las que solamente la infancia o la adolescencia merecen ser vividas y la persona imagina que su estado ideal sería permanecer protegida y atendida por un “papito” o una “mamita” sustitutos que le laven la ropa, la alimenten, le proporcionen un sitio para vivir, tomen decisiones por ella… y no necesite hacerse responsable de sus actos. Y cuando llega a la adultez o a la tercera edad, siente que la vida le debe, pues no le ha proporcionado la seguridad que, en su fantasía, le era debida.

Con frecuencia, las crisis como la que refieres son un detonador para que las personas de la tercera edad caigan en la cuenta de que necesitan un segundo proyecto de vida, puesto que el primero ha sido cumplido. Y este segundo proyecto es mucho más amplio y generoso: abarca varias generaciones y, además, la necesidad de trascender e incluir al espíritu en sus vidas.

Te recomiendo buscar ayuda profesional para los dos y hacer una Constelación Familiar que les permita mirar y asumir el importantísimo y trascendental lugar que ocupan en su familia.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , al teléfono 7 63 02 51 o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.

 

 

lunes, 2 de agosto de 2010

CRECER

CRECER
Leo sus artículos y me gustan. Me gustaría saber porqué en todas partes se habla de cambio: cambiar de hábitos, cambiar de manera de pensar, etc. Qué diferencia hay entre querer cambiarlo todo y ser inestable de carácter
RESPUESTA
El cambio es la esencia de la vida. Un antiguo filósofo, Heráclito, decía que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, pues cambia la persona y cambia el río, en un proceso continuo de nacimiento y destrucción al que nada escapa. Si esto es verdad, entonces no es que necesitemos cambiar, sino que cambiamos, y punto.
Ahora bien, ya que cambiamos aunque no hagamos nada, es preferible hacer algo para conducir este cambio hacia el crecimiento y no hacia la involución.
¿Esto es posible? En el cuerpo, sólo en determinadas edades; en la mente, siempre.
En el cuerpo, un bebé y un niño cambian hacia un mayor desarrollo; el maduro y el viejo, hacia un declinar que terminará en la muerte. La mente, por fortuna, puede crecer perpetuamente; no obstante, a veces también involuciona como el cuerpo. Para mantenerla en forma se necesita ejercitarla constante, firme y tenazmente con cambios dirigidos hacia la adaptación inteligente y armoniosa a las circunstancias. Esto es esencialmente opuesto a la inestabilidad de carácter, que consiste en que la persona no decide ni se hace cargo de dirigir su vida, sino reacciona a los acontecimientos de manera automática e impredecible. Imagino la diferencia entre ambos como el estilo de conducir un auto. En el primer caso, el conductor quiere llegar a un destino y se adapta a lo que encuentra; ve un bache o una curva y hace las modificaciones pertinentes en el volante, el acelerador o el freno, para pasarlos de la mejor manera; en cambio, el inestable de carácter no modifica nada, permite que el auto brinque o salga de la carretera y luego se queja o maldice su mala suerte, sin reconocer su colaboración en lo que está sucediéndole. Quiero decir que de todas maneras tuvo cambios, pero no hacia una mayor capacidad de adaptación.
Lo que necesitamos es crecer, no querer cambiarlo todo. Crecer es volvernos más grandes y poderosos que los retos y los problemas. Cuando éramos niños y llegamos al kinder, nos pusieron a hacer rayitas y bolitas. Para esa edad era una tarea bastante difícil, pero crecimos y sabemos hacer números, letras, sumar, restar y muchas cosas más... Aquellos retos ahora nos parecen pequeños. Así es cuando uno crece; lo que antes parecía muy pesado parece liviano, porque está capacitado para enfrentar retos cada vez mayores, y en el momento que éstos se presentan, no dice: “Pobre de mí, me ahogo con tantos problemas”, sino: “Puedo encontrar la solución”.
Me despido deseándote cambios felices, aun en las circunstancias más adversas.