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martes, 21 de julio de 2015

SIENTO UN VACÍO



¿Por qué todo el tiempo siento como que algo me falta? Con mi familia estoy bien, mi esposo bien, mis hijos bien, de dinero bien, salgo y voy a fiestas pero aunque me divierto, siento un hueco que no me deja y así es todo el tiempo, ¿por qué será?

OPINIÓN

Tu pregunta es muy basta y puede tener muchísimas respuestas. Te daré unas pocas, tú las sientes y ves si alguna resuena en tu alma.
¿Te gustaría ser famosa?, ¿que la gente hablara de ti y te admirara? Si así fuera, ¿con cuál tipo de famosos te identificarías? Lady Gaga, Madona, la madre Teresa, el Papa Francisco, algún científico, un político, el Chapo… O quizás menos famosa, pero sí reconocida, que tus familiares y amigos te dijeran “qué bien lo haces”, “me buena suerte que tú seas tú”. O todavía más íntimo, que te miraras en el espejo y pudieras decir a tu imagen: “Te quiero para siempre, hagas lo que hagas y pase lo que pase”. ¿Podría esto llenar tu hueco?
Otra posibilidad: Tú sabes que los humanos somos seres inacabados y en movimiento; logramos éxito en un proyecto y estamos disponibles para el siguiente. ¿Tienes un proyecto nuevo o alguno en marcha, que exija todas tus capacidades y adquirir otras nuevas? ¿Crees que algo así de exigente podría proporcionarte una sensación de plenitud, de decirte a ti misma “doy todo de mí y sigo creciendo”?
A ver esta teoría: dicho hueco da testimonio de tus ansias de infinito, las cuales no se ven colmadas hasta que vuelves tu mirada a Dios y lo tomas en tu vida como lo trascendental y básico, aquello “en Quien somos, nos movemos y existimos”. ¿Cómo es tu vida espiritual?, ¿estás en búsqueda de conocer la voluntad divina y cumplirla? ¿Crees que entregándote  más a Dios se colmaría tu hueco?
Ahora interpretemos literalmente el hueco como una información precisa de tu interior que dice: “algo falta”, algo que te toca tomar y no has tomado. ¿Cómo qué? Por ejemplo, tu destino: tus padres, tu historia, la historia de tu familia, un excluido o determinadas circunstancias que te niegas a asimilar. Generalmente negamos o rechazamos cosas difíciles; una culpa, un padre o una madre crueles o inaccesibles, un hijo con discapacidad, pobreza extrema, pérdidas de seres queridos, de una fortuna, de la salud, de algo muy deseado, o cualquier evento que sentimos superior a nuestras fuerzas. El destino lo da la vida y está ahí, sin que dependa de nuestra aceptación o rechazo; rebelarnos contra él sólo nos ocasiona desperdicio de energía y la información de que no estamos plenos o completos. Debe ser tomado con el corazón; quiero decir que no basta con pensar “ahora me hago el ánimo”, sino que se necesita amarlo. No es fácil, tampoco imposible. Ya alguien dijo que el camino más largo es el que va de la cabeza al corazón.
Te invito a que tomes el Diplomado de Constelaciones Familiares, sirve precisamente para esto, ver, reconocer e incluir lo que hemos excluido y forma parte de nosotros.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com  o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.










lunes, 27 de junio de 2011

TOCARSE Y AMARSE

Me gustaría que en algún artículo hablara sobre el tema de cuando una persona no encuentra su camino, no le encuentra sentido a su vida, y como puede enfrentar eso, espero que tome en cuenta mi opinión.
RESPUESTA
Todos los caminos son iguales: no llevan a ninguna parte. También lo opuesto es verdadero: todos tienen un destino. Conocer a dónde queremos llegar, eso nos hace sentir que estamos sobre el camino adecuado.
Cada vez que uno siente que su vida carece de sentido y no encuentra el camino, está recibiendo una información extremadamente valiosa: tiene la mirada puesta en cosas que no le interesan. Una dolorosa confusión acompaña esta apatía. Ambos elementos constituyen la información a que me refiero. El sabio interior está hablando. Por un lado, dice: “Eso no es lo tuyo”, y por otro: “Puedo guiarte y lo haré, igual que con el juego infantil de ‘frío’ y ‘caliente’; si te duele es frío, si deja de doler, vas acercándote”.
¿Acercándose a qué o a dónde? A sí mismo. Al propio corazón. A lo que verdaderamente interesa. Exactamente el problema está cuando alguien no tolera estar consigo mismo ni un minuto, prefiere dormir, leer, ver televisión, comprar compulsivamente, trabajar hasta el agotamiento, meterse en vidas ajenas, ayudar a los demás, beber, drogarse o incluso morir.
¿Cómo sucede que un niño (los niños son egocéntricos, se tocan, juegan, viven el momento presente) se convierte en un adulto que no tiene permiso de tocarse, sentirse, conocerse, y mucho menos hacer algo en provecho propio? Sucede por amor a su familia. Prefiere amarla que volverse distinto. Cree sin titubear lo que le enseñan con ejemplos y palabras. Permite que le hagan creer una o más de las siguientes absurdas y usuales opiniones: vale más caer en gracia que ser agraciado; lo que tú pienses de ti mismo no es base, fíjate que piensan los demás de ti; es más digno de estimación un regalo que un pago; mirar hacia tu interior es malo; tocarte es pecado; sentir lo que verdaderamente sientes es incivilizado; adueñarte de tu propia vida es ser egoísta; afuera de ti está lo que puede hacerte sentir bien: cosas materiales, éxito, reconocimiento, admiración, aplauso, amor, fama, fortuna…; y otras por el estilo, que ponen el timón de la propia vida en manos ajenas.
Si existe una trayectoria, es decir, la posibilidad de acercarse o alejarse, hay un camino, aunque no lo parezca. Culturalmente somos invitados a vaciarnos de nosotros mismos y olvidarnos, con lo cual vamos perdiéndonos de nuestra cercanía. Por emocionante que le parezca a una persona perseguir una ilusión que la aleja de sí misma y de ser simplemente lo que es, y aunque crea que está bien ubicada, llena de motivación, en el camino correcto, no lo está, porque se posee cada vez menos. Y cuando no puede poseerse, su vida no tiene sentido.