lunes, 4 de abril de 2016

DAR LAS GRACIAS



Es difícil exagerar la importancia de saber dar las gracias. ¿Gracias a quién? A la fuente de un beneficio: los padres, los hijos, la pareja, los amigos, los vecinos, el jefe, el gobierno, el franelero, los campesinos, los maestros, los científicos, la naturaleza, la vida, Dios…
Para ser agradecido se requiere humildad. La humildad es la verdad. El humilde sabe que necesita de los demás; el no humilde sufre humillación cuando tiene que pedir y recibir. “¿Yo qué te pido?”, dice la soberbia. “Quiero hacerlo yo solo”, dice el niño que comienza a caminar, olvidando que a su alrededor hay manos solícitas cuidando sus pasos. Y cuando logra trepar a la silla o subir el escalón, no dice “gracias, mamá” o “gracias, papá”, espera ser felicitado por su proeza y no le reconoce méritos a nadie, sólo a él. Eso está bien en los primeros años de vida, pero después, hay que reconocer el continuo intercambio que nos hace humanos. Ninguno de los raros ejemplares de salvajes que se han descubierto, crecidos sin familiares, tipo Tarzán, lograron el buen desarrollo de su potencial.
Las personas agradecidas tienen los ojos muy abiertos y ven; las no agradecidas prefieren cerrarlos y no darse cuenta de lo que reciben. Peor si  tampoco quieran darse cuenta de su falta de gratitud, entonces recurren a la arrogancia y critican el don, encontrando en él todos los defectos posibles; se les sirve una comida y la encuentran fría, grasosa, agria, fuera de hora, en platos feos, mal presentada, en un mantel de pésimo gusto, etc., etc.
¿Por qué nos resulta difícil dar las gracias? “No me gusta deberle nada a nadie”, solemos decir y está bien, siempre y cuando reconozcamos el bien recibido y correspondamos a él, o por lo menos expresemos gratitud. Lo contrario es como sacar una prenda del almacén y no pagar su precio. Es arrogancia, merecimiento infundado. Cuando alguien cae preso de la arrogancia, prefiere robar, sufrir, sentirse víctima, pasar necesidades o cualquier cosa desagradable, pero no agradecer. Me ha tocado escuchar a  divorciados que no recuerdan con gratitud un solo momento agradable de su ex pareja, no le dicen por ti supe lo que es encariñarse, estar casado, ser padre o madre… he oído a hijos que hablan pestes de sus padres y jamás aceptan una llamada, un apoyo o una idea de ellos para no tener que reconocer que también les dieron cosas buenas…  a ex empleados que detestan antiguos empleos y compañeros de trabajo como si la convivencia no les hubiera servido de nada. Y tienen razón, los regalos que no se toman son inútiles. No se toman para no tener que dar las gracias.
El adulto seguro de sí acepta y recibe con gratitud cuanto la vida le da. La prosperidad está íntimamente relacionada con saber recibir, ser recipiente y tener recipiente en donde guardar lo que uno aprecia. Sin recipiente, puede uno sacarse la lotería y en poco tiempo estar más pobre que antes o heredar una fortuna y dejar que se le escurra entre los dedos. No importa el tamaño del don, se irá si no se le toma, se le guarda, se le corresponde y agradece. Cada uno de nosotros puede saber si es buen recipiente imaginando primero que recibe de golpe muchos millones y enseguida pillando los pensamientos que se le vienen a la mente: yo lo daría a los pobres, ayudaría a mucha gente, me dedicaría a gastarlo, me dedicaría a viajes, diversiones, vino, mujeres y canto, me volvería vicioso, cambiaría de amistades… o me alegraría y daría las gracias.
También podemos saber si somos agradecidos si apreciamos lo que la vida nos va dando: amores, amigos, un domicilio, un hogar, compañeros de trabajo, cosas simples y cotidianas… opuesto a ver todo tan defectuoso que no tengamos motivo para dar las gracias.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.


lunes, 21 de marzo de 2016

TABÚES



En nuestra cultura, la muerte es un tabú; es decir, algo que no debe mencionarse ni pensarse. Tabú significa “lo prohibido” y se refiere a conductas, acciones o pensamientos que están censurados por un grupo humano, debido a cuestiones culturales, sociales o religiosas. El tabú más extendido de los que se conocen es el incesto, casi todas las culturas lo tienen como tal; la muerte es uno de occidente.
Hace muchos años, yo muy joven, estuve unos meses en Oaxaca, en una aldea mixe. Un día, muy temprano, antes del alba, camino a misa, vimos algo para mí demasiado impresionante: en la calle, afuera de la puerta de una casa, en medio de un frío que congelaba, varias personas se ocupaban en bañar a un hombre desnudo. Las religiosas me indicaron que no mirara, pero ya lo había hecho y a duras penas pude quitar los ojos de la escena. Más tarde me explicaron lo que sucedía: el hombre había muerto y estaban preparándolo para la sepultura, era la costumbre. Para ellos, ni la muerte ni el nacimiento eran asuntos privados, sino comunitarios y concomitantes con la vida. No compartían nuestro tabú. Podemos saber que un tabú se encuentra instalado en nuestra mente, cuando nos molesta e impresiona ver que alguien lo transgrede. Eso me sucedió.
Todo grupo humano posee su manera propia de ver la vida y el mundo; en el nuestro, las personas deben ser jóvenes, sanas y con pocos requerimientos de tipo físico. A excepción de comer y beber, que son reverenciados y pueden realizarse en público, inclusive en festejos, los demás deben ser satisfechos en privado: acicalarse, ir al baño, enfermar, someterse a estudios de laboratorio y, por supuesto, morir. Como nada de lo anterior puede evitarse, nuestra cultura ordena ocultarlo, realizarlo en secreto y no presentarnos en público hasta haber logrado disimular que tenemos las mismas necesidades que otros seres vivos. Para con la muerte, hay especificaciones muy precisas que cumplir durante los sepelios, comenzando por la de acicalar al difunto y disimular cualquier sufrimiento.
Un sepelio es un evento social para el que no se hacen invitaciones. Una persona muere y sus familiares, amigos y conocidos se reúnen y cumplen las ceremonias civiles y religiosas que ordena la subcultura a la que el grupo pertenece, como ir de negro, enviar flores, abrazar a los deudos, velar toda la noche, rezar un rosario tras otro, escuchar al sacerdote, rabino, o lo que corresponda, etc.
Puede suceder que el cumplimiento de las normas exteriores cobre mayor importancia que el interior de las personas, o que los asistentes se presenten pretendiendo ser consolados más que consolar. Ninguna de estas cosas resulta de ayuda. Una cara llorosa como si el muerto fuera nuestro y no de los familiares, termina siendo una falta de reconocimiento del dolor de éstos y un robo de su energía. Podemos detectarlo en las expresiones. “¡Qué bonita ceremonia!”, “vino gente importante a acompañarlos”, “¡cuántas flores!”, “se nos fue y ahora qué vamos a hacer”, “yo no lo podía creer si apenas lo vi tal día y estaba bien”… Ninguna de éstas aporta a los dolientes lo que necesitan: comprensión, simpatía y fuerza para ver lo que es.
En un trago tan amargo como lo es la pérdida de un ser querido, nuestra presencia disponible para dar y perder energía es un regalo que no se ve y resulta particularmente valioso.
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lunes, 14 de marzo de 2016

EL DERECHO A COMETER ERRORES



Todos cometemos errores, tal es el precio de la libertad. Si siempre y obligadamente “optáramos” por lo correcto y acertado, sin oportunidad para equivocarnos, ni dicha opción sería opción ni nosotros seres libres, sino entes forzados, que no eligen, sin alternativa, trenes rodando sobre una ferrovía, sin posibilidades de salir de ella.
Un error es una decisión que acarrea consecuencias indeseables. Para los humanos es doloroso asumir que cometimos uno, en el fondo quisiéramos atinar de todas, todas. Un “te lo dije” nos sulfura, nos hace sentir ineptos, pone de manifiesto que ambicionábamos ser infalibles.
Hay quienes prefieren jamás reconocer que se equivocaron y tejen un mundo de mentiras alrededor de cualquier desacierto, a fin de convencerse y convencer a los demás que nunca fallan, que no es su culpa. Es la reacción del niño pequeño que se aterroriza de que mamá o papá lo rechacen porque desobedeció.  Otros, en cambio, con el error se vuelven más humildes y admiten: “Es mi responsabilidad y asumo las consecuencias, lo siento”.
Libertad y responsabilidad suelen ir de la mano, aunque no siempre; la primera es inherente a nosotros, la segunda (responsabilidad=capacidad para responder) es un logro. Necesitamos cierto grado de desarrollo para admitir que el error forma parte de la vida y tenemos derecho a equivocarnos. Una vez que reconocemos que no somos infalibles, sino seres en evolución que estamos aprendiendo continuamente, la equivocación no nos aniquila; luego de ella continuamos adelante con un conocimiento más en nuestro haber, con mayor experiencia y, si hemos trabajado mucho a nuestro favor, con el mismo amor o autoestima hacia nuestra persona.
Sentirnos con derecho a cometer errores y a pesar de ellos seguirnos amando es un adelanto enorme, pero hay otro aún más difícil: reconocer este mismo derecho en los demás, sobre todo a seres muy cercanos y queridos, no se diga si se trata de nuestros padres. Con ellos aplicamos extremada severidad. “Mi madre quiso abortarme”, “papá nos dejó tirados y nunca vio por nosotros”, “mi mamá prefería a mi hermano”, “me negaron la educación”, “me cerraron las puertas cuando más los necesitaba”, “me borraron de su testamento”…
Es un sueño generalizado desear que los propios padres, hijos, pareja… sean seres perfectos que no fallan jamás. Pero no lo son, también ellos pueden cometer errores monumentales, afectarnos y causarnos daño. Tanto daño como nosotros aceptemos seguir sufriendo. Asumir que nuestros seres queridos son sólo humanos en busca de su camino y que en ocasiones equivocan escandalosamente el rumbo, nos hace humildes: dejamos de sentirnos el bebé que “debió” ser engendrado por ángeles o superhombres y merece ser colocado en cuna regia, con sábanas de seda y servidores vigilando su bienestar, dejamos de exigir esto para convertirnos en simples seres humanos, hijos de humanos, hermanos de humanos, emparejados con humanos, que tienen hijos humanos.
Cuando nos sentimos humanos con los humanos y respetamos su derecho a cometer errores, entregamos la responsabilidad a los dueños de los actos y podemos concentrarnos en estar a cargo de nuestro bienestar. Inclusive puede ser que sintamos regocijo por las veces en que nuestros seres queridos no se equivocaron demasiado y nos hicieron buena compañía. Tal vez hasta queramos darles las gracias por algo bueno.
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