martes, 28 de mayo de 2013

MI HIJO ODIA A SU MAESTRA


Mi niño está en kinder y se ha vuelto rebelde y agresivo, no se relaciona con otros niños y cuando la maestra le llama la atención por algo, él le grita que la odia. Mi esposo y yo estamos muy preocupados; era un niño tranquilo y agradable hasta antes de entrar a la escuela, lloró mucho cuando lo dejamos el primer día y tuvieron que quitarlo a fuerza de junto a la puerta, yo creo que se sintió traicionado y no puede entender que lo hayamos dejado allí, por las mañanas no quiere levantarse y también a mí me dice que me odia. Parece que nos lo hubieran cambiado por otro niño. ¿Qué nos recomienda?

RESPUESTA

Puedo imaginar el estado de angustia y preocupación tuyo y de tu esposo ante este aparente cambio radical en la conducta de su hijito, les cuesta trabajo reconocer en él al pequeñín sonriente y satisfecho que seguramente atendieron siempre con todo su amor, y piensan: “Me lo han cambiado”.

Efectivamente, la labor del kínder consiste en sacar a los niños del nido familiar y exponerlos al trato social, donde no hay una mamá disponible para contenerlos y proveerlos de todo cuanto necesitan; cada pequeño entra en un ambiente nuevo donde él es uno entre muchos educandos, todos igualmente necesitados de amor, y para “agradar a la maestra” y “evitar que se enoje” debe modificar sus conductas y expectativas. Además, también debe hacer espacio a los compañeritos y “permitirles” existir; si tiene suerte, admitir a uno o más como amigos, a pesar de que también ellos compiten y comparten las atenciones de la maestra, los materiales y tal vez el propio sándwich. Pero a veces el niño no puede asimilar estas tareas indispensables. Describiré tres causas, hay más.

1)   Cuando la experiencia es demasiado nueva: no ha tenido otro hermanito con el que deba compartir a mamá; a lo mejor es primer nieto y los adultos se comportan como una corte de vasallos deseosos de complacerlo, o papá obliga a mamá que lo atienda personalmente día y noche y nunca lo deje llorar ni en manos de las abuelas u otras personas; quizá la madre ha pedido a todos, incluido papá, que abandonen sus propias rutinas para que el bebé lo tenga todo a su medida y “no se traume”, sin darse cuenta de que asigna al pequeño el papel de líder de la manada y la separación será un trauma comparable al del nacimiento o el destete; sin querer, se favorece un retraso en su desarrollo y que tenga la afectividad de recién nacido, en el sentido de estar absolutamente necesitado de su madre.

2)   La madre o ambos padres están resentidos con sus propios padres (hablan mucho de haber sido víctimas de ellos) e inconscientemente intentan demostrarles (aunque hayan muerto) que ellos sí saben cómo tratar a un hijo. Dicen: “Tendrá todo lo que a mí me faltó”.

3)   Los papás tienen terror a envejecer (madurar) y verse a sí mismos como adultos (se sienten de la generación joven); les interesa percibirse joviales y amorosos (son pares o amigos del hijo, “forman una pandilla” con él) y creen traicionar su amor si permiten que el pequeño tenga alguna frustración, no quieren los vea como “los malos de la película”; el niño intuye y asimila la visión de sus progenitores, exige aquello a lo que cree tener derecho y si no lo obtiene, presiona, se venga o “aplica castigos”, en una lucha de poder sin final. Y los padres se preguntan: “¿En qué fallé?”, en lugar de intervenir para poner límites, y para “corregir el error” aumentan el amor.

En todos estos casos recomiendo las Constelaciones Familiares, seguidas por Terapia de Contención. Dedicaré un artículo a esta última para explicar en qué consiste.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.

 

 

 

 

martes, 21 de mayo de 2013

ABANDONAR EL NIDO


Me gustaría saber su opinión desde el punto de vista de la psicología, cómo ve usted los programas de apoyo social, que desde hace tiempo en nuestro país se han utilizado para ganar votos, dan un poco de dinero mensualmente para tener al "pueblo contento", con dinero “del gobierno”, que sin duda es de los ciudadanos. Mi punto de vista es que a los programas les falta; no es solo dar el "pez", si no enseñar a pescar; me gustaría que nos compartiera algo acerca del desarrollo personal y la visión que cree usted que tiene la población mexicana, porque muchos de estos programas solo nos dan un zona de confort.

RESPUESTA

Con gusto. Mi visión es que la población mexicana, como toda población del planeta, está inmersa en el proceso de crecimiento que implica pasar de ser niño y necesitado de cuidados, a ser adulto y capaz de cuidar de sí mismo, convivir en igualdad con los semejantes y proporcionar cuidados a los más pequeños. Éste cambio fundamental indica que un ser vivo ha crecido lo suficiente para abandonar el nido, hacerse cargo de su propia vida, y en su momento, formar su propia familia. ¿La población mexicana mayor de 18 años ha logrado este crecimiento?, ¿y la del planeta?

Si todos los individuos del género humano pasaran exitosamente de ser niños a ser adultos, los psicólogos y los de muchas otras profesiones estaríamos de sobra. Pero la transformación es ardua; muy en el fondo, todos conservamos resabios infantiles que nos hacen soñar en obtener cosas gratis y que a nuestro alrededor existan uno o más seres humanos desvelándose para darnos bienestar, como lo hacían mamá y papá.

Es más fácil establecer un criterio de distinción entre inmaduros y desarrollados, que volverse uno de estos últimos. Por ejemplo, hasta hoy no me ha tocado conocer a un hijo o hija que no tenga quejas de cómo lo cuidaron sus padres, porque dejaron de darle cosas a las que “tenía derecho”: no le cuidaron su autoestima, no le proporcionaron un medio ambiente suficientemente estimulante, no lo mandaron de viaje, no lo pusieron en contacto con gente interesante, no le dieron buenos ejemplos de cómo convivir con la pareja o en sociedad, etc., etc., etc. Éstas quejas, a cualquier edad, nos ubican dentro del nido y abriendo el piquito para ser alimentados, en lugar de decir: “Ya crecí, ahora obtengo yo lo que me haga falta”. ¿Podría ser distinto en relación con el gobierno? Probablemente no.

Veámoslo a la inversa: En el patio de mi casa coloqué un comedero para colibríes; me gusta verlos revolotear y nunca entraban a mi jardín por sí solos. Interesada en seducirlos para que permanecieran al alcance de mi vista, no me pregunté si con mi “generosidad” estaba desalentando el desarrollo de estos animalitos. Para mi sorpresa, las aves no se conformaron con mi “apoyo social” sino que siguieron buscando polen en flores y desaparecían por horas; no se ha dado el caso que uno deje de volar y se quede flojeando porque ya tiene asegurado el sustento. ¿Podría suceder que los humanos sí se hagan perezosos a causa del dinero que reciben? En mi opinión, no sería por el apoyo, sino que desde antes se percibían a sí mismos como niños necesitados de cuidados e incapaces de mantenerse a sí mismos. Y como dije más arriba: si todos los individuos del género humano pasaran exitosamente de ser niños a ser adultos, los psicólogos y los de muchas otras profesiones estaríamos de sobra.

Ahora una noticia y una invitación. Dos de mis libros, “Amor con Púas” y “Calixto el Castor”, estuvieron en LéaLA, feria de libros en español de Los Ángeles, Calif. Hubo más de 70 000 visitantes. Y la invitación: El miércoles 11 de junio me toca dar la charla informativa mensual de entrada libre. El tema: “Autoimagen y autoestima”. Están todos invitados.

 

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martes, 14 de mayo de 2013

LA SOBERBIA

Si alguien nos dijera: “Tienes mucha soberbia”, lo percibiríamos como un enemigo que nos juzga y nos considera engreídos sin base, que piensa que nos damos una importancia que no tenemos. Al escuchar esta palabra aplicada a nosotros, retrocedemos en busca de argumentos que confirmen lo correcto de nuestra actitud u opinión, nos reafirmamos en lo que pensábamos y posiblemente soltemos un torrente de palabrería en nuestra defensa.

¿Qué es la soberbia? Una lealtad a determinada creencia que consideramos incuestionable; es decir, a un dogma personal, a una convicción. Solemos pensar que solamente las religiones tienen dogmas, y no es así; todas las personas protegemos nuestras convicciones.

Las convicciones son creencias intocables. Las adquirimos de la historia personal y familiar, constituyen imágenes mentales y subjetivas de cómo es y cómo debería ser el mundo. Nos está prohibido ponerlas en tela de juicio. Si dudamos de ellas, nos sentimos culpables; si alguien pretende discutirlas, nos percibimos ofendidos;  si no se cumplen tal como las pensamos,  vivimos una “crisis existencial” u horrible decepción respecto a algo que habíamos tenido como firme y duradero. No soportamos el tambaleo de nuestras convicciones, quisiéramos regresar al “paraíso perdido” de como eran las cosas antes del desengaño, porque creemos estar volviéndonos locos, la desilusión nos abruma y no le encontramos sentido a la vida ni a los acontecimientos.

Las convicciones a las que somos leales pueden ser expresadas en paradigmas. Por ejemplo: “Amar es no tener que pedir perdón”, “amar es darlo todo”, “el que ama no traiciona”, “quien ama se funde con el amado hasta ser dos en uno”. La lista sería interminable, pero quien está convencido de alguno de estos paradigmas, se siente sin poder para cambiarlos. Sabemos que toda persona comete errores aunque ame y lo más funcional es decir “lo siento”; la convencida no lo hará, tampoco perdonará, necesitaría abandonar la lealtad a su creencia, es probable que prefiera pensar que ya no ama o que ya no será amada y rompa la relación. La que lo da todo y luego se siente estafada, sin derecho para poner límites, sigue dando por temor a perder el amor y no oirá razones, se sentiría extremadamente mal consigo misma si fuera “más egoísta”. Y la que traiciona o es traicionada no puede admitir que cada cabeza es un mundo y la naturaleza es cambiante. O si se fundió con el ser amado hasta no saber dónde comienza uno y termina el otro y se siente perdida, sin personalidad ni derecho para tener ideas propias, si no deja de ser leal a su convicción, preferirá morir antes que enfrentarse con la realidad de ella es individuo y el amado también, separados uno del otro.

Más arriba dije que la persona soberbia ha fabricado una imagen mental de cómo es o cómo debería ser el mundo, y se siente obligada a ser leal a dicha imagen, por equivocada que ésta pudiera ser. La humildad, por el contrario, sería la capacidad para ver las cosas como son. ¿Existe alguno de nosotros, los humanos, que no tengamos convicciones? Ninguno; todos necesitamos de nuestras imágenes mentales para manejarnos, de ahí que podamos sospechar que todos tenemos nuestra dosis de soberbia; es decir, de error o falsedad, y lo único que puede salvarnos de la obcecación es abrirnos a las ideas distintas, escucharlas, examinarlas y abstenernos de condenar a los que no han podido hacerlo. Por ejemplo: solemos reprobar al clero que obligó a Galileo Galilei a retractarse, y no consideramos en qué medida el científico retaba las convicciones, ejes del pensar de aquel tiempo, que atribuía a la Biblia la verdad en todos los órdenes, en todos los terrenos y en todas las circunstancias. Obviamente, cuestionar aquellas convicciones era punto menos que imposible para los intelectuales de la época. Nosotros, siglos después, cuando el pensamiento social ha evolucionado, nos sentimos con derecho para juzgar duramente a quienes, con buena conciencia, se aferraron a la lealtad para con sus convicciones. ¿Tú, querido lector, no crees que la humildad es una virtud hermosa, y ayuda a la evolución de la humanidad?

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martes, 7 de mayo de 2013

ESPOSA O MADRE


Siento que he perdido pie, no sé qué debo hacer. Hace 7 meses mi esposo comenzó a llegar muy tarde oliendo a vino, decía que por trabajo, y hace un mes me confesó que hay otra mujer en su vida, su secretaria. No le armé un tango, de hecho no supe qué contestarle, no estamos impuestos a discutir y me desagrada hacerme la odiosa. Le conté a una amiga y ella me aconseja paciencia, que el tiempo trabaja a mi favor porque llevamos 15 años de casados y tenemos dos hijas. Pero mi paciencia se agota, más que él me pidió que lo dejara pasar el fin de semana con ella. Por supuesto que me disgusté y le pregunté qué onda, cómo queda la relación entre nosotros dos. Cedí contra mis deseos, se fue y volvió más cariñoso que nunca, ya no me acordaba lo maravilloso que era estar con él, no quiero perderlo y no sé cómo saber si esto es una aventura que terminará de por sí o si hay algo que yo pueda hacer para que acabe.

RESPUESTA

¿Estás triste?, ¿preocupada?, ¿con ira?, ¿decepcionada?, ¿temerosa del futuro?, ¿tienes dolor?, ¿cuáles son tus sentimientos? No los mencionas. Los sentimientos nos dan información acerca de nosotros mismos, nos ponen en contacto con nuestro interior, son energía disponible para que podamos hacer lo que sea necesario. Si los conocemos, podemos atenderlos, manejarlos y utilizarlos; si no, explotan de cualquier manera, incluso destructiva. A veces son tan grandes que nos asustan y volvemos nuestra mirada hacia otra parte, con deseos de que, ignorándolos, desaparezcan. No desaparecen.

Tus sentimientos son importantes. La primera persona que debe reconocer su importancia es la propia dueña; si tú los pasas por alto, sin darte cuenta invitas a los demás a que tampoco los consideren dignos de aprecio. Tengo duda sobre si fue tu esposo quien comenzó a dejar de pensar en ti y en lo que sientes, o si fuiste tú. Necesitas ayuda profesional para recobrar la conciencia de tu importancia.

Por otro lado, me pregunto hasta qué punto sueles expresar tu amor cuidando del bienestar de la otra persona y olvidándote del tuyo, como se hace con los hijos. Una mamá cansada y con sueño, de todas maneras se levanta para amamantar y cambiar a su bebé, así es el amor maternal; la madre sabe que necesita dormir y que ella es la encargada de su propio bienestar, sin embargo, lo pospone en aras de que su niño esté bien y cómodo. Estas manifestaciones de amor son adecuadas para con un pequeño de corta edad, mas no para con un adulto. Tratarlo como se trata a un niño es no tomar en cuenta su dignidad de adulto, no respetarla. Me pregunto cuál es tu lugar en esa relación, porque tu esposo te está haciendo las confidencias que en todo caso se harían a una madre, no a una esposa; te pide permiso de tener una aventura como si tú fueras su autoridad. Existen madres que realizan grandes sacrificios para poder proporcionar al hijo algún viaje o algún juguete que él pide, con tal de no verlo llorar. Si hicieras una constelación familiar acerca de tu relación, posiblemente descubrirías y acomodarías muchas cosas para ubicarte en el sitio que te corresponde.

Ahora una invitación: hoy, miércoles segundo de mes, toca charla informativa mensual, el tema es “Tomar la vida”, entrada libre, los esperamos a las 8pm en San Sebastián 408, La Martinica.

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martes, 30 de abril de 2013

INOCENCIA O BUENA CONCIENCIA


“La conciencia es la voz de Dios”, nos han dicho desde pequeños. ¿Es cierto?

Bert Hellinger, el creador de Constelaciones Familiares,  descubrió que esa voz que nos guía interiormente sobre lo que es bueno o malo no proviene de Dios, sino de la familia y demás grupos a los que a la persona le interesa pertenecer, y en cada grupo cambia. Un hombre que en el bar y con amigos hombres habla de múltiples aventuras sexuales, en casa posiblemente asegura que es fiel a su mujer, porque en cada grupo paga el precio de pertenecer: ser similar, parecerse a los otros miembros, pensar igual que ellos.

Cada familia y grupo tienen su código de normas sobre lo que está prohibido y permitido para sus miembros. Generalmente, este código es tácito y se aprende por la convivencia. Transgredir dicho código da mala conciencia y nos pone en peligro de ser rechazados, señalados o expulsados. Ser “la oveja negra” de un grupo significa que la persona en cuestión de alguna manera  no se ha sometido al código grupal, lo ha transgredido y el grupo le aplica castigo, aun si la transgresión fue para defender su autonomía. En cambio, ser “el más popular” o “el más respetado” quiere decir que ese miembro tiene todo el derecho a pertenecer, porque se ha sometido a todas y cada una de las normas del código grupal.

Los seres humanos nacemos con un “sentido” similar al del equilibrio físico, que nos avisa si nuestros pensamientos y conductas favorecen, o ponen en peligro, la pertenencia a nuestros grupos importantes. Dicho sentido conforma la conciencia moral. ¿Cómo funciona? Cuando tenemos garantizado el seguir perteneciendo, nos da una grata sensación de inocencia o buena conciencia; pero si ponemos en riesgo el pertenecer, la sensación es muy molesta, de incomodidad o mala conciencia. Hay quienes afirman que uno es capaz de morir, o de matar, por conservar la buena conciencia. ¿Suena exagerado? Tal vez no lo sea.

Nuestra necesidad de sabernos pertenecientes y aceptados es tan apremiante, que tendemos a evitar aquellos pensamientos y acciones que pudieran atraernos el repudio del grupo, y si no los podemos evitar, los ocultamos. Hasta aquí no tiene cabida la autonomía, ni la individualidad ni el ser diferentes. Cada persona que quiera ser autónoma o diferente, debe cargar con mala conciencia aun por quererlo, ya no se diga por serlo.

La buena conciencia explica muchos conflictos sin solución que se dan dentro de las familias y otros grupos con poder. Imaginemos  que dentro de una dinastía de religión judía, uno de los miembros se convierte al catolicismo; es posible que “los buenos”, porque que se conservan fieles a las creencias del grupo, hostilicen al apóstata y lo consideren oveja negra. Por su parte, el “malo” o converso, sufre un sentimiento de culpa o mala conciencia que lo presiona para que abandone su decisión de ser diferente. O si en una familia “tradicionalmente decente”, uno de los hijos decide vivir el amor libre, se vuelve vago o se declara homosexual, no sería raro que los padres, “por el bien del hijo y de la familia”, corran a éste de la casa y prohíban a los demás que lo busquen. O sea, que la buena conciencia no siempre nos empuja a hacer el bien ni nos aleja del mal.

En todo lo descrito está ausente el libre albedrío; se refiere a lo que nos ha sido inculcado, que no siempre es conflictivo. Para que el libre albedrío exista, se necesita una ampliación de la conciencia, palabra que en este caso significa darse cuenta, estar consciente, elegir. El libre albedrío debe pagar un costo: la mala conciencia. La persona que se niega a pagar dicho costo, obtiene buena conciencia por pensar y actuar como su grupo. Saber resistir la incomodidad de la mala conciencia es indispensable para que la persona use su libre albedrío. Si puedo soportar mi mala conciencia y persistir en la diferencia, sin dejar de amar a los de mi grupo, se me abre la posibilidad de crecer; si no, resiento su desafecto y me percibo como víctima.

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martes, 23 de abril de 2013

MI ESPOSO ES DIVORCIADO


Mi esposo es divorciado y tiene cuatro hijos que no me aceptan (no tengo trato alguno con ellos), eso no impide que su padre esté con ellos cada vez que lo necesitan, generalmente para que les solucione  problemas de dinero, no lo incluyen en su vida para festejos, como fue sus bodas, bautizos, etc. Ahora su ex- esposa se casó nuevamente y a su pareja si la aceptan muy bien. Hasta ahí no tengo problema porque entiendo que él es y será siempre su padre, el problema surge cuando ellos se alejan mi esposo y yo nos llevamos muy bien, pero cuando se acercan él cambia conmigo y yo no me molesto ni intervengo cuando lo buscan. Es como si se acercan ellos se aleja, si se alejan se acerca, siento que son dos fuerzas encontradas que no encuentran su equilibrio, ya estoy cansada de esta situación para mí dolorosa. Que es lo que Usted me recomienda hacer, la verdad estoy muy confundida.

RESPUESTA

Entiendo que amas a tu esposo, deseas una relación armoniosa con él y ésta se da con más facilidad cuando los hijos que él tiene desde antes de tu entrada en su vida se mantienen alejados, pero cuando se acercan, él dedica más atención a las cosas de ellos que a las tuyas; entonces percibes las fuerzas encontradas que lo jalan, se lo llevan y después lo sueltan, dejándolo sin equilibrio. A ti te cansa esperar turno para ser mirada y atendida.

No mencionas cuánto tiempo tienen tú y tu esposo de ser pareja, pero es evidente que ya pasó la temporada de “locura feliz” que da el amor. ¡Ay el amor! Durante el tiempo que necesita para “engatusar” a los enamorados, les nubla el raciocinio y los hace que prometan lo que sea, que se les haga chico el mar para bebérselo de un trago, que se sientan gigantescos y todopoderosos como para vencer cualquier dificultad y adaptarse a circunstancias imposibles. “Contigo pan y cebollas”, suelen decir con sinceridad. Así logra el amor introducirnos “voluntariamente” al tipo de relación que nos proporcionará las oportunidades que necesitamos para acrecentar nuestras habilidades y expandir nuestra conciencia, porque si estuviéramos lúcidos y racionales, jamás aceptaríamos el reto.

Mucha gente suele decir: “Me casé contigo, no con tu familia”. Error. Las personas somos nuestro papá y mamá y la historia de ellos más la historia nuestra. Eso es la pulpa de nuestra personalidad. O nos toman como somos, con todo el séquito que portamos incrustado en alguna parte, o nos sentimos poco amados, que el otro no ha salido de la “locura feliz” que le permitía inventarnos y atribuirnos toda clase de virtudes adecuadas a sus deseos y necesidades, pero no nos mira, no tiene idea de cómo somos realmente. En mi libro “La biografía del amor” dedico un capítulo llamado “Amor niño” a este aterrizaje en la realidad que nos obliga a crecer como no podríamos haberlo hecho sin la relación que estamos viviendo.

¿Qué te recomiendo hacer? En primer lugar, una Constelación Familiar acerca de tu relación con tu esposo. En ella podrás observar lo que sucede, cuáles son las fuerzas que los mueven a ti y a él y a los demás integrantes de tu sistema, y si se llega a una imagen de solución, cuáles son los pasos a seguir para que todos se reconcilien con las cosas como son y tengan un buen lugar para cada uno, un lugar que les permita ser felices y seguir evolucionando armoniosamente. A la Constelación puedes asistir sola o con tu esposo; ya sabes que cuando un miembro de un sistema cambia, todo el sistema es modificado. Después, posiblemente sea necesaria psicoterapia, para la adquisición y ejercicio de habilidades nuevas. ¡Les espera una temporada de gran crecimiento, o una de horrible frustración! Ojalá opten por lo primero, el crecimiento.

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martes, 16 de abril de 2013

DISCREPANCIA DE CRITERIOS


Mi hijo de 7 años está en primero de primaria, su maestra nos citó porque el niño tuvo una pelea con un compañero y casualmente golpeó a otro, nos dijo que en la escuela no se admitiría el “bulling”. Yo la escuché con reserva, conozco a mi hijo y sé que no es abusivo, pero en el coche mi esposa le daba consejos que no estaba yo de acuerdo, le decía que valía más ceder que pelear con sus compañeritos y me di cuenta que tenemos muchas diferencias de criterio para educarlo, porque yo sé cómo se establecen las jerarquías entre los niños hombres, hay que defenderse o abusan de uno. ¿Qué podemos hacer para unificar los criterios entre nosotros y no confundir al niño?

RESPUESTA

No te preocupes, no es necesario que se unifiquen los criterios. Los niños saben perfectamente que a mamá le gustan unas cosas y a papá otras y conocen lo que cada uno valora. Para ellos no es conflictivo que papá prefiera ver el futbol y mamá una telenovela, lo que los atemoriza es verlos discutir con ánimos de ganar e imponerse, y más aún si alguno utiliza al hijo como campo de batalla o como rehén. “¡Niño, si te gusta el futbol juégalo, no lo veas, eso es para holgazanes!”;  “¡No quiero que veas telenovelas, te vas a volver afeminado!”. Esta lucha de poder entre los padres sí divide al hijo, porque él los quiere a los dos y está disponible para obedecer a los dos, pero si desea acompañar a papá a ver un juego, siente que está traicionando a mamá, y si acompaña a ésta mientras ve una telenovela, siente que traiciona a papá. Y aún más lo confunde si en el altercado se menciona el amor: “Si quieres a tu hijo, deberías enseñarlo a que se defienda”, “si quieres a tu hijo, no lo empujes a que busque ser golpeado”. En expresiones como éstas, no está en discusión si los padres aman al hijo, puesto que ambos lo aman, sino quién tiene la razón y gana.

En lugar de querer unificar los criterios -tarea imposible porque cada cabeza es un mundo-, sería preferible que los padres llegaran al acuerdo de respetar los valores individuales, y así lo mostraran al hijo en su oportunidad. “Ya sabes que a mí no me gusta que te metas en peleas, pero tu papá opina que debes aprender a defenderte; está bien, juega rudo con él (o alguna otra idea que papá tenga)”; “Ya sabes que yo creo que los hombres debemos saber defendernos y no ser dejados, pero tu mamá quiere que también aprendas a ceder; escúchala y fíjate en dónde puedes practicar lo que te enseña”.

Cuando los padres logran la muy difícil tarea de respetar los valores individuales de su pareja, el hijo se siente contenido por ambos, aprende de los dos y también se convierte en un ser respetuoso, porque está respirándolo. Los hijos toman de nosotros no solamente lo malo, también lo bueno, nuestros logros.

El respeto a los valores de otro suena mil veces más fácil de lo que verdaderamente es. Cada persona ha elaborado su escala de valores a través de años de vida y experiencia, es lo más preciado que tiene y desea inculcársela al hijo; que la pareja pretenda aportar otro modo de pensar e introducirlo en la vida del niño, la saca de quicio con facilidad. El respeto implica pensar que no solamente mis pensamientos son valiosos, también los del otro; confiar en que el otro se ha esmerado tanto como yo en elegir lo mejor para valorarlo y que no es necesario que yo le gane e imponga mi criterio, sino que puedo escucharlo y darle espacio a su aportación.

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